8 mar 2010

Política: nuevo cambio de domicilio Por Carlos Girotti

Nunca como ahora la penalización de la política ha sido utilizada como sinónimo de hacer política. Hubo antecedentes –que hasta resulta ocioso enumerar– pero jamás se había asistido a una situación semejante. Para las derechas autóctonas la sede judicial es poco menos que el domicilio registrado de la política y esto, de tanto que es machacado, suena creíble para muchos. Pero no lo es. Se trata de puro contrabando ideológico.
La relativa facilidad con la que el kirchnerismo se asentó como un novedoso y atrayente fenómeno político puede explicarse, precisamente, porque desde sus inicios supo reinstalar en la sociedad la noción de que la política era la condición del cambio. Y no se trataba de cualquier sociedad ni de cualquier cambio. La sociedad argentina, para mayo de 2003, sabía más de contarse las costillas, de desconfiar de todo y de todos, que de balbucear siquiera una mínima dimensión del futuro.
Todos se tenían que ir. No debía quedar ni uno solo. Pero nadie sabía mucho más que eso. En semejante contexto, la política aparecía como una sustancia tóxica capaz de contaminar todo lo que entrara en contacto con ella. Hasta quienes con denuedo habían resistido al neoliberalismo y habían alcanzado altas cotas de legitimidad social renunciaban a la disputa institucional por suponerla una trampa del sistema. Sin embargo, Kirchner consiguió dibujar una línea del horizonte. Aquella sociedad, sometida al más terrible de los descréditos, esto es, compelida a negarse una y otra vez la posibilidad de un mañana, avizoró, de repente, que no todo era lo mismo.

Que un tipo, absolutamente ignoto para la mayoría y apenas avalado por el 22% de los votos, le ordenara al jefe del Ejército que descolgara el cuadro de Videla, el genocida, significó un corte. Ya nada sería igual de ahí en adelante. Se trataba de un gesto inequívoco, símbolo de esa voluntad mayoritaria que había permanecido soterrada por montañas de puntos finales, indultos, leyes Banelco, helicópteros en fuga, pesificaciones asimétricas, piqueteros fusilados y toda esa trama ominosa que logró hacer de la política un insulto. En la orden breve, terminante, que el entonces presidente Kirchner le diera al militar subordinado, no había mucho de eso que el más ramplón de los sentidos comunes le atribuye a lo mágico. No, lo que había era todo un sustrato material previo a ese instante infinitesimal de la historia que, acaso por su inesperada irrupción, logra que luego la historia se escriba con mayúscula.

Desde luego que allí no había mago, ni conejos ni galera. Néstor Kirchner había comprendido –antes y mejor que nadie– que si restituía la noción de la política justo donde ésta había sido descompuesta y agusanada; que si aquello que por décadas había sido negado, como fruto del pretendido buen hacer de la política, ahora era afirmado como negación de esa mala política que, en definitiva, si su “proceda, general” se conjugaba con el mismo tiempo verbal de las miles de manifestaciones, luchas y marchas flacas que lo precedían, lograría que la política fuese sinónimo de cambio. Y lo logró, pero no porque se valiera de un golpe de suerte ni de un abracadabra recóndito y secreto. Consiguió que el lugar natural de la política fuese el de toda aspiración y deseo de cambiar la realidad porque, justamente, la puso en acto contra un casi ridículo símbolo de su negación: el retrato anacrónico de un genocida.

Bajar el cuadro significó subir la política, elevarla a la altura a la que la habían querido tantos manifestantes anónimos, tozudos resistentes en caminos, ferrocarriles privatizados, hospitales y escuelas municipalizados, fábricas cerradas por sus propios dueños. Con aquel gesto reparador, Kirchner se identificó con los deseos aherrojados de millones de sus compatriotas y, al hacerlo, les acercó el futuro, porque, como ellos, se hacía cargo de disputar también el pasado.

A lo largo de los últimos siete años el domicilio natural de la política –aun considerando todos los errores cometidos durante ambos mandatos constitucionales– ha sido ese, el del cambio. Tan fuerte ha resultado esta impronta en lo institucional, tan avasalladores sus efectos sobre las prácticas habituales de la política, que las oposiciones de derechas no han encontrado mejor argumento para destituir esta experiencia que la de someter a juicio a la política misma. No les importa que la mayoría parlamentaria que invocan sea ficticia ni que lo que la amalgama como conjunto sea la voluntad compartida de asociarse para destituir.

Lo único que a estas expresiones de las derechas les interesa es que, al unísono, pueden cambiarle el domicilio a la política porque el que tiene es muy peligroso. Si consiguen que el ámbito natural de la política sea el que queda en la avenida Comodoro Py y no en la cabeza y en el corazón de millones de hombres y mujeres del pueblo, entonces habrán alcanzado su cometido. Hasta se permiten declarar que habrán de ser firmes sostenedores del mandato constitucional de la Presidenta; la sostendrán hasta el final, dicen, y quizás cumplan con ello porque no tienen más remedio (¿alguien podría pensar que en la Argentina sucederá todo como en Honduras, así, sin mayores consecuencias?).

Pero, en verdad, lo único que las atrae y las mantiene unidas bajo la misma bandera de tibias y calavera es mudarle el domicilio a la política. Están ante una oportunidad histórica porque el Gobierno, lejos de arredrarse, insiste y persiste en darles pelea allí donde las derechas se han hecho fuertes, o sea, en la danza y contradanza de decretos, designaciones, impugnaciones, estatutos, reglamentos, mociones de orden o de privilegio. En ese espacio de los intríngulis normativos, de las disposiciones ininteligibles para quien va a comprar todos los días los comestibles, manda los pibes a la escuela, compra los medicamentos a los viejos, viaja al centro desde el suburbio y vive pendiente de que el patrón no lo tenga en la mira, en ese espacio, pues, la vida cotidiana, anónima e incontable, no entra. Al contrario: es repelida. Como la política misma que, en tanto sinónimo de cambio, debe ser penalizada y, por lo tanto, discutida en los tribunales, que es donde se administran las penas. Todas las penas.

Ahora, como en los inicios de la presidencia de Néstor Kirchner, la posibilidad de hacer que la política sea, inequívocamente, sinónimo de cambio, pasa por volver a practicarla en el lugar donde más lo temen las derechas ya que ahí se muestran en toda su fragilidad: en el protagonismo directo de la gente de a pie. Ese lugar, verdadero domicilio del futuro, de lo deseado, de lo que se anhela aun en el minuto final, no debería quedar subordinado a ninguna táctica pasajera, por más exitosa y segura que pudiera parecer. Más aún: lo único que aquí es seguro es que sin una movilización activa, que retorne la política a su hábitat natural, a la calle, al ágora, a la asamblea y a la marcha codo a codo, no hay otro horizonte que el de la regresión.

Todavía, esta es una tarea propia de lo que la vigencia del kirchnerismo representa para su opuesto: el miedo ancestral de las clases dominantes a perder su dominio. Pero, para eso, el kirchnerismo debe poder estar a la altura de las circunstancias y salir a cielo abierto, como aquella vez del cuadro del genocida o aquella otra de la recuperación de la ESMA para la memoria histórica del pueblo.

(*) Sociólogo, Conicet.
http://www.elargentino.com/nota-80923-Politica-nuevo-cambio-de-domicilio.html