Boxeador, callejero… colega espiritual de Discépolo cuando comenzaba a tanguear los ´30. Hijo de familia pródiga del interior, afamado en las mejores revistas y columnista en los diarios más solemnes. Supo parar en el centro, en Corrientes y Esmeralda, relojear dulces señoritas y observar y describir desde allí, con gran imaginación y precisión, la morfología identitaria del porteño medio.
Se recibió de Ingeniero Agrimensor en la UBA, y como antes lo hicieran Lugones, Ingenieros o Palacios, en sus épocas de estudiante vivió la experiencia de la militancia anarco-socialista. Pero también, al igual que aquéllos, su pensamiento evolucionó ideológicamente hacia el nacionalismo una vez superada la cápsula académica.
Entre 1923 y 1931 publicó dos producciones literarias: La Manga y El hombre que está sólo y espera. Su prosa muestra rasgos de irónico refinamiento, más cercana a la de Borges o a la de Bioy Casares que a la del Grupo de Boedo: todo un “gentleman peronista” avant la lettre, se podría decir. De haber curtido los ´90 hubiera sido ricotero…
