Justamente, el país de América latina que, según el Fondo y la CEPAL, más crecerá en el 2009. Su independencia del crédito internacional y un producto de exportación, el gas, cuyo precio fijado por acuerdos bilaterales de largo plazo no está atado a los vaivenes del mercado mundial, le permitieron sortear con relativa calma la tormenta mundial. A su vez, la estatización de los hidrocarburos le dio al gobierno de Evo Morales la solvencia financiera para sostener políticas sociales como la ayuda económica a las madres solteras, chicos de escuelas públicas o ancianos sin cobertura jubilatoria que, además de reducir la injusticia social, permitieron sostener el consumo y el nivel de actividad.
Tanto la CEPAL como el FMI sostienen que el impacto de la crisis en América latina fue más bajo del que tuvieron crisis anteriores, de menor magnitud, como ser las de 1982, 1998 o el 2001. La mayor solidez vendría de la mano de una menor dependencia del crédito externo para el financiamiento de las cuentas externas, importantes reservas internacionales acumuladas y cierta flexibilidad del régimen cambiario. El mismo FMI sostiene, en la página 24 de aquel informe, que “los países que están más integrados en los mercados financieros y más interconectados a escala internacional sintieron los shocks externos más rápidamente, además de que las exportaciones cayeron antes y más profundamente”. Vale recordar que, paradójicamente, ese organismo se opuso sistemáticamente a la política Argentina de los últimos años de mantener un tipo de cambio elevado que le facilitara acumular reservas internacionales en forma independiente de los mercados financieros externos. Es decir, que se opuso a las medidas que nos permitieron afrontar mejor la crisis internacional, según su propio análisis.
La baja dependencia del crédito para financiar las cuentas externas evitó que la abrupta reversión de los flujos de capitales hacia el Norte, que se aceleró luego del derrumbe de Lehman Brothers, se transformara en una crisis de balanza de pagos. Los elevados niveles de reservas acumulados, permitieron sostener una relativa estabilidad cambiaria pese a la baja de las exportaciones y la fuga de capitales. La flexibilidad de la política cambiaria dada, entre otras cosas, por el menor nivel de endeudamiento público y privado en divisas, permitió una devaluación administrada sin consecuencias desestabilizadoras.
Sin embargo, la crisis demostró la extrema dependencia de muchos países latinoamericanos del precio internacional de una serie de productos para el financiamiento de sus cuentas externas. La soja en la Argentina, Uruguay y Paraguay; el cobre en Chile y Perú; el petróleo en Ecuador, Colombia, Venezuela y México, junto a la maquila, dan cuenta de la escaza diversificación de las fuentes de divisas que priman en la región. Si bien, en la coyuntura, los precios de gran parte de esos productos se recuperaron, el impacto de su brusca baja debe ser un llamado de atención de nuestra débil inserción internacional.
Otro elemento destacable de la última crisis es que casi todos los países realizaron políticas fiscales contracíclicas, incrementando el gasto pese a la menor recaudación. El incremento del déficit fiscal, que se espera alcance el 4,2% del PBI en relación con el 0,9% del 2008, no se tradujo en una mayor inflación. Por el contrario, se espera un menor aumento de los precios lo que demuestra, una vez más, la escaza relevancia práctica de las teorías monetaristas. Las variaciones de los precios internacionales, del tipo de cambio y las pujas distributivas sectoriales, parecen tener mucho más para decirnos acerca de las causas de la inflación en la región.
Tanto la CEPAL como el FMI pronostican que la crisis ya abandonó las tierras americanas y predicen un crecimiento del producto regional, para el año siguiente, del 4,1% y 2,9%, respectivamente. Sin embargo, ello no debe llevarnos a creer que todo volverá a ser como en los años anteriores. El mundo, tras la crisis, no será el mismo, y nuestro continente debe tomar decisiones estratégicas de cara a esta nueva realidad.
Hasta el estallido de la crisis, la economía mundial vivió un auge basado en el fuerte crecimiento del consumo norteamericano. El mismo se proyectaba a nivel mundial a través del déficit comercial de los EE.UU., que era la contrapartida del superávit del resto de los países, especialmente los asiáticos. La industrialización exportadora de Asia conducía al incremento del precio mundial de los productos primarios aliviando las cuentas externas que históricamente limitaban la expansión económica en África y América latina. Así, entre el 2003 y el 2007, la economía mundial se expandió a una tasa promedio anual del 3,6%. En ese mismo período el crecimiento del sudeste asiático fue del 9,6%, el de África Subsahariana del 5,6% y el de América Latina del 6 por ciento.
Pero el incremento del consumo del pueblo norteamericano no se basaba en un incremento de sus ingresos reales. Por el contrario, la hegemonía conservadora de los últimos años había producido un estancamiento del salario real del trabajador en los EE.UU. La expansión de la demanda se apoyaba en el endeudamiento de los hogares, dando lugar a una especie de keynesianismo financiero. El estallido de la burbuja inmobiliaria puso punto final a esta expansión especulativa, paralizando el motor mismo de la demanda mundial.
Los miles de millones de dólares que la Reserva Federal inyectó para paliar los efectos de la crisis fueron destinados a limpiar los balances de los grandes bancos norteamericanos. De esta manera, la expansión de la base monetaria sólo reemplaza la destrucción de moneda secundaria, producto de la crisis financiera, sin significar un incremento real de la oferta monetaria global y, mucho menos, un creciente financiamiento del consumo y la inversión. Por el contrario, los hogares y las empresas reducen sus gastos, incrementando su tasa de ahorro para poder cumplir con sus deudas acumuladas que dejaron de ser refinanciadas. El pronóstico es una lenta recuperación de la economía de los EE.UU. que, tras caer un 2,7% este año, pasaría a crecer en torno al 1,5% los próximos años, frente al 2,4% promedio de los años previos a la crisis.
En este contexto de un mercado mundial más reducido y competitivo, especialmente para las manufacturas, la posibilidad de avanzar por una senda de crecimiento con inclusión tanto en la Argentina como en el resto de América latina, va de la mano de la integración regional. En caso contrario, la perspectiva es una profundización de la primarización de nuestras estructuras productivas transformadas en proveedoras de insumos para los mercados asiáticos, región que se espera concentre cada vez más el crecimiento mundial. Este modelo, ya conocido en nuestras latitudes, seguramente generará grandes ganancias para las elites dueñas de las tierras y las corporaciones transnacionales que dominen los sectores exportadores. Pero poco tienen para ofrecer a las mayorías latinoamericanas, más que la perpetuación de sus pobres condiciones de vida.
Por Andrés Asiain
Economista del CEMOP - Fund. Madres de Plaza de Mayo
http://www.elargentino.com/nota-69902-Lecciones-de-la-crisis-internacional-para-America-latina.html
