El pasado nunca permanece estanco ni se transforma en una pieza arqueológica a la que podemos ir a observar cuando visitamos un museo. El pasado, tanto el colectivo como el individual, se va modificando de acuerdo a las vicisitudes que el paso del tiempo y las nuevas y diversas circunstancias les van imprimiendo a esas experiencias del ayer. La inmovilidad no es propia de lo que habita la historia y cada época reinterpreta, de acuerdo a sus necesidades y a sus posibilidades, esas marcas que, por más lejanas o aparentemente borradas que pudieran estar, han signado el camino posterior.
Una sociedad que se sumerge en el olvido (más allá de que esto sea imposible aunque se lo intente denodadamente) no hace otra cosa que patologizar aquellas heridas que intenta obturar; una sociedad que busca borrar los recuerdos de lo traumático, de aquello que le hizo un profundo daño, tiende a la repetición.
Tal vez por eso, y en estos días posteriores a una fecha tan emblemática para los argentinos como lo es el 24 de marzo, volvamos a escuchar, como en coro angelical, las voces que se levantan para exigir el olvido y la reconciliación convirtiendo a los que tozudamente insisten con la búsqueda de verdad, memoria y justicia en simples vengadores resentidos. Extraña parábola la que suelen ejercer aquellos mismos que siendo cómplices y, en muchos casos partícipes directos de los horrores dictatoriales, se ofrecen hoy como palomas pacifistas que aspiran a alcanzar una genuina “reconciliación nacional” bajo el paraguas benévolo de la Iglesia Católica y su jerarquía obispal, la misma, aunque ahora con otros nombres, que acompañó, con excepciones dignas como las de Angelelli, De Nevares, Novak o Hesayne, la noche procesista. Y más cínico resulta escuchar de quienes tienen la conciencia manchada de complicidades acusar a los organismos de derechos humanos, y en particular a las Madres de Plaza de Mayo, de ser buscadores de venganza, ocultando que si algo caracterizó la lucha de décadas de esos organismos ha sido siempre y exclusivamente la exigencia de justicia y verdad.
Otro modo, como se puede ver en el presente, de narrar el pasado de acuerdo a sus necesidades, esas que se amparan en la lógica del olvido y de la impunidad allí donde en la actualidad defienden los mismos intereses que habilitaron el golpe de Estado de marzo del ’76. Curioso espejo el que nos permite ver en el presente cómo persiste en nosotros el pasado, de qué modo reaparecen voces y opiniones que leen los días por los que transitamos de acuerdo a una perversa continuidad, o que ya se habían acostumbrado a definir, de una vez y para siempre, los límites de la propia democracia allí donde se intenta modificar las actuales estructuras de la desigualdad y la inequidad. Marzo del ’76 adquiere, en estos días en los que tantas cosas se vuelven a discutir y en los que parece regresar el debate político y la movilización de amplios colectivos sociales que luchan por sus derechos, un carácter que tal vez no tuvieron otros marzos del pasado, en especial aquellos de los noventa en los que la historia parecía clausurada a cal y canto por la inexorabilidad del triunfo del capitalismo neoliberal. Los noventa fueron años dominados por el oprobio, primero de las leyes de punto final y de obediencia debida dictadas después de la fatídica Semana Santa del ’87, y de los indultos ofrecidos por el menemismo. En esa década de impunidades varias de lo que se trató fue de resistir sosteniendo la memoria; en los años inaugurados en mayo del 2003, años de derogación de esas leyes de la impunidad, lo que se dirime alrededor del recuerdo de ese marzo emblemático para los destinos del país, es el entrelazamiento de la memoria y de la justicia con el litigio por una democracia de la inclusión y la equidad. Allí podemos encontrar el eje de la disputa, el núcleo duro de la confrontación de proyectos irreconciliables de sociedad que atraviesan los días del Bicentenario.
Viejos periodistas impregnados del tufillo de la complicidad con el pasado golpista, cultores sistemáticos de un reaccionarismo que hoy quiere camuflarse de falso republicanismo democrático, ex presidentes portadores de una retórica articulada desde la lógica del olvido y la impunidad, obispos que utilizan a destajo las fórmulas agusanadas –por ellos mismos– del amor al prójimo y de la caridad del olvido en el mismo momento que juegan todas sus fichas a la restauración conservadora, dueños de empresas multimediáticas que con la complicidad de algunos jueces procesistas retrasan sine die el esclarecimiento de lo que puede llegar a ser el caso más escandaloso de sustracción de identidad, son apenas las expresiones visibles de todos aquellos que siguen buscando que el olvido termine por devorar las exigencias de justicia. El espejo del pasado mirado con los ojos del presente nos permite, por un lado, comprender qué es lo que inauguró y qué tipo de país intentó consolidar la dictadura cívico-militar y, por el otro lado, nos ofrece la posibilidad de descubrir los hilos profundos que nunca se han roto entre esos ideólogos de una Argentina para pocos y los actuales exponentes de la restauración conservadora.
Siguiendo con atención crítica las marcas que el pasado dejó en el cuerpo de la sociedad es que podremos reconstruir lo no resuelto de nuestra propia historia y, tal vez, seamos capaces de echar luz sobre ciertos olvidos intencionales, de esos que intentan ocultar antiguas complicidades astutamente diluidas en los relatos del poder económico (que hoy opera muy fuerte y decididamente sobre el campo simbólico a través de la corporación mediática), ese mismo que sigue pensando y actuando en consonancia con la Argentina proyectada por el ensamble entre el plan de Martínez de Hoz y lo que luego sería la convertibilidad menemista. También, y bajo otras perspectivas y necesidades, atravesar con ojo crítico y no complaciente el pasado implica poner en discusión los posicionamientos de las izquierdas y los sectores populares que fueron portadores, a su modo, de errores de una inusitada gravedad. Aunque no lo queramos, aunque intentemos arrojarlo lejos de nosotros, el pasado se mueve y se revitaliza en consonancia con los cambios que se producen en la escena contemporánea.
Pero su afán, el de los ideólogos de la restauración conservadora, no está sólo volcado a la restitución de un pasado sellado y “reparado”, listo para convertirse, ahora sí, en pieza de museo carente de toda intensidad y de todo potencial de desafío a la conciencia moral del país, su principal objetivo es quebrarles el espinazo a las demandas de equidad que recorren los actuales días argentinos. Para ellos hay un hilo directo que vincula la exigencia de memoria y justicia con la reaparición de sujetos sociales que regresan sobre el espacio público para reclamar y defender sus derechos y al amparo de un gobierno que los ha habilitado de una manera inesperada e insoportable para el establishment económico-mediático. No toleran que “los negros de la historia” vuelvan a colocar sus cuerpos y sus demandas en el centro de la vida argentina. Ellos pensaban que los habían invisibilizado para siempre. Perplejos ante el regreso “de la peste” inician sus estrategias destituyentes, esas que han utilizado con sistemático impudor a lo largo de gran parte de nuestra historia. Ahora lo hacen hablando en nombre de la República y de las instituciones de la democracia, ofreciéndose como sus adalides cuando no han sido otra cosa que sus boqueteros, los mismos que utilizaron las famosas reservas del Banco Central para garantizar la fuga de sus capitales.
Los escribas de la restauración conservadora lo vienen diciendo utilizando sus recursos eufemísticos, señalando que los Kirchner son “la peste” que amenaza con contaminar a la República llevándola a su envilecimiento definitivo, ese que asume el rostro “horrible y perverso” del populismo –siempre de acuerdo a estos ideólogos del poder corporativo y del neoliberalismo–. Desde sus columnas de opinión hablan a destajo del “odio” y el “resentimiento” en quienes han creado las condiciones para que en el país se vuelva, entre otras cosas, a hablar con lenguajes que habían sido rapiñados por los poderes económicos, políticos y mediáticos que prácticamente, y con algún breve intervalo al comienzo de la recuperación democrática, fueron los generadores y los auspiciantes (como muchas de aquellas “empresas a las que les importa el país” que financiaban al inefable Bernardo Neustadt), con su fuerza prepotente y su capacidad de chantaje, de todas las políticas económicas antipopulares tomadas por gobiernos democráticos desde el Plan Austral, pasando por la convertibilidad y hasta llegar al corralito. Para ellos, la disputa por la distribución de la renta es un oscuro anacronismo, una figura espectral que hoy comienza a atormentar sus noches ofreciéndoles imágenes de una Argentina más igualitaria y justa que, en las últimas décadas, se encargaron de bombardear impiadosa y sádicamente. Para ellos la palabra “conflicto” es homologable a “violencia”, a esa que, siguen diciendo con completa impunidad y descaro, promueve un gobierno que, por primera vez en la historia de nuestro país, ha prohibido expresamente que se reprima cualquier protesta social.
Por eso, y retomando lo que escribía al inicio de este artículo, cada época resignifica y reinterpreta el pasado de acuerdo a sus propios desafíos y a sus propias conflictividades no resueltas. Este último 24 de marzo tuvo, qué duda cabe, un sabor especial no sólo por la amplitud y la masividad de los actos que a lo largo y ancho del país se organizaron para repudiar una vez más a la dictadura, sino porque en estos mismos días estamos siendo testigos de los juicios a los represores y asesinos de los principales campos de exterminio, cuyo nombre emblemático y siniestro es el de la ESMA. Pero también porque algo está sucediendo en el interior profundo de nuestra sociedad, algo que entremezcla el deseo de ahondar los cambios en beneficio de los incontables de la historia con el alerta ante el avance de las fuerzas destituyentes. Allí, en el entrelazamiento de ambas dimensiones, la recuperación de la participación y el temor a la restauración, es que se manifiesta lo propio, lo peculiar de nuestro último 24 de marzo. Señales, quizás, de una inflexión histórica que nos va llevando hacia días atravesados por la oportunidad y el peligro, por la emergencia de muchísimas voces silenciadas y por la visibilidad de ese pueblo rápidamente descartado por los cultores del fin de la historia. Horas inquietantes y estimulantes que exigirán, de todos los actores, estar a la altura de las circunstancias excepcionales.
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