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15 dic 2012

La matriz del golpe de Estado contra Dorrego Por Hernán Brienza


ASESINATO DE UN GOBERNADOR
El 13 de diciembre de 1828 marcó el inicio del largo enfrentamiento cívico-militar entre los argentinos: ese día, un par de horas después del mediodía, un pelotón de fusilamiento, ordenado por Juan Galo de Lavalle, asesinó sin juicio previo a Manuel Dorrego, gobernador legal y legítimo de la provincia de Buenos Aires.


    Detrás de la decisión del rubio general se agazapaban los consejos de los “doctores” de la burguesía comercial porteña que despreciaban a los caudillos provinciales y al bajo pueblo de la campaña bonaerense: Julián Segundo Agüero, Salvador María del Carril, los hermanos Juan Cruz y Florencio Varela y Bernardino Rivadavia.

    Y esa entente entre unitarios –liberales conservadores (después vendrán los Pinedo, los Krieguer Vasena, los Martínez de Hoz)- y un sector del Ejército –los Lavalle, pero después, los Mitre, los Uriburu, los Aramburu, los Videla- serán los encargados de quebrar el orden institucional cada vez que un gobierno elegido por las mayorías –el federalismo, el radicalismo, el peronismo- intente convertirse en hegemónico a largo de nuestra historia.

    ¿Pero qué quisieron matar cuando asesinaron a Dorrego? Sencillamente, la posibilidad de que el Partido de los Populares –como se llamaba el Federal en un principio- pudiera gobernar en la Argentina. “La gente baja, ya no domina, y a la cocina se volverá”, poetizaba Juan Cruz Varela al día siguiente del derrocamiento de Dorrego.

    Queda claro, entonces, cuál era el rol que debían tener los pobres para los sectores dominantes porteños: la servidumbre, nunca el gobierno. Y Dorrego había cometido un pecado imperdonable: había intentado que los sectores populares lograran su empoderamiento.