El nuestro ha sido, desde su fundación, un país de permanentes controversias entramadas, la mayoría de ellas, con la política; como si cada segmento de la vida pública y privada viniera a expresar una manera de posicionarse ante los modos, distintos, de pensar y construir la Nación.
Ya en el amanecer de Mayo se pusieron en juego no sólo alternativas políticas enfrentadas entre sí, sino lo que se abrió fue una clara confrontación cultural que irradió sobre las decisiones económico-políticas hasta definir los proyectos de país que fueron desplegándose a lo largo de nuestra historia.
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Pocos gestos más elocuentes y fantásticos como aquel de Mariano Moreno traduciendo el Contrato Social de Rousseau y convirtiéndolo en el núcleo de su visión política, en el sueño de transformar a esa aldea arrojada a los confines del mundo en una sociedad jacobino-republicana; como si allí, en la aurora de nuestra historia, se hubieran cruzado los caminos de la invención cultural con los de la utopía política. Anticipar narrativamente a la Nación sería una constante de nuestro extraño derrotero a lo largo de estos casi dos siglos de vida independiente.
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En esa narración fundacional y extraordinaria que emerge del Facundo lo que viene a poner en evidencia la pluma de Sarmiento es la convicción de que el combate político sería, fundamentalmente, un combate por los símbolos, es decir, que los lenguajes culturales, su capacidad de generar mitos e identidades colectivas, serían el centro controversial del país, el punto de inflexión para elegir, desde la mirada sarmientina, el camino de la civilización o el de la barbarie.
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La violencia, muchas veces material y brutal ejercida sobre los cuerpos y otras más sutilmente simbólica (tal vez como la que prolifera hoy en la cobertura que de la realidad hace la corporación mediática, esa misma que ocupa con insistencia el punto de vista de la derecha contemporánea, allí donde somos testigos de una decisiva culturalización de la política en los tiempos de la hegemonía neoliberal sobre el sentido común) recorre como un hilo rojo el laberinto argentino y ha definido la compleja urdimbre de las identidades políticas y de los lenguajes culturales sostenedores de esas identidades.
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Ya no se trata de discutir ideas, de entender la relación compleja entre política, economía y cultura, lo que se busca es reducir esa dimensión a una cuestión de “caja” llevando la política hacia ese eterno lugar de sospecha que, entre nosotros, constituye todo un gesto cultural. Es ese rumor sordo que acompaña gran parte de nuestra travesía histórica el que ha contribuido, junto con la complicidad de una parte significativa de la clase política, a multiplicar los reclamos autoritarios y a desplegar, a veces capilarmente otras con toda evidencia, prácticas profundamente reaccionarias y conservadoras.
http://www.elargentino.com/nota-56540-Los-relatos-de-la-Patria.html