La oposición se apoyó en la ley de la mayoría para imponerse, algo que le criticaba al oficialismo
La nueva aritmética parlamentaria con la que Cristina Fernández deberá gobernar los próximos dos años quedó dibujada el jueves pasado en el recinto de la Cámara baja. Fue durante la sesión preparatoria en la que los diputados electos el 28 de junio pasado se sentaron por primera vez junto a los veteranos que obtuvieron sus bancas en 2007.
Un heterogéneo conglomerado opositor, unido para ampliar su poder, le asestó un duro revés al oficialismo, que fue obligado a ceder la vicepresidencia primera y a aceptar una proporción desfavorable en las comisiones, acorde con la nueva realidad parlamentaria.
El kirchnerismo sólo logró mantener la presidencia del cuerpo, la vicepresidencia segunda y una minoría atenuada en cuatro comisiones centrales para garantizar la gobernabilidad: Presupuesto y Hacienda, Asuntos Constitucionales, Juicio Político y Peticiones, Poderes y Reglamento. Sólo tendrá que convencer allí a uno de los diputados opositores para poder emitir un dictamen de mayoría que habilite el tratamiento de un proyecto en el recinto.
Para aumentar su poder, el conglomerado opositor quebró la tradición parlamentaria que reserva la vicepresidencia primera para el oficialismo y delega en el presidente del cuerpo la integración de las comisiones, con la recomendación de respetar “en lo posible” la proporcionalidad.
La mención de “lo posible” en el reglamento, es una concesión de la aritmética pura a la política. Pero la alianza opositora se abroqueló en cumplir a rajatabla el número, sin considerar las tradiciones parlamentarias que tanto cacarearon.
Tras haber acusado sistemáticamente al kirchnerismo de imponer brutalmente su mayoría, el conglomerado opositor aplicó rigurosamente la matemática para imponer su interpretación del reglamento y ganar poder a costa del oficialismo. Suministró una generosa dosis del mismo remedio del cual se quejó amargamente durante años.
Cuando la aritmética favorecía al kirchnerismo, los grandes medios denunciaban como un atropello y una expresión de soberbia, la simple sanción de las leyes rechazadas por la oposición. Pero la utilización de la mayoría –mecanismo normal en las democracias– fue presentada ahora como un triunfo de las instituciones. En rigor, no fue un atropello antes ni lo es ahora. En los cuerpos colegiados de la democracia, el que tiene el mayor número impone sus criterios, aunque a veces existan generosas concesiones al consenso.
Fue sin duda el imperio estricto del número, el que primó el jueves pasado en la Cámara de Diputados, donde el kirchnerismo sufrió su primera derrota parlamentaria, porque la anterior se había registrado en el Senado con el voto no positivo de Julio Cobos.
Existe, no obstante, una diferencia cualitativa entre las mayorías que votaron los proyectos de ley impulsados por el kirchnerismo y el número circunstancial del jueves pasado que obligó al oficialismo a acordar para evitar mayor pérdida de poder y un escándalo que hubiera pagado el gobierno.
El conglomerado variopinto sumó a conservadores, radicales, centristas, centroizquierdistas, derechistas, peronistas, gorilas y socialistas. Se alistaron allí unos quince peronistas que llegaron a sus bancas, acompañando a Cristina en las boletas: ellos son héroes de la democracia, al igual que Cobos, mientras que el gobernador Ricardo Colombi es un tránsfuga suspendido de la UCR que merece el repudio, al igual que Borocotó. Quien pasa del oficialismo a la oposición es un paladín republicano pero el movimiento opuesto merece la calificación de traición.
En la vereda opuesta al conglomerado estaba, en cambio, la primera minoría del cuerpo, apoyada por una docena de representantes de partidos provinciales. El bloque del Frente para la Victoria fue derrotado por una heterogénea unión opositora pero sigue duplicando en diputados al radicalismo, los peronistas disidentes. Del mismo modo, cuadruplica a la Coalición Cívica y sextuplica a la derecha del PRO.
La alianza opositora selló un acuerdo de hierro para discutirle el poder al oficialismo, pero su dispar composición ideológica no garantiza la unidad cuando se discutan proyectos específicos. Si bien la Argentina corre el riesgo de convertirse en el primer país del mundo en el cual la izquierda se opone a que los terratenientes paguen más tributos, no parece posible que el sainete se repita muchas veces. ¿Qué hará la derecha del PRO cuando Pino Solanas impulse la nacionalización de los recursos básicos? ¿Qué hará la centroizquierda cuando el PRO quiera derogar la ley de medios que apoyó? El conglomerado opositor podrá coincidir en restarle poder al Gobierno en el Consejo de la Magistratura, en el Indec o en la reasignación de partidas presupuestarias. Pero no parece posible que la izquierda y la derecha acuerden una posición ante un eventual intento oficialista de reforma del sistema financiero. Cuando uno de los bloques opositores impulse en soledad un proyecto propio, primará el criterio del oficialismo, si mantiene al menos a los diputados que el jueves fueron fieles.
Las contradicciones de la alianza opositora se agudizarán a medida que se acerque la elección de 2011. Lilitos y cobistas no sostendrán acuerdos si Elisa Carrió sigue comparando a Cobos con una ameba. Será difícil sostener la paz en el peronismo disidente si Solá disputa con Eduardo Duhalde la candidatura justicialista. Los socialistas querrán diferenciarse de los radicales si Hermes Binner quiere encabezar la fórmula de una alianza. Los diputados oficialistas ya imaginan proyectos que resulten cuñas que agrieten a la alianza opositora. Pero antes de que estallen estas contradicciones postergadas en favor de pellizcarle hoy poder al kirchnerismo, el Gobierno deberá atravesar el desierto a partir del primero de marzo próximo, cuando comiencen las sesiones ordinarias.
La batalla podría estallar antes si la alianza opositora intenta sesionar el próximo jueves mismo o si apura una inédita autoconvocatoria para extender las ordinarias. Pero lo más probable es que las deflagraciones se posterguen hasta el año próximo, luego de las vacaciones bien ganadas por el vigoroso envión legislativo, posterior a junio, en el cual el Gobierno obtuvo leyes vitales para gobernar. Cuando llegue el otoño, el oficialismo ya no podrá hacer lo que quiera en el Congreso, pero tampoco podrán obligarlo a hacer lo que no quiera. Para ello cuenta con un tercio en la Cámara baja y con un virtual empate en el Senado. Si un pelotazo lograra atravesar los gruesos muros del centenario palacio legislativo, en la Rosada habrá un arquero que podrá apelar al remedio constitucional del veto.
http://www.elargentino.com/nota-68477-Haz-lo-que-yo-digo-pero-no-lo-que-yo-hago--.html