El inefable Mariano Grondona nos ofrece, en sus habituales columnas de los domingos en el diario del liberal-conservadorismo argentino –hoy convertido en fuerza de choque de la ofensiva destituyente–, una lección de teoría política, de esa clase que suele brindarles a sus lectores haciendo acopio de sus sesudas lecturas de los clásicos del pensamiento político occidental.
Esta vez no se trata de un viaje por las etimologías greco-latinas en clave de retórica de autoayuda con la que suele solazarse el viejo escriba del golpismo nacional en sus programas televisivos. Ahora se trata de algo más serio, su fuente incontrastable y benemérita es Thomas Hobbes, aquel extraordinario filósofo inglés de mediados del siglo XVII que buscó darle forma a una ciencia de la política a la altura de unos tiempos que veían desplegarse los núcleos decisivos de la revolución científica de la modernidad junto con, eso sería lo que perturbaría particularmente al autor del Leviatán, la expansión peligrosa del desorden social asociado todavía a la persistencia de un “estado de naturaleza” que ofrecía el tremendo espectáculo de la guerra de todos contra todos allí donde cada hombre se volvía lobo del otro hombre. Hobbes intentó pensar una sutil artesanía que le permitiera a la sociedad desangrada de su época (atravesada de lado a lado por la guerra civil) escapar al peligro de la anarquía, ese momento en el que se vuelve imposible construir una fuerza pública capaz de contener la desmesura de las pasiones humanas convertidas en violencia indiscriminada.
Thomas Hobbes, habría que decirlo, es un filósofo que piensa en un tiempo de convulsiones y de transiciones, en una época que todavía no termina de construir su nuevo rostro y en la que todavía no acaban de formularse los nuevos dispositivos jurídico-políticos de la dominación burguesa. Una de sus apuestas principales será la del predominio, finalmente, de la pasión del miedo, esa que conduce a la renuncia del uso libre de la violencia en beneficio de la “espada pública”, de ese Uno que se transforma en garante del orden y de la ley. Nada dirá Grondona de las arbitrariedades del poder allí donde lo que se sacraliza es la necesidad de impedir la proliferación de la anarquía, y mucho menos se interesará por ese otro contemporáneo de Hobbes que se llamó Baruch Spinoza y que intentó abordar la cuestión de la política, del orden, del miedo y de la violencia desde un lugar completamente distinto. Al inefable periodista lo que le interesa es construir una genealogía que reduzca la experiencia democrática a producción y reproducción del poder de los “propietarios”, de todos aquellos que fundaron y siguen fundando cotidianamente la perpetuación de la desigualdad y de la explotación de los incontables de la historia. A veces será necesaria, como no dejó de plantearlo hasta no hace muchos años el hoy adalid de la democracia y sus instituciones, la pura violencia dictatorial; otras, la astucia del liberal-republicanismo bien aggiornado con el que suele presentar sus ideas, perpetuamente destituyentes de cualquier giro popular en la historia de nuestro país. Recorrer los hilos de la memoria del pasado es una manera de desocultar lo que se guarda detrás de las actuales retóricas grondonianas; es apenas un ejercicio que nos permite poner en evidencia a quiénes y a qué defendió la tan exquisita pluma que domingo tras domingo nos educa desde esa “tribuna de opinión” fundada en otra encrucijada argentina por Bartolomé Mitre. Los fantasmas indeseados revolotean alrededor de ciertos columnistas aunque se afanen por disimularlos. Vicisitudes de una historia a la que deberemos insistir con pasarle el cepillo a contrapelo, ese que nos ofrecerá la oportunidad de mostrar el contenido agusanado de ciertos republicanismos a la moda.
2. Todo el arsenal de argumentos sofisticados y la apelación al gran fundador de la filosofía política no buscaba, al menos en el escriba de la restauración conservadora, mejorar el entendimiento medio de sus lectores ofreciéndoles grageas de su inagotable sabiduría, sino contrastar las dicotomía de anarquía-tiranía con la escena de una Argentina gobernada por quienes se deslizan, así nos lo anuncia con inusitada gravedad, peligrosamente por los senderos del “despotismo” (ese régimen, nos explica con notable afán pedagógico el columnista de La Nación, que todavía no encarcela a sus adversarios) pero que amenaza con marchar hacia la tan temida “chavización”, el momento exacto en el que los Kirchner, porque de ellos se trata siempre, decidan girar hacia la tan temida tiranía (que, de todos modos, es una instancia superior respecto de la anarquía, horror de los horrores para el estanciero-periodista). Los Kirchner (y habría que aclarar que a diferencia de otros periodistas, nuestro avezado ideólogo nunca dudó respecto de lo inaugurado en el 2003 ni se preguntó “¿qué les pasó?”) vendrían a ser, de acuerdo al juego especular al que se aboca nuestro escriba, los restauradores de la época, aquellos que como Juan Manuel de Rosas, afirmaron la dimensión tiránica como un modo de dejar atrás los años “anárquico-autoritarios” de las primeras décadas de nuestro siglo XIX. Claro que con una diferencia no menor, que lo que busca “el matrimonio presidencial” es llevarse puesta la República mientras que el antiguo “restaurador de las leyes” tenía que hacerse cargo de la fundación de una Nación todavía en estado de anarquía. El secreto de toda la argumentación de Grondona es, una vez más, la reducción del actual gobierno a una suerte de prototiranía, aunque estamos a tiempo, quizá si somos inteligentes y nos unimos, de abortarla en su etapa simplemente “despótica”.
En su interpretación binaria, de esas que resuelven las inquietudes de sus lectores acostumbrados a que otro piense por ellos, el antiguo redactor de comunicados golpistas, el intelectual de la “República democrática”, nos lanza a boca de jarro esta descripción de la actualidad continental: “Si la búsqueda del poder total es la tendencia ‘política’ dominante de los regímenes autoritarios de la América Latina actual, a su servicio opera una tendencia ‘institucional’, el re-reeleccionismo, entendiéndose por tal el empeño de reelegir indefinidamente a un ‘hombre fuerte’, ya se llame Chávez, Morales, Correa u Ortega. Contra esta característica, funesta para la democracia, se eleva en cambio el no reeleccionismo, que bloquea la enervante tentación de acudir a un ‘hombre fuerte’ en naciones como Brasil, Chile, Uruguay y Colombia, que ya están en el umbral del desarrollo político”. La mesa argumentativa está servida y los platos bien condimentados. Hay, en nuestra América latina, un grupo de países “serios” que expresan las virtudes republicanas mientras que, del otro lado y como feroces exponentes del populismo autoritario, están esos otros países que aspiran a perpetuar entre nosotros la tiranía y el despotismo. El grado de maniqueísmo grondoniano es superlativo, su apuesta por lo que algunos definen como “golpe institucional en defensa de la democracia” constituye su punto de llegada, el objetivo a alcanzar.
Al igual que otro inefable del neoliberalismo continental, el hijo pródigo de Vargas Llosa, Alvarito, nuestro escriba se dedica a aceitar la estrategia de las derechas latinoamericanas una vez abandonadas, por inactuales y poco prácticas las alternativas militares, esas que supieron festejar sin pudores en décadas pasadas, pasando, ahora, a la horadación de los gobiernos de raíz popular utilizando el argumento de que “ponen en riesgo a las democracias desde dentro de ellas mismas”, y para eso el ejemplo hondureño se convierte en espejo a imitar (recordemos la alianza de los poderes legislativo y judicial, más el apoyo de las Fuerzas Armadas y de la corporación mediática, para deponer a Zelaya). Tanto Grondona como su compañero de página y de argumentaciones vienen ejerciendo la “pedagogía republicana”, esa que denuncia la falta de calidad institucional y la lógica “despótica” que subyace a la búsqueda kirchnerista del “poder total”. Falta que la oposición deponga sus litigios y sus egoísmos y que la Corte Suprema legisle con seriedad para alcanzar la alborada de los días tan deseados, esos que nos lleven a ser un país serio, responsable y despojado de toda inclinación populista y autoritaria. El compromiso de tan respetados columnistas es contribuir cada domingo a aproximar ese día “D”.
La derecha, la nuestra, se ha vuelto “republicana”, ha descubierto los beneficios de leer a los clásicos del liberalismo político asociándolos con la crítica a toda forma de “autoritarismo”, mostrándonos que ellos son los portadores de la “verdadera virtud democrática y republicana”. Una derecha que teje sus argumentaciones invisibilizando la profunda desigualdad parida por esas mismas clases dominantes que ahora son presentadas como heraldos de la democracia; una derecha, representada en este caso por su “intelectual orgánico” –perdón por la utilización de categorías gramscianas– que expresa todo su horror ante el avance, en nuestro continente, de proyectos políticos populares que buscan deshacer la soga de verdugo que fueron ajustando sobre el cuello de nuestras naciones los mismos que se beneficiaron de las violencias homicidas de las dictaduras de antaño, que luego se volvieron a beneficiar con las democracias neoliberales de los noventa, y que hoy intentan recuperar su hegemonía para seguir ejerciendo la lógica omnímoda de su poder económico, político y cultural, ese al que, en su lenguaje mistificador, llaman “República”.
http://www.elargentino.com/nota-83340-La-Republica-grondoniana-y-sus-virtudes.html
