25 oct 2009

El espejo argentino Por Ricardo Forster


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Un país no es solo aquello que materialmente lo ha constituido; su despliegue por la historia no se reduce a hechos empíricamente demostrables ni es exclusivamente el catálogo de acontecimientos que pueden merecer la crónica del historiador. Un país es, también, los relatos que lo han ido articulando; es ese permanente litigio que lo atraviesa allí donde diversas narraciones compiten por ofrecerse como la expresión verdadera y última de aquello que fuimos, que somos o que deberíamos haber sido. Un país es, claro, sus mitos y sus leyendas, sus recuerdos y sus olvidos, sus inclusiones y sus exclusiones. Un país es su literatura. Hay un país trazado magistralmente y equívocamente por la pluma de Sarmiento así como hay otro país descrito por la gauchesca martienferrista; hay un país diseñado por la generación del ‘80 y otro utopizado por los primeros anarquistas; hay uno en el que la palabra la tomaron los liberal-conservadores que fundaron el mito del granero del mundo, y otro en el que la oscura retórica de Hipólito Yrigoyen vino a expresar la emergencia de un pueblo democrático injuriado por los dueños de la tierra. Hay un país que atesora el 17 de octubre como el punto de partida de sus sueños de justicia y otro que lo considera como el inicio de la decadencia. Hay varios países en el país, varios modos de comprendernos y de proyectarnos que no se desplegaron amablemente a lo largo de nuestra historia. No hemos sido propensos a los grises, como si en lo más profundo de nuestro itinerario como nación lo irresuelto siguiera persiguiendo nuestra actualidad.

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En este país acrisolado y partido, en esta tierra nacida como promesa de equidad y justicia y dolorosamente surcada por la violencia y la desigualdad, los relatos que pugnan por ofrecerse como los portadores de la verdad están ahí para perpetuar un gesto agonal que viene desde muy lejos y sigue acompañando nuestra deriva por la historia. Lo pudimos ver durante el 2008 cuando proliferó una narración que se acomodaba virtuosamente en el mito del primer centenario para recordarnos que fuimos la séptima potencia del mundo, que mientras recibíamos alborozados a la Infanta Isabel nuestras carnes y nuestros cereales abastecían a Europa. No importaba recordar las cifras de la injusticia ni las leyes que amparaban a una oligarquía riquísima al mismo tiempo que perseguían a todos aquellos que luchaban por una sociedad más justa. No importó ni la Semana Trágica ni la bárbara represión de las huelgas en la Patagonia. Ese relato bucólico siguió su largo camino hasta instalarse como mito recobrado por la Mesa de Enlace.
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El kirchnerismo no supo desentrañar la espesura de ese relato que, entre otras cosas, fue capaz de amalgamar aquellos relatos del origen con la apropiación de símbolos provenientes de tradiciones nacional populares. Con la Ley de Medios pasó algo distinto allí donde lo que no pudo terminar de imponerse fue el discurso de la corporación mediática, un discurso que sigue teniendo una enorme capacidad de incidencia en los imaginarios contemporáneos y en la conquista del sentido común. En todo caso, los grandes medios constituyen ese otro espejo que nos devuelve imágenes invertidas de una realidad que siempre es más compleja y laberíntica de lo que los lenguajes mediáticos suelen mostrarnos. La Argentina, su derrotero, también ha sido narrada por la retórica de los medios de un modo hegemónico. La batalla por la memoria se da en el espesor de esos lenguajes que habitan nuestra cotidianidad y que invaden nuestra sensibilidad. Las formas de apropiación del pasado constituyen no sólo ejercicios de erudición de los historiadores, sino, también una manera de definir el mañana. Pero la promulgación de la ley implicó un más que significativo giro en la recuperación de la política allí donde se logró ponerle límites a un chantaje de décadas al mismo tiempo que se logró introducir la cuestión vital de la “igualdad de palabra” quedando en evidencia quiénes, desde sus posiciones liberal-conservadoras, defendieron a rajatablas los intereses de la corporación como si en ello les fuera la vida.
TEXTO COMPLETO: http://www.elargentino.com/nota-63243-El-espejo-argentino.html