20 abr 2010

“… cuando los pobres sean dueños de su destino…” Por Rodolfo Brardinelli

Es mucho el espacio que los medios le han dedicado en estos días a las idas y venidas ocurridas alrededor de un documento sobre la pobreza que, motorizado por la Iglesia Católica y con el acompañamiento de las más importantes organizaciones empresariales y sindicales, debería haber sido presentado públicamente hace unos días.
La enumeración de los muchos y calificados convocados a acompañar la iniciativa con su firma -la Unión Industrial Argentina, la Asociación Empresaria Argentina, la Sociedad Rural, las dos asociaciones de bancos ABA y ADEBA, Confederaciones Rurales Argentinas, la Federación Agraria, Coninagro, la CGT y la CTA- permite dos comprobaciones claras: la importancia casi fundacional que la Iglesia intentó darle al documento y la concepción que la jerarquía católica tiene acerca de cuáles son los caminos efectivos para enfrentar el flagelo de la pobreza. En cuanto a la primera, cabe decir que el peso simbólico y la ubicación política de la mayoría de los convocados resulta contradictoria con la aspiración, manifestada por monseñor Casaretto, de lograr un resultado que no fuera “de ninguna manera un documento político”. La reiteración con que algunos medios anticiparon la amplitud del acompañamiento que supuestamente tendría el documento, la forma en que anunciaron como seguras firmas - como la de la CTA- que nunca habían estado ni siquiera cercanas y el uso del tema que ya se comenzaba a hacer, demostraron el alto voltaje político que, más allá de las intenciones, tenía la iniciativa.

En cuanto al documento mismo, y en especial a su contenido, cabe preguntarse si la Iglesia no aprovechará el forzado impasse en que ha derivado para ponerlo en relación con anteriores textos eclesiales sobre el tema y, desde allí, evaluar la conveniencia de su publicación. La Iglesia, sea a nivel mundial como local, ya ha dicho tanto acerca de la pobreza, de sus causas y de sus posibles remedios que ningún documento nuevo parece tener sentido, a menos que presente algún avance conceptual sobre el tema. Y no es ése el caso del texto conocido.

La encomiable intención de la Iglesia de contribuir a la solución del drama de la pobreza no parece necesitar de un nuevo documento que, además y como no puede ser de otra manera, resultaría sesgado por los puntos de vista y los intereses de los hipotéticos firmantes. Por el contrario, los abundantes y precisos documentos de la Doctrina Social de la Iglesia sobre la pobreza parecen base suficiente si de convocar y aunar voluntades se trata. Desde allí, y sin compromisos coyunturales, se podrían recordar con energía las responsabilidades que cada sector tiene al respecto. Responsabilidades que por cierto son proporcionales a la ubicación que se tenga en la estructura política, social y económica.

Si en lugar de esto se insistiera en una presentación acompañada por algunas de las organizaciones propias del poder económico, surgiría casi inevitable la pregunta por el lugar real que ocupan los pobres en la iniciativa y si ese lugar, que en el texto conocido es el de receptores pasivos, está pensado partiendo de la muchas veces citada “opción preferencial por los pobres”, tema central de la predicación de la Iglesia desde los documentos de Medellín y Puebla, hace ya cuarenta años. Desde esa perspectiva, quienes hemos vivido de cerca estas cuestiones, aprendimos un día que no es razonable creer que se pueda solucionar la pobreza con las recetas de quienes se benefician con ella.

En todo caso, más coherente con esa perspectiva sería un documento conjunto de la Iglesia y los pobres. Un documento en el que la Iglesia se anonade y preste su potente voz a los pobres. Un documento donde los que hablen de la pobreza sean los cartoneros, los grupos de base, las “madres del paco”, los villeros, los presos, los que “changuean en negro”, los que desde su pobreza sostienen los “merenderos” y los “apoyos escolares” en los barrios.

Podría resultar profético. Podría ser útil y movilizador. No sería, además, ni una creación del episcopado argentino ni, mucho menos, una transgresión. Sería solamente poner en práctica algo que la Doctrina Social de la Iglesia ha dicho hace tiempo: “La erradicación de la pobreza sólo se realizará seriamente cuando los pobres sean dueños de su destino, cuando se les permita participar en la elaboración y puesta en práctica de los programas que le conciernen directamente. Sólo así recobrarán toda su dignidad”. Juan Pablo II, discurso al Consejo Pontificio Cor unum, 27-10-95 Nº 5).

* Sociólogo, Universidad Nacional de Quilmes.
http://www.elargentino.com/nota-87067-%E2%80%A6-cuando-los-pobres-sean-duenos-de-su-destino%E2%80%A6.html