El abuso de menores jaquea a la Iglesia. Y quizás Benedicto XVI no sea la persona indicada para curar la institución.
Hace dos años, el papa benedicto xvi, alguna vez conocido con el apodo de “Rottweiler de Dios”, mostró su lado más amable en una peregrinación a Estados Unidos. Expertos de la TV hablaron de su suave cabello blanco, de su sonrisa, su “gran calidez y sentido del humor”, dice Thomas Noble, director del Departamento de Historia de la Universidad de Notre Dame. Durante ese viaje, Benedicto se enfrentó con la crisis por abuso sexual en la Iglesia estadounidense, una catástrofe que salió a la luz en Boston en los años ‘90 y se extendió a lo largo de los años, involucrando a más de 10.000 niños y 4.400 sacerdotes.
El Papa hasta se reunió directamente con un pequeño grupo de víctimas de los abusos en Washington. Pero esas víctimas no están muy seguras de que el Papa las haya escuchado. Una de ellas era Bernie McDaid, que tenía once años cuando el párroco de su iglesia se tomó la costumbre de acariciarlo mientras paseaban en auto en su barrio, en Boston. McDaid, actualmente de 54 años, dice que durante la reunión, Benedicto leyó un discurso de 10 minutos en el que presentaba una disculpa por el comportamiento de la Iglesia. Luego cada víctima tuvo una audiencia privada de cinco minutos con el Pontífice, que permaneció inmóvil frente al altar. McDaid afirma que le contó al Papa lo que le había ocurrido en detalle y le advirtió que el abuso sexual era “un cáncer” para la Iglesia. Benedicto sólo lo escuchó y asintió con la cabeza. “Me hablaba solamente si yo lo forzaba”, dice McDaid.
La imagen es acertada: Benedicto helado y mudo mientras una feroz desesperación se esparce por toda la Iglesia Católica Romana. Cada semana se revelan nuevos casos de abusos cometidos por sacerdotes europeos, muchos de los cuales siguen trabajando con niños, con permiso de las autoridades eclesiásticas, aun después de que sus transgresiones trascienden. Montones de sacerdotes están inculpados sólo en Dublín; uno admitió haber abusado de más de 100 niños, mientras que otro dijo que “sólo” lo había hecho cada dos semanas durante veinticinco años. Los fieles más furiosos están pidiendo la renuncia de Benedicto, algo que sólo ocurrió antes un par de veces, y nunca como respuesta a la desaprobación de las masas. Ya hay manifestantes británicos reunidos en la agrupación “Protest the Pope” movilizados en contra de la próxima visita del pontífice al Reino Unido, entre otras razones, “por no conducir bien los muchos casos de abusos de chicos dentro de su organización”.
Éste es el momento de reformar: la oportunidad para barrer siglos de cultura vaticana y de integrar valores, comprometerse con el laicismo y poner luz sobre los rincones más oscuros de la Iglesia. Benedicto realmente podría torcer la situación en su favor, impulsándose sobre las cualidades por las cuales es tan criticado como admirado, es decir, su profunda familiaridad con la burocracia del Vaticano y su pasión por la teología ortodoxa. Pero aquellos que estudiaron al Papa, y aun quienes aplaudieron sus otras virtudes, afirman que no es el hombre indicado para ponerse a la altura de la situación.
El cardenal Joseph Ratzinger ganó su apodo de Rottweiler silenciando y poniendo fuego en las academias católicas que cuestionaron el dogma. Pero el abuso de niños no parece provocarle la misma cólera. Mientras fue arzobispo de Munich, en 1979, un sacerdote que había estado preso por pedofilia fue asignado a su jurisdicción, donde recibió terapia y fue luego enviado a otra parroquia, donde siguió abusando de niños. Algunos documentos obtenidos de la Arquidiócesis de Milwaukee por The New York Times demuestran que en los tardíos años ‘90 Ratzinger decidió no expulsar de la Iglesia a Lawrence C. Murphy, un anciano sacerdote conocido por haber abusado de unos 200 niños en la escuela para sordos de Wisconsin entre 1950 y 1974.
Una de las razones por las que Ratzinger puede no entender el trauma originado por estos casos es que su experiencia con la humanidad real es muy escasa. Pasó casi toda su vida en el rarificado mundo académico de Alemania o en los antiguos corredores del poder en Roma. “Fue sacerdote parroquial durante un año”, dice el reverendo Thomas Rausch, profesor jesuita de Teología Católica en la Universidad Loyola Marymount. “Me preocupa que no tenga mayor experiencia pastoral”.
Para un hombre como él, el deseo de proteger a sus colegas clérigos puede ser tan profundo como instintivo: la élite burocrática del Vaticano, la Curia, es tal vez el primer club de ex-alumnos. “Es una cultura del secreto, de la jerarquía y de hacer lo que le dicen a uno”, dice Peter Manseau, autor de “Votos: la historia de un cura, de una monja y de su hijo”.
* La nota completa, en la edición impresa de Newsweek.
http://www.elargentino.com/nota-84306-medios-126--Papa-en-crisis.html
