Ante los cambios geopolíticos que promete la elección de Trump en Estados Unidos, Horacio González plantea la necesidad de elaborar un pensamiento popular sobre el Imperio y, para alimentarlo, ensaya una genealogía nacional de las doctrinas pacifistas.
Esta dialéctica nunca ha cesado, Tolstoi la ha cultivado como ninguno, también Louis Ferdinand Céline, Stendhal, Barbusse y desde luego, dos manifestaciones novelísticas contemporáneas de brillo inesperado, Las Benévolas de Jonathan Liddel y Vida y destino de Vasili Grossman, que tienen como centro la batalla de Stalingrado y el estudio de las grandes burocracias militares alemanas y rusas imbuidas de la ideologías de formidables maquinarias de acero y de destrucción de personas. La historia de la humanidad puede seguirse con una escéptica intercalación en la que períodos de guerra suceden a períodos de paz, en un ciclo que promete retroalimentaciones incesantes. El pacifista interviene como un tercero excluido, pero su intervención siempre parece ingenua. Las doctrinas pacifistas no parecen tener el brillo de la guerra, con sus tormentosos gritos y su aire perseverante de tragedia. Ahora bien, ya no nos podemos permitir –en vista de las elecciones norteamericanas–, permanecer sin visiones profundas y a la vez no simplistas, de lo que podría ser un foco del pensamiento humanístico sobre el Imperio –cuestión no menos tensa que necesaria– y en torno consiguientemente de la paz en el mundo. Lo que daríamos en llamar el pensamiento popular y de los movimientos sociales argentinos tiene muchos abastecimientos intelectuales sobre asunto tan crucial. Ninguno de los contendientes electorales de los EE.UU. garantizaba, cada uno a su manera, el cese mundial de las hostilidades. Un trasfondo de Apocalypse now rondaba y ronda por las dos grandes fracciones que confrontaron voto a voto en el seno profundo del enigmático pueblo al que le hablaron de “destino manifiesto”, y que ahora eligió uno que lo acerca a un abismo moral indescifrable.





4 Febrero, 2011
Iniciativa 
