Enfocaremos aquí cuestiones –en especial, el tema inflacionario y su conexión con el tipo de cambio– que atañen a la marcha de la economía. Y que, en lo esencial, hacen al marco de sustentabilidad macroeconómica, que debería reforzar la sostenibilidad del repunte económico. Para encuadrar el asunto, permítasenos transcribir algunos párrafos del Informe de Inflación del Banco Central (BCRA), ya habiéndose retirado Redrado, del primer trimestre de 2010:
“…el desafío actual de la política económica es múltiple. Así, se deben generar las condiciones adecuadas para ampliar la capacidad de producción mediante un nivel de inversión que haga posible un nuevo ciclo de crecimiento económico y, al mismo tiempo, se mantengan acotadas las presiones inflacionarias características del repunte de la actividad económica.
Por otro lado, la capacidad del BCRA par anclar la inflación por sí mismo es limitada. En una economía en la que el mercado de crédito es extremadamente reducido, también lo es la capacidad de influir sobre la demanda agregada con el simple uso de la tasa de interés. Del mismo modo, tampoco sería aconsejable utilizar el tipo de cambio como única herramienta contra la inflación. Una apreciación de la moneda que podría ayudar inicialmente a reducir las presiones inflacionarias, lo haría a riesgo de afectar la competitividad de la economía y la dinámica del sector externo. En este contexto, y tal como hemos mantenido en informes previos, el enfoque de la política antiinflacionaria debe ser, entonces, necesariamente gradualista y abarcar al conjunto de los instrumentos macroeconómicos disponibles”.
La cita es larga, pero instructiva. Aparecen cosas importantes. Por ejemplo: la apelación a la necesidad de ampliar la capacidad productiva vía la inversión; lo significativo de mantener acotadas las presiones inflacionarias dado el repunte; los límites que enfrenta el BCRA para anclar la inflación por sí mismo y la consecuente conveniencia de recurrir a una gama abarcativa de instrumentos; la tensión o trade off entre el rol “estabilizatorio” y el “competitivo” en materia cambiaria.
Visto lo expresado, lo crucial es pasar rigurosamente del dicho al hecho. En rigor, los aspectos mencionados se refieren, en más o en menos, al tema de la sustentabilidad macro mínima.
Precisamente, en la última parte de 2009, cuando se evidenciaba la posibilidad del repunte para 2010 (atisbada tempranamente vía nuestra categoría del “repechaje con acople”) y computando la opción estratégica de tenor financista externa tomada por las autoridades, recalcamos la trascendencia del tópico inflacionario, sin perder de vista, obviamente, el trade off ahora marcado por el BCRA.
En verdad, la opción financista externa, a diferencia del enfoque que propusimos en su momento, no enfatiza particularmente el realismo cambiario competitivo. De todos modos, habiéndose verificado en el país durante la crisis mundial, pese a las convicciones iniciales en contrario, un ajuste cambiario en dólares interesante –aunque no suficiente– del 26%, sumado esto a las re-apreciaciones de terceras monedas (algo un tanto en reversa ahora), nos colocó en un nivel de competitividad que, aunque distante del óptimo, no era desestimable, en tanto se lo preservase. El propio nivel en dólares de los salarios que, inconvenientemente, se vino perfilando muy pronunciado, se acomodó algo.
Si en la lógica de la señalada estrategia adoptada, la acción de defensa directa del cambio real a través de la política cambiaria es vista, por definición, restrictivamente, lo primordial respecto del trade off aludido, es dar una buena respuesta antiinflacionaria, estableciendo una referencia o meta de inflación esperada “a la baja” –gradual, pero firme– de cara a todo el 2010, complementando la misma con el serio alineamiento acorde de las políticas fiscal, de ingresos (incluido obviamente los salarios) y de oferta.
Sin salir el Gobierno a “copar el terreno” anticipadamente en la materia, nuestro temor era que las expectativas de la sociedad para 2010 se “irían rellenando” de las inercias fácticas y de percepción provenientes del 2009, año en el cual, aun con una fuerte desaceleración de la actividad, y encabalgando especialmente sobre una puja de ingresos irredenta, la inflación efectiva fue alta (aunque algo inferior a la de 2008).
Por desgracia, aquel temor se está confirmando en el presente. Instancia que se robustece por la conducta de los precios de algunos alimentos que reconocen rispideces de enfoque de políticas de extendida data más otros factores. A la postre, se paga caro la falta de credibilidad que mina al Indec y a su índice y la diáspora de referencias de medición inflacionaria aplicadas a nivel social. Un caso relevante es el de las discusiones salariales, donde los dirigentes sindicales, no sin cierto realismo, se guían más bien por el índice alternativo surgido de los “changuitos” de sus respectivas esposas. Los salarios, en cuanto costo, poseen una incidencia y ejemplariedad significativa, y, de hecho, son en la actualidad los “deflactores” creíbles para medir el tipo de cambio real.
Acelerar las acciones. Por cierto, la dificultad para pensar en términos de referencia inflacionaria colectiva es un punto casi procedimental, pero, a esta altura, no es trivial. Tras cartón, se yergue la inhibición para sentar una meta de inflación que actúe, primariamente, como un pretendido centro de gravitación del valor de distintas variables. La coronación del desafío son las políticas aplicables para alcanzar la meta, pero, constátese que “un eslabón lleva a otro, y así…”
En un marco como el recién descripto, moderar la dura puja de ingresos, con su expresión “salarios vs. precios”, se hace cuesta arriba, facilitándose por ende la inercia inflacionaria. A la vez, van influyendo otras variables, como la fiscal.
Justamente, el BCRA habla de las presiones inflacionarias afines al repunte económico. La demanda pesa al respecto. Entonces, ¿cuál es el punto de un cierto equilibrio sobre el particular y qué rol juega en el asunto el frente fiscal?
Como es sabido, el frente fiscal se fue debilitando con el tiempo, aun más allá de la incidencia específica de la crisis externa. En el presupuesto para el 2010, se previó un superávit primario de un 2% del PIB, superior, por ende, al superávit de 2009, bastante forzado éste en la faz contable.
En un período de repunte económico, la señal de una cierta mejora auténtica del resultado primario es plausible. Pero, a la par, se yerguen determinados interrogantes sobre el cumplimiento definitivo del compromiso. El Fondo del Bicentenario –más allá de nuestra posición de aceptación, bajo condiciones– puede alentar alguno de tales interrogantes por su repercusión sobre el gasto público (habría que ver, asimismo, el plano monetario del asunto).
Resumiendo. En tanto las puntualizaciones del informe del BCRA lucen atendibles, es crucial acelerar las acciones conducentes para encuadrar concretamente los temas y despejar bien interrogantes como los planteados. Es evidente que urge un esquema antiinflacionario efectivo, basado en una convergencia orgánica de políticas, tanto de las disponibles para el BCRA como de las que se hallan fuera de su órbita. Operaría aquello del “conjunto de los instrumentos macroeconómicos disponibles”.
Cuando no, nos topamos nuevamente con el tópico tan tratado por nosotros de la indispensable coordinación macroeconómica. El Consejo Económico que se crea puede servir al respecto.
Sin un avance rápido en la dirección sentada, suben las chances de que el trade off entre inflación y competitividad cambiaria se torne muy áspero, quedando atrapados entre los peligros de un progresivo rezago cambiario y de una inflación muy marcada. Quizás, en el caso, se despertarían presiones fuertes en favor de un alza severa de tasas. Incluso, aspectos como los que se vienen señalando, en un estadio perdurable de no resolución, podrían alentar una incertidumbre perjudicial para la visual inversora, en especial en el ámbito privado. Y, en todo momento, habría que estar muy atento acerca del curso del movimiento de capitales.
En síntesis: planteados los temas, habría que accionar velozmente en materia de respuestas probas. Lo que está en danza no es otra cosa que el plexo de los recaudos de una sustentabilidad macroeconómica mínima que robustezca la sostenibilidad del repunte y que impida un eventual desgaste del mismo.
http://www.elargentino.com/nota-77758-Inflacion-y-tipo-de-cambio-en-un-documento-oficial.html
