13 sept. 2014

Crisis de representatividad Por Alfredo Zaiat

La debacle de 2001 por décadas de políticas de ajuste dictadas por la ortodoxia provocó una profunda crisis de representatividad de los políticos. Elevados niveles de desempleo y exclusión social en un escenario recesivo terminaron cuestionando la legitimidad de liderazgos políticos que quedó resumida en la consigna “Que se vayan todos”. La reversión de ese rechazo no fue producto de una campaña de marketing, sino que fue lograda a partir de iniciativas que reconciliaron a una parte de la sociedad con la esencia de la política. Durante el período en que la política descendía en la consideración de la población quedaba disimulada la crisis de representatividad de otros actores sociales, como la de las cámaras empresarias. Empezó a correrse ese velo durante este ciclo que se extiende por once años cuando se recupera el sentido de la política con objetivos redistributivos del ingreso y de industrialización. Este proceso ha provocado dos efectos: por un lado, han emergido nuevos protagonistas de la economía derivados de un régimen de acumulación del capital con base en la producción y el conocimiento y, por otro, ha dejado al descubierto la pérdida de representatividad de organizaciones tradicionales del mundo empresario, como la Unión Industrial Argentina.

Esta entidad actúa como si fuera el canal de comunicación principal de los hombres de la industria cuando en realidad está actuando como vocera de unos pocos grandes grupos económicos. Esto no significa que no haya comunión ideológica entre los hombres de negocios, sino que divergen en la estrategia de relacionarse con un gobierno con el que no comulgan al considerarlo “populista”. La diferencia sustancial se encuentra entre ser lobbista con aspiración a formar parte de las intrigas políticas y ser dueño de una empresa que tiene como meta aumentar su rentabilidad y expandir su actividad. El sector más visible del comité ejecutivo de la UIA está enrolado en el primer grupo.
Su titular, Héctor Méndez, se reveló además como líder del pensamiento más retrógrado de esa entidad patronal, reclamando primero un ministro de Economía fuerte, manifestando nostalgia por tener de interlocutor un funcionario empleado de corporaciones, luego mencionando en forma despectiva a Axel Kicillof como “ese chico” (que hace mucho dejó de ser un estudiante y va a cumplir 43 años) y para terminar comparando al gobierno de CFK y sus legisladores con la obediencia debida de los militares en la dictadura. Si sus compañeros de la UIA lo quieren bien deberían recomendarle un reparador descanso en la verba.
La posición que ha asumido la UIA con respecto al papel del Estado en la economía, a partir del proyecto de ley de regulación de las relaciones de producción y consumo, expresa las contradicciones del mundo empresario. El abierto rechazo a esa iniciativa con un lenguaje rescatado de los noventa da respuesta al reclamo insistente de grandes medios de alzar la voz contra el Gobierno, lo que les asegura titulares y análisis laudatorios, pero reafirman una vez más la habilidad de dirigentes empresarios de atentar en contra de sus propios intereses de industrialización. Esa conducta es la manifestación más nítida de la pérdida de representatividad de la conducción de la UIA.
La junta directiva de esa entidad emitió un comunicado el 14 de agosto pasado rechazando “en forma unánime el proyecto de ley de abastecimiento”, sin tener el cuidado de mencionar correctamente la iniciativa, con el deliberado propósito de agitar el mar de confusiones. Del mismo modo que lo hicieron con el libelo de distribución interna, para después entregarlo a diputados y senadores, que la compara con una ley similar de Venezuela, ignorando la legislación anterior que data de 1974 y la existente de normas en ese mismo sentido en otros países, como en México, Brasil, Alemania, Francia y Estados Unidos. “Representa una fuerte interferencia del Estado en la actividad privada”, se advierte en uno de los párrafos de ese comunicado.
Es una sentencia que ha iniciado el camino de construcción de la revancha ortodoxa con el próximo gobierno. La conducción de la UIA tiene la oportunidad de alimentarla acompañando el 50o aniversario de FIEL, que lo festeja con su habitual conferencia anual cuya convocatoria es “Transiciones: del populismo a una economía de mercado”. Deseo de restauración conservadora que como se sabe no reniega del Estado, sino que lo orienta exclusivamente a ser un vehículo de transferencias de rentas y beneficios hacia las grandes empresas. Lo que no admiten es que ese Estado además regule el funcionamiento del comportamiento empresario para evitar abusos sobre consumidores y los eslabones débiles de la cadena productiva. El recorrido sobre los principales dirigentes de la junta directiva de la UIA revela cómo sus negocios han sido favorecidos por el Estado, del que reniegan cuando pretende limitar un poco los rasgos distintivos de gran parte de los empresarios: la sistemática búsqueda de rentas de privilegios, el abuso de posición dominante y la obsesiva fuga de capitales.
Héctor Méndez, presidente de la UIA, es dueño de la empresa de plásticos Conarsa, radicada en San Luis, beneficiado por el régimen de promoción industrial por el cual el Estado resigna recursos fiscales, y además fue favorecido con créditos públicos subsidiados.
Luis Betnaza es el representante de Techint en la UIA, grupo económico que conoce como pocos la forma de obtener todo tipo de privilegios de parte del Estado a lo largo de décadas, desde régimen de protección, subsidios energéticos y medidas antidumping para defender su producción hasta beneficios impositivos y financieros.
José Urtubey, hermano del gobernador de Salta, Juan Manuel, es el fundador del Grupo Tapebicuá y director de Celulosa Argentina. Participa en una rama industrial que si en los últimos años no hubiese existido la estrategia estatal de administración del comercio internacional habría colapsado, especialmente a partir de la crisis internacional que estalló en 2007.
Adrián Kaufmann Brea, representante de Arcor, multilatina que ha recibido facilidades impositivas, arancelarias y financieras que implicaron millonarias transferencias de recursos públicos, lo que le permitió su expansión nacional e internacional durante décadas. Esos favores están descriptos en la investigación “Trayectorias empresariales diferenciales durante la desindustrialización en la Argentina: los casos de Arcor y Servotron”, de Schorr y Wainer, en Realidad Económica N 223.
Cristiano Rattazzi, de Fiat, y Luis María Ureta Sáenz Peña, de Peugeot-Citroën, desarrollan su actividad en una de las ramas industriales que ha tenido un régimen especial de protección. Además, en diferentes momentos históricos, el Estado ha impulsado iniciativas para favorecer la venta de automóviles, como el plan más reciente de financiamiento a tasa subsidiada Pro.Cre.Auto.
Una de los exponentes más conocido de ese grupo de la burguesía industrial con deseo de vestir bombacha de gaucho es el secretario de la UIA, José Ignacio de Mendiguren. En 1998 vendió su empresa textil Coniglio, fábrica de ropa para chicos con 60 locales propios y sucursales en Brasil, Uruguay, Paraguay y Estados Unidos, en casi 15 millones de dólares a The Exxel Group de Juan Navarro. El titular del Ministerio de Pesificación Asimétrica y Devaluación durante el gobierno de Duhalde y hoy diputado de Sergio Massa tiene parte de su capital invertido en un campo propio dedicado a la producción de soja.
La vocación por las ideas neoliberales, que algunos la maquillan con un discurso desarrollista, está reflejada en los principales representantes de la banca, la industria y el campo. Sostienen postulados conservadores con entusiasmo porque de ese modo pueden mantener sus conductas rentísticas, ya sea provenientes de la producción agropecuaria (banqueros e industriales tienen su corazón en el campo), de la explotación de recursos naturales no renovables, de la especulación financiera o aprovechando desgravaciones impositivas con la promoción industrial y financiamiento subsidiado.
Es una dirigencia empresaria que dedica más horas a la intriga política y a analizar lo que publican los medios de comunicación que a convertirse en sujetos económicos dinámicos del desarrollo nacional. Miembros de la UIA que tienen el comportamiento de rentistas que gozan de tiempo libre, expresión de la crisis de representatividad de los industriales nacionales.
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