9 dic 2009

Democracia, política, conflicto y crispación Por Ricardo Forster


Una de las herencias más problemáticas y perniciosas que nos dejó la década del ‘90 fue asimilar conflicto con anarquía, del mismo modo que se intentó reducir la política a una cuestión de gerenciamiento. La racionalidad empresarial se constituyó en el referente a partir del cual articular política y sociedad entramando ese vínculo a través de la lógica de la rentabilidad y de la eficiencia. Al mismo tiempo que se buscaba desplazar la política por el marketing junto con la encuestadología como nueva ciencia indiscutible para definir los destinos de cualquier candidato o proyecto electoral, también se lanzó al escenario de lo público a estrellas televisivas y deportivas junto a empresarios de éxito que emergían como los referentes soñados por una sociedad que aceleradamente se alejaba de los paradigmas clásicos alrededor de los cuales se habían articulado sus identidades. En muy pocos años aquellos discursos y aquellos valores que durante décadas habían expresado a los diferentes actores sociales quedaron reducidos a testimonios de un pasado definitivamente sepultado. Lo que no había logrado llevar a su término la dictadura militar parecía haberlo alcanzado el menemismo durante aquellos años que siguieron a la hiperinflación.

La política no sólo fue capturada por la sociedad del espectáculo hasta volverla deudora principalmente de los medios de comunicación que le expropiaron casi toda su autonomía, sino que también fue prácticamente convertida en asunto de abogados y en expediente judicial allí donde la corrupción se devoró de un solo bocado todo lo referente a esa antigua práctica. Políticos efectivamente corruptos y políticos de extracción progresista disputaron sobre el mismo escenario sin percatarse, los segundos, del daño estructural que se le estaba haciendo a la política al asociarla de un modo unidireccional con la corrupción y al fijar casi todo su programa de acción en esa degradación operada por el menemismo. La Alianza, al menos su sector progresista encabezado por Chacho Alvarez, pagaría un precio muy alto por ese reduccionismo que, sustentado en una moralización de la política, dejó intocado el poder económico y la convertibilidad. El estallido del 2001 tuvo mucho que ver con este proceso de devastación de la política. Su espectro aún no nos ha abandonado.
Así como el desplazamiento de las formas tradicionales de la política supuso el predominio de un tipo de práctica y de discurso asociado a las retóricas del espectáculo y del mercado, también fue despojándola, a la política, de cualquier referencia a ideas antagónicas o a la exposición de proyectos de país necesariamente contrapuestos, transformando esos núcleo conflictivos en aquello que se volvía inaceptable desde los nuevos patrones que buscaban reducirla a los paradigmas del lenguaje gerencial. El conflicto remitía, en todo caso, a un tiempo superado; era la expresión de un país que debía quedar a nuestras espaldas en un mundo que se desenvolvía con otras reglas y que abandonaba definitivamente la confrontación como modo estructural de la política.
El derrumbe del Muro de Berlín, acompañado casi inmediatamente por la desaparición de la Unión Soviética y el consiguiente predominio planetario de los Estados Unidos, catapultó al centro de la cultura y del imaginario de la época a aquellas prácticas que emergían del mercado y de sus supuestas cualidades. Sorteada la etapa histórica en la que el capitalismo debía confrontar con su adversario comunista o incluso socialdemócrata, superado el tiempo de los antagonismos y de los debates ideológicos, lo que se impuso a partir de este giro espectacular de la historia fue la alianza aparentemente indestructible entre democracia liberal y economía de mercado.
Ya Francis Fukuyama, hacia el final de la neoconservadora década del ‘80, había anunciado una doble muerte: la de la misma historia desprovista ahora de razón de ser al extinguirse los motivos reales de conflicto (salvo su permanencia relativa en las zonas marginales del planeta), y de las ideologías, vetustas exponentes de un mundo de ideas que había sido definitivamente sepultado por el pragmatismo de la mercancía y de las exigencias emanadas de la sociedad de consumo. A nadie, o a casi nadie, le importaban aquellas concepciones que durante tanto tiempo habían entusiasmado hasta el delirio a sociedades enteras llevándolas, muchas veces, hacia la autodestrucción o la decadencia irreversible, así al menos nos lo presentaba el relato de los triunfadores, al dejarse dominar por antagonismos que parecían insuperables.
Se trataba, ahora, del más puro pragmatismo asociado a las gramáticas del gerenciamiento que volvían anacrónicas las prácticas y los lenguajes de aquellas políticas articuladas, para bien y para mal, con el espíritu de la historia. Casi sin darnos cuenta veíamos de qué modo se diluían, como partes de un clima de época superado, las herencias y las tradiciones que habían galvanizado los grandes conflictos político-culturales del siglo veinte.
El neoliberalismo, nuevo nombre para viejas ideas entrelazadas con decisivas innovaciones tecnológico-comunicacionales, vino a expresar los aires renovados del capitalismo triunfante. Pero no lo hizo sólo en el terreno de la economía y del trabajo (territorios sobre los que incidió profunda y dramáticamente), sino que también lo hizo, y de un modo extremadamente significativo, en el ámbito de la cultura, en esos territorios siempre complejos y laberínticos en los que se van forjando las subjetividades y los imaginarios sociales, aspectos sin los cuales ninguna transformación alcanza a modificar radicalmente el funcionamiento de una sociedad.
El neoliberalismo se convirtió, entonces, en una mutación económico-cultural que logró naturalizar algunas de sus prácticas invisibilizándolas como creaciones ideológicas que venían a sostener y a perpetuar un sistema de dominación. El capitalismo especulativo-financiero logró doblegar al mismo tiempo al viejo adversario igualitarista y a su enemigo interior, el Estado de Bienestar, que ya no le era de utilidad en una época caracterizada por el predominio único de la economía de mercado. Lo que también se buscó arrojar al tacho de los desperdicios junto a los antiguos adversarios externos e internos, fue la homologación entre democracia y conflicto, forma anacrónica que intentaba resistirse al triunfo definitivo de una gramática del consenso emanada de las prácticas desideologizadas del mundo de las empresas.
Ese proceso de naturalización de los contenidos neoliberales (que fueron desde el dominio de la razón empresarial hasta la consolidación del ciudadano-consumidor como nuevo estandarte del hiperindividualismo de época) logró, vía el papel central de la máquina mediática –gran referente y determinadora en gran parte de las conciencias individuales y de los valores del capitalismo especulativo–, convertir la asociación de democracia y conflicto en algo inaceptable para la misma existencia de la República y de la democracia. La defensa, para dar apenas un ejemplo, de los legítimos derechos por parte de los trabajadores se transformó en generadora de caos allí donde los sindicatos fueron denunciados como últimos referentes de una época ya superada y por lo tanto portadores de un anacronismo imposible y destructivo. Pero esa crítica alcanzó también, y de manera poderosa, a la práctica de la política y a las actitudes de los políticos a los que se forzó a comportarse como si estuvieran en una eterna mesa de Mirtha Legrand o en las reuniones de un directorio de empresa en la que sólo hablan los gerentes utilizando sus retóricas del consenso mercantil.
En el relato de la realidad desplegado por la corporación mediática, el lado del conflicto y de la confrontación queda siempre homologado el gobierno o a la figura de Néstor Kirchner. Nada dijeron ni nada dicen de la profunda lógica confrontativa que utilizan algunos referentes centrales de la oposición o, últimamente de las cámaras empresariales que sueñan con regresar a los ‘90; del mismo modo que callan cuando estos sectores reciben con los brazos abiertos a tránsfugas del oficialismo y descargan toda su batería crítica cuando sucede lo contrario. La oposición, así lo muestran insultando la inteligencia de los ciudadanos, siempre busca el consenso y las maneras republicanas, mientras que el Gobierno se mueve con los lenguajes de la agresividad y el autoritarismo. Por eso se trata, una vez más, de señalar el vínculo indisoluble entre democracia, conflicto y política sabiendo, como lo sabemos, que la desigualdad y la distribución de la renta siguen siendo los ejes de la gran disputa y el meollo de las verdaderas discrepancias.
http://www.elargentino.com/nota-68834-Democracia-politica-conflicto-y-crispacion.html