Los políticos transitaron y suelen transitar, al menos a través de sus intervenciones públicas más trilladas, por esa zona del lenguaje plagada de eufemismos, de frases huecas que poco o nada dicen y de circunvalaciones interminables para eludir cualquier definición comprometedora. Hace tiempo, desde que la hegemonía del capitalismo especulativo-financiero decretó la muerte de las ideologías, que derechas e izquierdas parecen remitir a una zona del pasado que poco o nada tiene que ver aparentemente con el presente. Desahuciada la idea de la historia como conflicto a partir del supuesto y definitivo triunfo de la economía de mercado y de la democracia (neo)liberal, son pocos, y remitidos rápidamente a los márgenes por el sentido común que fluye desde los grandes medios de comunicación, los que todavía se atreven a utilizar recursos retóricos que remiten a otra época en la que las cosas y los acontecimientos eran nombrados de forma más directa y lapidaria.
Sobre todo es la derecha (ciertas izquierdas, que insisten con fórmulas perimidas y con la autoceguera frente a sus errores, también deberían ser interpeladas por aquello que omiten decir de sí mismas), la vieja y la nueva, tanto la que sigue atornillada a una visión troglodita del mundo como aquella otra que busca aggiornarse a los lenguajes “políticamente correctos” de la sociedad del espectáculo y del ciudadano-consumidor despolitizado, la que elude con cuidadosa estrategia marketinera cualquier alusión que la coloque en esa zona de las tradiciones políticas que, al menos desde la Revolución Francesa, se ha denominado “la derecha”. Nadie, o al menos casi nadie, quiere ser nombrado de esa manera en una sociedad que prefiere las denominaciones difusas y livianas, aquellas que pueden ser intercambiadas porque no parecen conllevar nada decisorio ni definitivo al modo como sí lo portaban esas ideologías anticuadas que se han vuelto de mal gusto en las discusiones de sobremesa con invitados que ya no toleran el conflicto ni la crispación. Lo cool, lo light, lo vaporoso, se entraman con los lenguajes del espectáculo y del mundo empresarial para ofrecernos la imagen de un tiempo cultural despojado de los antiguos demonios que hicieron, en el pasado, la vida tan difícil y complicada.
Definirse como un hombre o una mujer de derecha resulta poco elegante. Mejor moverse por el centro, por esos territorios indefinidos pero que devuelven un colorido tolerante y consensual aunque efectivamente la política que se implemente sea cruda y decididamente de derecha. Vestirse con las galas de la tolerancia y de lo políticamente correcto en el mismo momento en que se despliegan acciones que desmantelan la salud y la educación y que buscan invisibilizar a los más desamparados de la vista de los ciudadanos decentes que pagan impuestos, es lo propio de esa derecha que no se nombra a sí misma.
Eso, al menos, era lo que venía sucediendo, con algunas excepciones, entre nosotros. En los últimos meses, y a caballo del reiterativo tema de “la inseguridad”, hemos visto cómo algunos referentes del mundo del espectáculo se han hecho cargo del silencio de ciertos políticos para lanzar, sin mediaciones ni eufemismos, toda una batería de palabras sacadas directamente del arsenal de la derecha represiva y ultramontana. Se pide desde pena de muerte hasta la baja en la imputabilidad de los menores (¿hasta qué edad se llegará? ¿Serán, los pobres, sospechosos de criminalidad incluso antes de nacer? ¿Pedirán entonces que se legisle a favor del aborto, aunque eso iría en contra de sus más caros sentimientos religiosos, para abortar a los presuntos futuros criminales en el vientre materno?). Y últimamente, molestos por los piquetes que les impiden transitar velozmente con sus autos de lujo por la ciudad, han lanzado a bocajarro sobre la ciudadanía la palabra “represión”. Las estrellas de la televisión, con la impunidad que siempre han gozado –algunas de esas “divas” han sabido acompañar con entusiasmo dictaduras genocidas sin sentirse “inseguras” ni atropelladas por las protestas de la canalla social en esos tiempos argentinos de “paz y armonía” que algunos suelen añorar–, se han convertido, al menos hasta que apareció Abel Posse, en los voceros de esa derecha vergonzante que no se nombra a sí misma pero que va implementando, en la Ciudad de Buenos Aires, políticas descaradamente reaccionarias.
¿Imaginaba Mauricio Macri, allí donde sus escasas luces intelectuales le permiten analizar la complejidad de la escena porteña, lo que iba a desatar el nombramiento del literato ultramontano y ex embajador de la dictadura? ¿Cometió un acto fallido de esos que nos permiten, a los psicoanalizados habitantes de esta ciudad, inmediatamente hacer la interpretación infalible de aquello que ocultaba? ¿Pecó de una ingenuidad ignorante o se dejó llevar por la soberbia de “los vencedores” o, al menos, de los que creen serlo? ¿Será, acaso, que estamos siendo testigos de un giro escenográfico y retórico de la derecha vernácula que ahora dice lo que siempre pensó pero que últimamente disfrazó eufemísticamente? Abel Posse es apenas un síntoma, para seguir con estas metáforas freudianas, el emergente brutal y sincero de quienes vienen intentando diseñar e implementar entre nosotros una política reaccionaria que no ha dejado sin tocar casi nada de aquello que, en la Ciudad, se relaciona con tradiciones democráticas, igualitaristas y populares.
Macri es Posse, aunque, y esto también hay que decirlo, el literato que siente nostalgia por el onganiato y sus persecuciones de jóvenes hippies, rockeros y decadentes drogadictos, tiene detrás suyo una tradición intelectual-ideológica que se ha expresado a través de ideas (horribles, genealógicamente emparentadas con ciertas retóricas de las derechas ultramontanas y fascistoides pero al menos cristalizadas en libros y artículos que circularon y circulan, como los de Posse, por algunos diarios que reclaman para sí la tradición republicana, liberal y democrática que viene de Mitre), mientras que el ingeniero (en este caso verdadero y no falso) Macri, heredero caprichoso que quiere superar a su padre llegando más lejos que él, es exponente de una derecha intelectualmente paupérrima y atravesada de lado a lado por un pragmatismo de demolición que ni siquiera entiende, ni sabe muy bien qué hacer con ellas, las declaraciones ultrarreaccionarias de quien le viene a traer al macrismo lo que éste no tuvo, o no supo que tuvo pero que está en el núcleo de su manera de pensar y de intentar hacer política en nuestro país.
Abel Posse, como Legrand, Susana Giménez y Tinelli desde sus lenguajes televisivos y efectistas, ocupa un lugar en la economía de recursos de la derecha argentina (del mismo modo que lo ocupó en su fugaz momento el falso ingeniero Blumberg o ahora el rabino Bergman con sus edulcoradas referencias a seudas virtudes republicanas mientras le dora la píldora a las viejas damas de una oligarquía que huele a naftalina). Posse, que no es un exponente marginal de la nostalgia videlista como lo es la Pando y sus acólitos, sino que es un ajado y apolillado representante de ciertas capas dirigentes y de muchísimos lectores que dejan sus opiniones dominicales en La Nación, constituye, junto con los Grondona, los Biolcatti, los Morales Solá, entre otros “ilustres” demócratas de los que forman parte también los principales dirigentes de la AEA y la UIA, el lado “verdadero” de esa derecha vernácula que hasta hace poco tiempo no se nombrada a sí misma de este modo tan virulento. Estar atentos a este “giro retórico” significa, entre otras cosas, quebrar la falacia de los eufemismos para llamar a las cosas por su nombre que es otro modo de decir que Macri es Posse, aunque la chatura del ingeniero no lo alcance a expresar con las palabras adecuadas, esas que el literato ex embajador de la dictadura conoce perfectamente, hacia dónde desea que vaya la Ciudad de Buenos Aires. Es esa dirección, oscura, reaccionaria, represiva, fascistoide y ultramontana la que viene a nombrar Posse y que hasta ahora se disfrazó de la jerga políticamente correcta y hasta seudoprogresista que prolifera en ciertos barrios cool de nuestra extraña e intensa Ciudad.
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