21 jun 2010

El futuro griego, ¿es el pasado argentino? Por Mario Rapoport


Mario Rapoport
España, Grecia y Portugal sufrieron el estallido de burbujas especulativas. Países que parecían paradigmas de los beneficios de la mundialización ahora deben poner a dieta sus excesos del pasado reciente. La crisis europea es parte de la crisis mundial, pero tiene sus propias características. El fortalecimiento del proceso de integración que se procuró con el Acta Única de 1986, liberalizando los movimientos de capitales, y con el Tratado de Maastricht, de 1992, creando la Unión Europea, estaba asociado a la idea de que era necesario recuperar la competitividad perdida, retomando y ampliando de alguna manera aquella tesis de Jean Jacques Servan-Schreiber del “desafío americano”. En ese marco, se fue imponiendo paulatinamente un rumbo de cuño neoliberal, que supuso el retiro paulatino del Estado benefactor; una tendencia regresiva en la redistribución de los ingresos; una menor presión tributaria directa acompañada por una carga impositiva más alta a los consumidores y, en muchos casos, la privatización de empresas de servicios públicos. Estas políticas se revelaron nocivas y la recesión mundial de comienzos del milenio se tradujo en una caída generalizada de los índices de crecimiento.
En el plano financiero, la evolución de la economía de la eurozona, creada en 1999, sentó las bases para una acumulación de colocaciones de dinero a tasas superiores que la rentabilidad de la producción de bienes y servicios. A las ganancias crecientes provocadas por la distribución regresiva del ingreso y las desgravaciones impositivas se añadían las bajas tasas de inversión productiva, los recortes presupuestarios de los Estados y la proliferación de recursos de los fondos de pensión. Esto creaba una alta liquidez que se colocaba en los mercados financiero e inmobiliario. En esas condiciones, una depresión de la confianza podía provocar una crisis mayúscula. Cuando esto sucedió su impacto se produjo inicialmente sobre los mercados mencionados, originando un derrumbe de sus operaciones y generando un alto grado de desconfianza con respecto a la solidez de los bancos que las apañaban.

Francia y Alemania, que arriman la mitad del producto del área del euro y dominan su comercio, emprendieron intensas reformas económicas dirigidas a revertir la declinación de los beneficios de sus poderosas corporaciones y restablecer su “competitividad”, recurriendo a las políticas neoliberales que hemos señalado. Este camino se aceleró por el tránsito final hacia la unión monetaria y la expansión hacia el Este incorporando a la UE a varios países de Europa oriental, lo que implicaba la apertura de nuevos mercados. En el caso de Alemania, sobre todo, el interés en que el euro no se devalúe tenía que ver hasta ahora con el hecho de que dos tercios de las exportaciones alemanas iban hacia los mismos países de la UE y una parte importante a los que no integran la eurozona. En el de Francia la proporción es menor y la economía gira más sobre su demanda interna. Pero la situación cambió y si la orientación comercial comienza a dirigirse en mayor medida a los países emergentes, una devaluación puede convenirles. Además, los países de la UE que no implantaron aún el euro devaluaron sus monedas y por lo tanto las exportaciones alemanas y francesas son allí menos competitivas.

La crisis se agudizó en los países del sur de Europa por distintas razones: España, Grecia y Portugal, acompañados por Irlanda, sufrieron el estallido de burbujas especulativas de muchos años. Países que parecían paradigmas de los beneficios de la mundialización, de lo que había que hacer para superar definitivamente el subdesarrollo, ahora se presentan como los “pigs”, que deben poner a dieta sus excesos del pasado reciente. Por cierto que la crisis en cada una de estas naciones presenta un sesgo específico. En el caso de Grecia el proceso de endeudamiento fue sobre todo del mismo Estado, ayudado por Goldman Sachs, una compañía financiera estadounidense que ya estuvo involucrada por maniobras parecidas en la lejana crisis de 1930. En el caso de España, Irlanda y Portugal fueron los agentes privados (empresas y familias) los que más se endeudaron, pero en todos ellos están al borde del default.

Una responsabilidad mayor en la crisis la tuvo el Banco Central Europeo cuya política de altas tasas de interés para contener los precios, superiores a las vigentes en otros países como los Estados Unidos o Japón, provocaron un permanente flujo de capitales externos que generaron una paulatina revaluación del euro, haciendo perder competitividad a la producción de bienes europeos y forzando a duros ajustes microeconómicos para compensarla. Las normas relativas a cotas de déficit fiscal y endeudamiento impedían la aplicación de políticas fiscales expansivas, obligando en muchos casos a ajustes presupuestarios importantes. Sin embargo, los niveles de inflación comenzaron a diferenciarse en unos y otros países. Entre 1997 y 2009 mientras Grecia. España e Irlanda tuvieron un crecimiento de los precios cercano o mayor al 40%, Alemania, en el otro extremo, no llegaba al 20%. Esto demostraba que no existía una verdadera paridad en el poder adquisitivo de los países del euro y, por lo tanto, el valor de la moneda y los costos de vida eran en ellos muy diferentes. Las tasas de interés reales, descontada la inflación, eran mucho más bajas en los países con mayores niveles inflacionarios, lo que les permitía endeudarse más fácilmente, cosa que hicieron. Ni el euro ni la disciplina monetaria del BCE sirvieron para evitar una evolución divergente de las trayectorias macroeconómicas.

La crisis se manifiesta más crudamente en los países más débiles de la eurozona aunque nadie de la región está a salvo. Algunos tienen un alto nivel de endeudamiento como Italia, cuya deuda pública representa un 116,5% del PIB o Bélgica, con una deuda del 99,7% de su PIB. Irlanda encabeza el ranking de los países con un mayor déficit fiscal con el 14,7%, pero ninguno, incluso Alemania, cumple con los criterios fijados por el acuerdo de Maastricht y su ingreso a la Eurozona.

Se compara hoy la situación del euro con la que existía durante la vigencia de la Ley de Convertibilidad en la Argentina. La diferencia es que nosotros pudimos devaluar y a los europeos en dificultades una acción parecida les puede costar más caro porque los obligaría a salir de una zona protegida (al menos hasta el momento).

Parece paradójico, pero los Estados salvaron a los mercados y, sobre todo, al sistema bancario, y ahora los mercados recobran vigor y quieren castigar a los Estados, que socializaron las pérdidas producidas por el sector financiero, el verdadero responsable. En aquel momento pagaron el ajuste principalmente los contribuyentes. Como no bastó, ahora los más brutales planes de ajuste, apañados por el FMI, los van a pagar los trabajadores, los jubilados y la mayoría de la población en Grecia y en España. Es el costo de las políticas neoliberales. En la Argentina esta pretendida solución fue un fiasco total y va a ocurrir lo mismo en Europa. Se vienen tiempos difíciles porque los pueblos reaccionan frente a esta verdadera exacción de sus ingresos. En Grecia el neoliberalismo ya tuvo sus primeras víctimas.

*Economista político, doctor en Historia, doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de San Juan; especialista en Relaciones Internacionales, Historia Económica, Política Social y de Integración Regional, en Maestría en Historia Económica y de las Políticas Económicas, titular del profesorado del Instituto del Servicio Exterior de la Nación.
http://www.elargentino.com/nota-95016-medios-142-El-futuro-griego-es-el-pasado-argentino.html