18 may. 2014

“El radicalismo, en este ejercicio de oposicionismo ciego, se deslizó hacia el centroderecha” Por Victor Ramos*

Entrevista. Leopoldo Moreau. Dirigente radical
Leopoldo Moreau lidera el Movimiento Nacional Alfonsinista y se ha plantado críticamente a la actual conducción de la UCR. Viene con un planteo controversial que lo arrima al gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y a las reformas sociales que se han implementado. Aun así, es un analista filoso, con pocas concesiones. Sus conocimientos de la historia y la sociología lo ubican como uno de los más destacados intelectuales de la política nacional. Conversamos con él de la actualidad, como de la historia que nos trajo a ella.
–¿Cómo se encuentra tu relación con la conducción oficial del radicalismo?
–Estoy en franca disidencia. Dando una pelea adentro y a su vez afuera también con los que pensamos parecido. Por un lado, venimos desde hace muchos años, desde el gobierno de la Alianza, dando esta batalla para recuperar la identidad del radicalismo.
–El radicalismo participa ahora oficialmente en UNEN. ¿Qué opinás de eso?
–Nosotros creamos el Movimiento Nacional Alfonsinista, que es una corriente de pensamiento donde, obviamente, se congregan radicales, sectores progresistas de izquierda, y sectores que simpatizan con el Gobierno. Que es de alguna manera volver a la naturaleza del alfonsinismo, porque el alfonsinismo fue eso. Superó la baldosa partidaria y pudo convocar a sectores de la vida argentina alineados con un concepto nacional, popular, progresista y democrático. De allí que Alfonsín llamara a que siguieran esa epopeya a los socialistas, a los peronistas que seguían a Perón y a Evita. Así que estamos tratando de recuperar ese espíritu y a la vez dar la batalla dentro del partido, pero con fuertes restricciones y limitaciones por lo que decía antes, porque no hay ámbitos de debate. La decisión del partido de participar en UNEN fue tomada por la cúpula sin siquiera que se cumpliera con la Carta Orgánica del radicalismo, que establece que las alianzas las debe resolver el congreso partidario, y el congreso partidario nunca se reunió.

–¿Cuál es la principal crítica a la conducción del radicalismo en este contexto?
–La principal crítica es que se pone por delante lo que denomino lo táctico electoral, cuando lo primero es la ideología y el proyecto de país. Y después viene recién la cuestión electoral. Aquí esos términos se han invertido. Y en este caso, eso sí altera el producto.
–¿Qué cosas se deberían profundizar y qué cosas te parecen bien y cuáles mal del Gobierno?
–Lo que creo es que la Argentina sigue teniendo un problema de desigualdad estructural, que no niega los procesos de inclusión que hubo en estos años. Pero que han sido insuficientes para remover esos factores estructurales que hacen persista esa desigualdad. Creo que esto es un desafío para el conjunto del sistema político argentino. Creo que eso no se puede resolver ni en uno ni en dos períodos de gobierno. Sería necio negar que en estos casi tres períodos de gobiernos que se iniciaron en 2003 no ha habido inclusión, se manifiesta claramente en el aumento de la cantidad de puestos de trabajo, en lo previsional, en algunos programas sociales como la Asignación Universal por Hijo y recientemente el programa Progresar. Pero no han podido quebrar o perforar ese bloque duro de desigualdad. Que por otra parte tiene que ver no solamente con razones de orden económico, sino con un proceso de marginalidad al que fueron empujados vastos sectores del pueblo argentino y que tuvo sus picos más álgidos durante la dictadura militar y durante la década del noventa. Es una paradoja: la antipolítica que gobernó en la década del noventa nos ha dejado esa herencia de la cual la política se tiene que hacer cargo para resolver el problema de la desigualdad estructural.
–¿Qué opinás de la estatización de los fondos previsionales y la recuperación de YPF?
–Creo que el Gobierno Nacional ha recuperado resortes esenciales para que el Estado pueda de­sarrollar políticas económicas, tributaria, fiscal, cambiaria, creo que la estatización de las AFJP y la nacionalización de YPF son herramientas centrales para los gobiernos que vengan. Los radicales siempre hemos recibido herencias muy pesadas. Alfonsín recibió una herencia tremendamente gravosa. No solamente en materia de violación de derechos humanos, sino que el país estaba devastado. Y el gobierno de la Alianza recibió también una herencia muy pesada. En este caso se hizo más pesada todavía porque no fue capaz de cambiar las políticas que venían desarrollándose en la década del noventa.
–¿Qué recibirá el gobierno que surja en 2015?
–Creo que el gobierno que surja en 2015 va a tener la suerte de recibir un país que le transmite herramientas esenciales como para poder seguir desarrollando una política de inclusión y de autonomía respecto de los grandes centros de poder, fundamentalmente porque en esta etapa se han recuperado esas herramientas. Creo que quedan pendientes muchos problemas. Hay problemas en el ciclo educativo, sobre todo en el secundario, donde hay niveles altos de deserción, tanto directa como indirecta. Creo que hay problemas vinculados a la infraestructura, de vivienda, si bien el plan Pocrear es un buen plan, la Argentina tiene un estrangulamiento en materia de tierras que es un tema a discutir en términos inmediatos. No hay posibilidad de realizar una política de viviendas en la Argentina si no se resuelve el tema de la tierra, de la propiedad de la tierra. Hay que resolver problemas vinculados a la concentración de la comercialización. Porque es cierto que la inflación tiene causas macroeconómicas, pero también es cierto que hay una gravísima distorsión producida por los fenómenos de concentración en la cadena de comercialización. El tema de los supermercados. Creo que éstas son las cuestiones que hay que ir encarando, pero se hace desde una plataforma más sólida en tanto y en cuanto el Estado ha recuperado autonomía de decisión. Hay que cuidar mucho de no tener una derrota cultural que nos haga retroceder. Uno puede ganar o perder una elección. Lo grave fue lo que ocurrió en 1989 (cuando Alfonsín dejó el gobierno con anticipación), porque la sociedad argentina en su conjunto abrió el camino a la década del noventa que fue nefasta para la Argentina, porque dejó un país devastado, lleno de excluidos y marginados, y con un aparato productivo prácticamente desarmado.
–Empezaste la carrera política como militante universitario. ¿Cómo evalúas aquella universidad hasta la realidad actual?
–Cuando inicié la militancia universitaria había un contexto muy complejo. El de Onganía, para la universidad argentina, fue el peor momento. De retroceso, en lo conceptual y científico. Inicié mi militancia después de la “Noche de los bastones largos” de Onganía, que fue una tragedia argentina, que hasta el día de hoy estamos pagando. Porque la universidad argentina con todos su avatares venía en ascenso. Los mejores años tal vez habría que ubicarlos entre 1958 y 1966. En aquel momento, nosotros luchábamos por cuestiones más elementales. Esto trascendió, porque después la lucha fue por la libertad, la soberanía popular. Implicaba también la libertad de cátedra, el cogobierno, la autonomía universitaria, que habían sido esenciales para la Reforma Universitaria del ’18.
–Después llegó el gobierno de Cámpora.
–Después hubo un breve interregno en 1973, en lo que se dio en llamar la ‘Primavera camporista’. Pero fueron apenas unos meses, hasta que vuelve a reaparecer el oscurantismo en la universidad de la mano de (Oscar) Ivanissevich (ministro de Educación) y (Alberto) Ottalagano (rector de la UBA). Estaban las Tres A. Alfonsín caracterizó eso de una manera muy audaz, porque fue el único político argentino que lo hizo, cuando dijo que ‘esto es un golpe de Estado de derecha’, en alusión al desplazamiento de Cámpora. Había que decirlo, porque la renuncia de Cámpora parecía un tributo al liderazgo de Perón. No se equivocó en la definición Alfonsín, porque inmediatamente después el fenómeno del autoritarismo y el incipiente terrorismo de Estado se hicieron presentes.
–¿Cómo ves la situación de la Universidad desde 1983?
–En estos treinta años hemos ido recuperando la universidad para la sociedad. Hoy podemos decir que tenemos una universidad del pueblo; además, así como se han extendido derechos sociales se extendió también la oferta educativa para los sectores populares, el nacimiento de las universidades emergentes en el conurbano, el ingreso irrestricto que está vigente en todas las universidades, aun en las tradicionales. No sé si hemos recuperado la calidad educativa. Ahora hay ofertas de carreras cortas con salida laboral. Muchas de las universidades emergentes han establecido este tipo de carreras. Creo que estamos frente a una universidad que se corresponde al momento político que estamos viviendo. Dentro de la etapa democrática que empezó en 1983. Hay un hecho político que pasó desapercibido, que pasó hace dos años. Cristina Kirchner visitó la Universidad Nacional de Córdoba y dio un discurso inédito para un militante y dirigente peronista, porque hizo una gran reivindicación de la Reforma Universitaria del 18 e incluso leyó párrafos del manifiesto que había escrito Deodoro Roca, y esto tiene un significado muy profundo porque el peronismo nunca había reivindicado la Reforma Universitaria. Para mí fue un giro muy importante.
–La Presidenta recientemente hizo una autocrítica respecto a la no participación de sectores peronistas en elecciones universitarias en los ’70.
–Eso está en línea con lo que comentaba. Lo dijo hace poco tiempo cuando se hizo el homenaje a Sergio Karakachoff, en la Universidad Nacional de La Plata. Sergio era un militante radical detenido y asesinado durante la última dictadura. En la inauguración de la Facultad de Humanidades en esa Universidad. Este fue un hecho simbólico muy importante porque allí funcionaba el Batallón de Infantería de Marina número 3, que supo ser un centro de detención clandestino. Allí estuvieron secuestrados Karakachoff, que fue un militante universitario y profesional muy importante, y Domingo Teruggi.
–¿El presidente de la FUA?
–Originalmente la Franja Morada de La Plata era un conglomerado donde había gente del radicalismo, anarquistas y gente vinculada al pensamiento de Jorge Abelardo Ramos. Teruggi estaba entre estos últimos. Karakachoff era un militante del movimiento reformista de Franja Morada. Después Franja Morada se transforma en el brazo universitario del radicalismo. Y Terruggi se incorpora a lo que se denominó la –AUN– Agrupación Uni­versitaria Nacional, que es el brazo universitario del Frente de Izquierda Popular, del FIP, de Abelardo Ramos. En esa condición llega a la presidencia de la FUA, en 1969. Poco después de 1976 son secuestrados y acribillados, y sus cuerpos aparecieron en la ruta hacia Magdalena. Y allí la Presidenta emite esa frase de reproche o autocrítica sobre los sectores del peronismo que no participaban de las elecciones en las universidades, en los centros de estudiantes. Y en la Asamblea Legislativa, algo que no fue registrado ni siquiera por la dirigencia radical. Cristina dijo que los radicales les habían enseñado a los peronistas la democracia, que es también una autocrítica fuerte, aunque ella entendía que los peronistas no estaban apegados a la democracia porque habían sido excluidos a través de las proscripciones durante casi veinte años y las persecuciones. Del mismo modo se podría decir que el peronismo a nosotros nos enseñó la justicia social. Siempre recuerdo una frase que pronunció un dirigente radical que se llamaba Crisólogo Larralde, de Avellaneda, que es quien en 1957 impone en la reforma de la Constitución el derecho de huelga. Algo que ni siquiera el peronismo había hecho. Crisólogo Larralde, el 17 de octubre estaba parado con un grupo de dirigentes radicales, en la Avenida Mitre (Avellaneda) cuando venían desde Berisso las columnas de trabajadores a pedir la libertad de Perón, que estaba preso en Martín García. Entonces, me contaron que cuando pasaban las columnas obreras, Larralde les dijo a los que estaban con él: “No se equivoquen, allí están pasando nuestros hermanos”.
–¿El radicalismo tenía dos corrientes, allá por la época de los primeros gobiernos peronistas, específicamente en los ’50?
–Sí. Una antiperonista y otra no peronista, que no era exactamente lo mismo, que representaban Larralde, Balbín, Frondizi, Moisés Lebensohn. Tenían una posición popular a pesar de que confrontaban con el peronismo. Tanto el peronismo como el radicalismo se fueron nutriendo mutuamente. Sin dudas.
–¿Qué opinión tenés de los trabajos por la integración de América latina?
–Creo que el proceso de integración ha sido el proyecto estratégico más coherente y sustentable en el tiempo que hemos tenido a lo largo de estos treinta años de democracia. Porque desde el inicio de la etapa democrática, Alfonsín advirtió que había dos factores que eran esenciales para sostener sobre esos pilares a la democracia, que son la paz y la integración. Sin paz y sin integración no había posibilidades de mantener las democracias en América latina. Y antes de dar el paso con Sarney (entonces presidente de Brasil) con el Mercosur, se dieron pasos en esa dirección de carácter preparatorio: la paz con Chile, para lo cual se realizó en la Argentina un plebiscito; el papel que tuvo la Argentina en el Grupo Contadora para impedir la invasión norteamericana a Nicaragua, porque apenas se desplazó a Somoza y se hizo cargo el gobierno sandinista, el gobierno de Reagan preparó una invasión a Nicaragua, que fue impedida por el Grupo Contadora, que surgió del consenso de Cartagena, a fines del ’85 y principios del ’86.
–¿Cómo viviste todas esas actividades políticas continentales desde la Argentina?
–Todo eso me tocó vivirlo muy de cerca porque me tocó entrevistarme con Fidel Castro en Cuba, en una conversación de unas cinco horas, para lograr que Fidel Castro actuara sobre el sector más duro del sandinismo para que aceptara la mediación de estos países de Contadora, que dio como resultado una salida electoral. Si no hubiéramos actuado de esta manera seguramente Estados Unidos, que ya tenía a los “Contras” desplegados en la frontera, hubiera actuado por medio de la OEA invadiendo Nicaragua. Hubiera significado una desestabilización de las democracias recientes, que eran muy pocas en América latina, porque eso nos hubiera retrotraído a la doctrina de la seguridad nacional y además en ese momento había guerra civil en El Salvador y en Guatemala.
–Entonces, este proceso de integración viene realizándose como política de Estado y se retrocedió en la década del ’90 cuando se dieron las “relaciones carnales” con Estados Unidos. Si hay algo que se distingue y da la existencia de un puente entre el gobierno de Alfonsín y el de Kirchner es la política exterior. Porque todo este proceso que se materializa primero con el Mercosur y después se extiende con la Unasur y por último con la Celac tiene una continuidad con los gobiernos que se iniciaron en 1983 y después en 2003.
–Y el rechazo de América latina al ALCA que proponía Estados Unidos.
–Siempre que me refiero al rechazo del ALCA asocio la imagen de Alfonsín en aquel famoso discurso en los jardines de la Casa Blanca, en la cara de Reagan, de reproche al intento norteamericano de invadir Nicaragua y le dice, porque tiró el discurso oficial que llevaba, que las democracias de América latina no le van a permitir a Estados Unidos volver a la política del garrote.
–Incluso Menem, a pesar de todo, firma el Tratado de Asunción, de creación del Mercosur.
–Claro, exactamente.
–¿Ves que ahora también hay mucha voluntad política en pos de la integración? 
–Estuve en la reunión del Celac, en Cuba, como parte de la delegación oficial que acompañó a Cristina, y tuve el honor de ser el único representante no oficialista en esa reunión. Siempre digo que yo soy “no oficialista” y no un opositor.
–¿Cómo ve la conducción oficial del radicalismo tus posturas en torno del Gobierno?
–Es obvio que no las comparte. El radicalismo es un partido horizontal y democrático, pero de todas maneras hoy no podemos hablar ni de connivencia ni de disidencia, porque no hay un ámbito de debate político para estas cuestiones. El gran problema que tiene el radicalismo hoy es que no tiene discusión política y cuando no tenés discusión política no tenés política y cuando no tenés política terminás atado a agendas ajenas. Generalmente impuesta por los poderes fácticos. Por eso el radicalismo en este ejercicio de oposicionismo ciego y en esta actitud negatoria se ha ido deslizando hacia posiciones de centroderecha, que son impropias de su historia. Porque el radicalismo no nació como una fuerza de centroderecha ni se desenvolvió en la historia de la Argentina como una fuerza de centroderecha.
–El fenómeno del radicalismo K, con gobernadores e intendentes, que había creado Néstor Kirchner, ¿qué evalúas de ese hecho político?
–Eso es lo que yo denomino una concertación por intereses y no por ideología. Y por eso duró tan poco, por eso fue tan efímera. Por eso, apenas apareció la primera tensión, se deshizo. Porque no era la consecuencia de una confluencia de comunes denominadores en el plano ideológico y programático. Me da la impresión de que allí Kirchner, que necesitaba ensanchar la base de sustentación del gobierno, porque en definitiva había sido un gobierno que se había iniciado con el 22% de los votos, incorpora radicales, en ese caso para el gobierno de Cristina. Pero lo hizo por la vía de la conveniencia y el oportunismo. No tenía consistencia ideológica la concertación.
–Teniendo en cuenta la conflictividad permanente entre los gobiernos nacional y porteño, ¿cómo vez el tema de la autonomía de la Ciudad, que fue uno de los temas de la reforma de la Constitución en 1994?
–La Ciudad ganó en calidad institucional a través de la autonomía, porque era anacrónico tener un sistema en el que el presidente de la Nación designaba a dedo a quien iba a gobernar la ciudad. Es cierto que tal vez se debió llevar adelante una reglamentación de esa autonomía más paulatina, más sustentable, porque hubo mucha improvisación. Por ejemplo, el tema de la policía propia. A la larga eran instrumentos que hacían a la autonomía, pero creo que se tendría que haber marcado un ritmo diferente en ese sentido. Lo que no hay que olvidar es que Alfonsín, así como promovió la autonomía de la Ciudad de Buenos Aires para terminar con ese anacronismo, porque los ciudadanos de Buenos Aires eran actores pasivos de su propio destino, fue el que planteó el traslado de la Capital Federal. Pensaba que la Capital debía trasladarse como sede administrativa. Ahora tanto Cristina como Julián Domínguez, sin tanta fortaleza, han retomado esa idea. Apuntando a una localización diferente, esta vez hacia el Norte o Noroeste. La Argentina necesita rediseñarse desde el punto de vista geopolítico. Un debate, por ejemplo, acerca de rediseñar el territorio de la provincia de Buenos Aires. Tal como está hoy concebida se torna en algunos momentos ingobernable. Pero enmarcado dentro de un rediseño geográfico y geopolítico. Tenemos que mirar más hacia el Pacífico. Algo de esto estuvo en el diálogo entre Cristina y Bachelet, hace unos días. Creo que hay que trasladar a la Capital Federal, que debe conllevar un rediseño geopolítico de la Argentina.
*Presidente del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego.