26 mar 2010

Papel Prensa no vale una farsa Por Rafael Bielsa

El 24/03/10, Joaquín Morales Solá publicó en La Nación un artículo titulado “La prensa, a merced del rumor y el agravio”. El texto tiene el mérito de plantear muchos problemas de comportamiento periodístico, naturalmente desde la perspectiva de un periodista, que es la profesión de quien lo firma.
Queda para una próxima ocasión el efecto que el escándalo, la burla, el insulto y la murmuración denigratoria propalados por periodistas producen en quienes no lo somos, la otra cara de la luna, indispensable para contemplar completo al satélite. También sostiene que la actividad pierde su razón de ser si no es crítica; para la misma próxima ocasión queda la réplica: para que la crítica sea tal debe descubrir que hay vida después del oficialismo, en la política partidaria y en la empresaria, merecedora de parecida severidad.

Párrafos adentro, puede leerse que es necesario descifrar la situación de la empresa Papel Prensa, sacando del medio “el folklorismo gangsteril de Guillermo Moreno”. De acuerdo, entonces: dejémosle al folklore de oportunistas la afirmación de que el secretario de Comercio es un gángster. Lo que me propongo tratar es si la afirmación “Papel Prensa no fue una dádiva de la dictadura a los diarios, fue una operación privada que los ex dueños de la empresa (la perseguida familia Graiver) nunca denunciaron ni desconocieron cuando recuperaron sus derechos”, es crítica y por lo tanto constituye verdadero periodismo, o no lo es y por lo tanto Morales Solá en este caso peca de lo que condena. No deseo incurrir en el lenguaje fogoso, y no porque desdeñe el estilo sino porque hoy por hoy sobra: el propio texto de Morales Solá se anota en esa abundancia.

El pensamiento crítico, opuesto al vulgar, no puede prescindir de la memoria; datos, fechas y documentos son imprescindibles. La noticia sobre la compra de las acciones de Papel Prensa por parte de Clarín, La Nación y La Razón a Lidia Papaleo de Graiver fue tapa del diario mencionado en primer término (11/11/1976). En el copete a la crónica se subrayaba la asociación de los diarios con el Estado, y que la operación era una “gravitante” decisión del gobierno de las fuerzas armadas en favor de la sustitución de importaciones, medida que en su editorial “La batalla de papel” (19/1/1977) alcanzaba ya las dimensiones de “factor fundamental” de un “acto trascendente”.

El 19 de mayo de 1977 Clarín informó en su tapa que la adquisición de las acciones había sido “previa consulta y posterior conformidad de la Junta de Comandantes en Jefe” y que todo el proceso estaba regulado y avalado por el Estado, el que tenía poder de veto por su participación accionaria del 25 por ciento. Para Clarín, La Nación y La Razón, en consecuencia, la transacción se había celebrado “a luz pública y con el consentimiento previo y posterior del Estado”, preservando así un proyecto de “interés nacional” que resguardaba el abastecimiento para “todos los diarios” de su principal insumo “en defensa de la libertad de prensa, de conformidad con una centenaria tradición argentina y respetando uno de los soportes de nuestro estilo de vida”. En agosto de 1977, el capitán de navío Alberto D’Agostino fue nombrado veedor interventor.

Por añadidura, el acuerdo final sobre Papel Prensa incluyó una política estatal de promoción industrial, como lo pone en evidencia la aplicación de aranceles de hasta 53% a la importación de papel, protegiendo la producción local. Sin entrar a considerar qué monto tiene en la cabeza Joaquín Morales Solá cuando afirma que Papel Prensa no fue una “dádiva” de la dictadura, es objetivamente inexacto que su transferencia haya sido una operación privada. ¡Un archivo allí!

De la misma raíz griega que la palabra “crítica” deriva el verbo “cribar”, esto es, separar una cosa compuesta en grupos que cumplen un determinado criterio y otros que no. Vamos a hablar críticamente, en consecuencia, de la venta de Papel Prensa que efectuó Lidia Papaleo de Graiver.

La operación se concretó el 18 de enero de 1977 a un valor –según diversos investigadores– varias veces menor al real (se pagaron u$s8.300.000, y apenas se llegó a cobrar una cuota). En 1987, de acuerdo con la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas, Papel Prensa costaba 250 millones de dólares. En años cercanos, cuando algunos de sus accionistas buscaron fondos en el exterior para financiarse, la valoraron en varios miles de millones de dólares. Entre enero de 1977 y enero de 1987 ¿no sucedió nada? Sí, sucedieron cosas.

A partir de marzo de 1977 Lidia Papaleo de Graiver y muchos de sus familiares fueron detenidos ilegalmente por las fuerzas de seguridad. Sufrieron vejaciones y torturas. Luego pasaron a estar detenidos legalmente y sometidos a un proceso militar, acusados de estar vinculados con la “subversión”. Un tribunal de guerra condenó a la familia Graiver sobre la base de declaraciones arrancadas bajo tormento en el centro clandestino de detención “Pozo de Banfield”. Osvaldo Papaleo, hermano de Lidia, declaró que sabía que su hermana estaba con vida cuando la revista Somos publicaba alguna de estas declaraciones como confesiones espontáneas.

Así, dar al traspaso de Papel Prensa de las manos de la viuda de Graiver a los diarios aludidos el carácter de una amable reunión de consorcio, equivale a sostener como verdad que el tribunal de guerra que juzgó a los Graiver, los bandos golpistas que daban cobertura a la maniobra y las mazmorras donde fueron confinados mientras se publicaba lo reseñado más arriba eran respectivamente un puñado de cuentapropistas que gestionaban rezos, regidos por normas costumbristas y con posibilidades penitenciarias de hotelería.

Finalmente, y a diferencia de lo que afirma Joaquín Morales Solá (“por lo general, cada periodista llega, tarde o temprano, al medio que más le gusta y en donde se siente más cómodo”) son muy pocos aquellos que disfrutan de tal bendición. Sólo los más dotados, los más creíbles para determinado sector, los más mimados por una parte de la sociedad. El talento, la credibilidad, el afecto, son la consecuencia de la fidelidad a un conjunto de valores.

Los que empinaron a Morales Solá seguramente no fueron los que lo autorizaron para describir un episodio como la transferencia de parte de Papel Prensa a Clarín, La Nación y La Razón naturalizando la excepcionalidad institucional, el horror del tormento y el privilegio. Ninguna de las tres cosas puede ni debe ser natural. El día que vuelvan a serlo, entonces sí, la libertad (no sólo la de prensa) estará irreparablemente perdida.
http://www.elargentino.com/nota-83589-Papel-Prensa-no-vale-una-farsa.html