Si no fuese por la naturaleza del encuentro y sus protagonistas, podría confundirse con un hito histórico (el acuerdo de mayo de 1852) el seminario donde sellaron su reconciliación la flor y nata de la Unión Cívica Radical y el vicepresidente-opositor Julio Cleto Cobos. En los últimos días de la semana pasada, a la vera del río Paraná, en la histórica localidad de San Nicolás de los Arroyos, con la única coincidencia de las coordenadas geográficas, ocurrió el encuentro que nadie prodrá asociar con aquel de mayo 1852, que figura en nuestra historia como el pacto que sirvió para sentar las bases de la organización nacional de la república, que se convertiría en el precedente de la Constitución de 1853.
Organizado por la cúpula de la Unión Cívica Radical, el seminario de formación contó con la presencia de legisladores de ambas Cámaras, y sirvió de escenario para la rentrée del vicepresidente multifunción Julio Cobos. Este fue el primer evento partidario que contó con su presencia, desde su otrora expulsión de las filas del histórico partido.
El encuentro sirvió para poner paños fríos, luego del último desempate de Cobos en la Comisión Bicameral, con su voto favorable a la destitución de Martín Redrado como presidente del Banco Central, lo que generó una catarata de críticas de sus antiguos-futuros correligionarios, hasta el extremo de declaraciones que sembraron dudas sobre la certeza de su candidatura en las filas del centenario partido de Yrigoyen.
Pero a pesar del cimbronazo de las últimas semanas, el montaje del nuevo escenario de reconciliación no se dejó esperar, es que a los radicales como estructura partidaria les falta lo que al otrora candidato K le sobra: una excepcional intención de voto, emanada de las encuestas de opinión desde el famoso voto no positivo en el desempate prorruralista del invierno del 2008. Para el ex gobernador mendocino, su falta de aparato a escala nacional le hace imprescindible su anclaje a la estructura del radicalismo, si es que pretende en el futuro cercano dar el salto de vicepresidente oficialista a líder de la oposición.
Pero más allá de estas razones de raíz meramente utilitaria de ambos aliados, lo que queda como interrogante es cuál será la plataforma programática que los unirá en esta suerte de cruzada para sacar del país al “autoritarismo K” y “refundar la república”.
Si alguna virtud tuvo el encuentro de San Nicolás fue que previo al hecho mediático del arribo del vicepresidente opositor, durante largas jornadas, organizados en comisiones, los presentes discutieron sobre los siguientes temas: inserción internacional, solvencia fiscal, competitividad económica, cohesión social y reconstrucción institucional. Según el secretario general del partido, Jesús Rodríguez, “éstos serán los cinco ejes centrales de nuestro accionar político”, fundamentando la necesidad del seminario teniendo en cuenta que “el 2010 y el 2011, todavía serán tiempos para resistir, y el Congreso va a ser el centro del ring político”.
Lo que cabe preguntarse es si dentro de estos ejes definidos como fundamentales por el dirigente de la antigua Coordinadora se incluyen las múltiples necesidades de grandes sectores de la población y las asignaturas pendientes de los gobiernos de la democracia, que no sólo no pudieron resolver la pesada herencia de las recetas implementadas por los economistas de la dictadura, en consonancia con el decálogo neoliberal de los Chicago Boys de Milton Friedman, sino que agravaron aún más las profundas asimetrías existentes en el interior de la sociedad argentina.
Tampoco se escuchó en la velada de reconciliación algún intento de análisis autocrítico de los principales referentes que jugaron un rol destacado en los gobiernos radicales de la transición democrática, y muy especialmente en el fracaso estrepitoso del gobierno del ex presidente Fernando de la Rúa, que sin alterar la lógica de la convertibilidad menemista continuó con el modelo de exclusión de los años ’90. Desencadenando, de esta forma, la crisis más profunda de la historia contemporánea en la Argentina, cuyas principales secuelas han dejado a millones de argentinos en una profunda pauperización, de la cual a pesar del cambio de signo del nuevo modelo desarrollista implementado por los gobiernos K, significativas franjas de la ciudadanía aún no se han podido recuperar.
Lo curioso y particular del acontecer político argentino es que a casi una década del derrumbe económico-social de la Alianza encabezada por el caudillo radical, sin mediar autocrítica, la fugaz fotografía de las encuestas de opinión vuelve a colocar en la figura de un tibio e irrelevante personaje político las expectativas de amplios sectores de las capas medias, representadas por el histórico partido radical. Como se desprende de los discursos de sus principales referentes, el eje programático no sólo de los herederos de Alem, sino de todo el arco opositor de centroderecha es que “la sociedad necesita poner límites al actual gobierno” y hacer de la Argentina del Bicentenario “un país abierto al mundo y cuyas políticas sean previsibles para los potenciales inversores, morigerando los indicadores de inseguridad jurídica”.
También se expresa en ese discurso la necesidad de cambiar de rumbo en relación con las alianzas en el contexto latinoamericano. Y alejarse de la radicalidad política de los países encabezados por líderes carismáticos como Chávez y Evo Morales, que confrontan con nuestro principal aliado estratégico, los Estados Unidos de Norteamérica.
En una palabra, volver a los consensos necesarios que retomen el rumbo de la Argentina posdictatorial, donde el pacto implícito entre los representantes de los partidos mayoritarios y el establishment permitirá la administración de los asuntos fundamentales de la nación sin sobresaltos. Donde gradualmente, producto del derrame de las ganancias de los que más ganan, pueda ir mejorando con el tiempo la vida de los pobres estructurales, generados por la aplicación del mismo modelo que hoy se pretende restaurar, con la ayuda determinante del refuerzo discursivo de las mass media. Generando una suerte de amnesia colectiva, donde los responsables del cataclismo social fuimos todos, sin distinción. Solamente así la Argentina del futuro podrá ser el país previsible que tanto pregonan, donde las clases subalternas no se arroguen el pretendido derecho a ensuciar la alfombra de la fiesta de “los desconocidos de siempre”.
* Sociólogo - Docente Facultad de Ciencias Sociales-UBA
http://www.elargentino.com/nota-77769-Alianzas-de-conveniencia-y-falta-de-autocritica.html
