En el contexto de una economía en fuerte crecimiento desde 2003, algunos sectores persistían en –y aún agudizaban– la histórica dolarización de sus ganancias –también en expansión– para fugarlas.
El fuerte crecimiento vino acercando la restricción externa, producto último de una estructura productiva desequilibrada (sectores con diferentes grados de desarrollo y competitividad relativos). Este proceso se manifiesta con mayor ímpetu en los últimos años en el déficit de divisas del sector industrial y el del sector energético, fruto del incremento de las importaciones de combustible necesarias para abastecer el creciente consumo de la industria y las familias.
Con un agravante: esa restricción se tensaba aún más por la crisis internacional que hizo perder varios destinos de exportación de importancia y determinó la reducción drástica del comercio internacional.
Al conjunto de maniobras financiero-especulativa que florecieron tras la prohibición a la compra de divisas para atesoramiento aplicada en 2012 con el fin de preservar las divisas para fines estratégicos, y el consiguiente surgimiento del mercado ilegal, cuya cotización fue insistentemente propalada por los medios opositores, intentando instalar ese valor –expresión de deseo de los sectores exportadores y financieros– como referencia, afectando expectativas, se volvió determinante la presión creada por el adelanto de las compras de los importadores y la resistencia de los exportadores de granos a liquidar la cosecha retenida, en medio de especulaciones por una mayor devaluación determinando la continuidad de la pérdida de las reservas, haciendo caer el ratio de reservas/importaciones.

