La gigantesca estafa cometida por la usura financiera, que sacudió al mundo en el
2008, ha hecho temblar y agrietar los cimientos de la Europa próspera, ahíta y
dispéptica, surgida de la CEE, que tuvo su expresión de positivismo triunfal con el
llamado “estado del bienestar”. Dicho status quo, permitió durante décadas gozar
de condiciones de vida confortables a las sociedades europeas occidentales. Esa
euforia hiper consumista, liberal e individualista, atrapó incluso a los partidos de
izquierda que, conformados con las migajas de sus burguesías colonialistas, se
colaron por la puerta trasera del fabuloso banquete de las opulentas clases que
detentan el poder económico y financiero, participando del festín. En ese clima de
despilfarro sin límites y de una bonanza que no parecía tener fin, se repitió con
otros actores el final del “progreso indefinido”, ya vivido a comienzos del siglo XX.
En España, la frase del presidente Aznar sonaba como el canto del cisne: “España
va bien”, repetía el mandatario de la derecha, mientras se alcanzaban records en la
construcción de edificios y por ende de empleos en ese sector que impulsó el
crecimiento económico en los últimos años del siglo pasado y los primeros del
presente.



