Los retóricos del consenso, aquellos que hoy pululan por doquier, esos que denuncian el clima de crispación suscitado por el kirchnerismo, no dejan de practicar, cuando las circunstancias se lo permiten, su deporte preferido: desplegar la lógica del doble poder desafiando, desde el Congreso o desde sus tribunas mediáticas, cualquier iniciativa que, tomada desde el gobierno nacional, no los satisfaga.
Buscan de diversos modos (utilizando jueces afines a sus intenciones y haciendo de los medios masivos de comunicación su caja de resonancia y de multiplicación) horadar la legitimidad del Ejecutivo llevándolo, ése es su deseo inconfesado, hacia la inmovilidad. Sus acciones, la mayoría de ellas, lejos de buscar ampliar la calidad democrática de las instituciones (argumento que utilizan una y otra vez como núcleo de su batalla ideológica), tienen una clara y contundente orientación allí donde no intentan generar otra cosa que no sea esa percepción de un poder disputado, dual, que vuelve literalmente imposible la gestión de los asuntos públicos. Debilidad, caos, crispación, anarquía, son algunas de las formas a través de las que cierta oposición (política, mediática y económica) desarrolla su estrategia hacia el 2011.
Les preocupa poco y nada la gobernabilidad, del mismo modo que cuando tuvieron la oportunidad de ser gobierno dejaron que esas instituciones por las que hoy salen a batir lanzas llegaran a niveles increíbles de envilecimiento. Nunca cuestionaron la composición fraudulenta de la Corte Suprema menemista, tampoco dijeron nada ante la continuidad de las leyes financieras heredadas de la dictadura ni tampoco lo hicieron con la de radiodifusión.
Se congratularon con los estatutos de autonomía del Banco Central porque les permitía manejar a su antojo las políticas monetarias poniéndole límites a cualquier iniciativa que pudiera provenir del Ejecutivo y que pusiera en cuestión los intereses de las corporaciones y de los lobbystas internacionales que defienden aquellas políticas monetarias que les sean funcionales a los tenedores de bonos y al capital financiero en general. Saben, aunque no lo digan, que es casi inviable desplegar un proyecto económico autónomo de los poderes corporativos mientras la autoridad del Banco Central responda a intereses ajenos al Gobierno nacional.
Durante décadas defendieron a rajatablas y contra viento y marea la necesidad de garantizar el cumplimiento de los compromisos internacionales (usaban términos extraídos de los diccionarios de ética para hablar de “honrar las deudas”, esas mismas cuyo origen espurio aceleró las condiciones para el empobrecimiento de la mayor parte de la población y de la bancarrota del país); hoy, por puro oportunismo y para seguir enfrentándose a cualquier decisión de la presidenta Cristina Fernández, se oponen tenazmente al Fondo del Bicentenario y hacen de la destitución de Martín Redrado una cuestión decisiva de la democracia. Defienden lo que siempre criticaron, critican lo que siempre defendieron.
Su oportunismo está a flor de piel, es absolutamente visible y se corresponde con su ambición central y excluyente: quebrarle el espinazo al Gobierno nacional, debilitarlo hasta el punto de dejarlo exhausto y sólo dispuesto a preparar su salida del poder, en el 2011, si las cosas se conducen correctamente (léase siguiendo las directrices de los poderes económicos y de sus brazos políticos), o antes si el kirchnerismo continúa con esas “provocaciones” que lo muestran con claras intenciones no sólo de mantenerse en el gobierno sino de profundizar un rumbo antagónico al de la matriz neoliberal que, aunque tampoco lo diga, expresa lo que desean para la Argentina los eternos dueños del poder económico y mediático.
También es importante señalar que, más allá de lo que hace y deshace la oposición, es el propio gobierno quien suele actuar bajo la lógica de los hechos consumados; una lógica que puede funcionar en situaciones excepcionales o en momentos de crisis fenomenales como la que tuvo que enfrentar Néstor Kirchner en el comienzo de su mandato, pero que utilizada como recurso permanente suele ofrecer un flanco débil rápida y fácilmente motorizado por cierta oposición que precisamente está agazapada a la espera de esa política de “hechos consumados”.
Lo que suele faltar es lo previo, lo que lograría colocar cada una de las medidas que se toman en el interior de un proyecto que se hace visible y que es aprehendido por importantes sectores de la sociedad. Porque si bien resulta necesario implementar una relación diferente entre el Gobierno nacional y la autoridad monetaria (lo que supone rehacer los estatutos que rigen al Banco Central denunciando el núcleo neoliberal que subyace al estatuto que hoy lo determina), y en este sentido las actitudes de Redrado iban en un sentido opuesto a lo que deseaba el Ejecutivo y respondían a la lógica del establishment financiero, también es cierto que no había señales previas (salvo el intento, algo ya lejano, de Mercedes Marcó del Pont por proponer una reforma profunda de esos estatutos que no fueron tomadas en cuenta a su debido tiempo) que entramaran el decreto de necesidad y urgencia que dispuso la salida de Redrado con un proyecto nacional a mediano y largo plazo.
Lo no hecho a su debido tiempo, aprovechando mejores circunstancias, se paga en la actualidad a un precio muy alto. Los buitres se abalanzan sobre los errores y las omisiones del gobierno, buscan sus debilidades y se regodean señalando sus contradicciones.
Este es, tal vez, uno de los principales déficits del kirchnerismo, entrelazar las medidas fundamentales que va tomando (pienso, para no ir más lejos, en la resolución 125, en la nacionalización de Aerolíneas Argentinas, en la reestatización del sistema jubilatorio, en la movilidad jubilatoria, en la ley de medios audiovisuales, en la reapertura de los juicios a los genocidas, en el plan argentina trabaja y en la asignación universal) y desplegarlas en el interior de un proyecto de transformación profunda de la realidad económica, social, política y cultural del país.
Como si le dejara esa tarea a la oposición que se encarga de “narrar” aquello mismo que el kirchnerismo no suele hacer. Es una paradoja que sea la derecha restauracionista la que le otorgue “sentido” a las políticas del gobierno inscribiéndolas en lo que para ella es clasificable como “populismo”, “chavismo”, “clientelismo” y, para ciertos cultores de una retórica delirante, “troskoleninismo”. Sería mucho más interesante, y necesario de cara a la consolidación de un proyecto nacional, democrático, popular y latinoamericano, que fuera el propio gobierno quien saliera a expresar con vigor y claridad el “hacia dónde”, rompiendo con ese efecto inmediatista y poco claro de ciertas medidas que surgen como sacadas de la galera de un mago.
Si sigue faltando “lo previo”, la narradora de lo que efectivamente se está haciendo seguirá siendo la derecha opositora, esa que busca consolidar la sensación de un doble poder, la que le dará letra y sentido a un conjunto de medidas y decisiones que, leídas en su conjunto, nos ofrecen mucho más que la imagen de lo improvisado y de lo inmediatista. Es éste uno de los desafíos centrales a los que se enfrenta el gobierno: convocar a todos aquellos que estarían dispuestos a ser parte de un proceso de transformación que al mismo tiempo que se pone en marcha, como lo viene haciendo con intensidades, contradicciones y dificultades desde el 2003, también logra desplegar un relato coherente y decisivo de lo que ha venido a cambiar en la Argentina.
http://www.elargentino.com/nota-74333-Los-retoricos-del-consenso-el-doble-poder-y-el-relato-que-falta.html
