21 jun. 2014

Credit Default Swaps Por Alfredo Zaiat

La International Swaps and Derivatives Association (ISDA) nació en 1985 y está integrada por 844 entidades financieras de 64 países. Entre los participantes se encuentra la mayoría de los bancos más grandes del mundo, además de gestores de activos, empresas de energía y materias primas, aseguradoras y bufetes de abogados. En su página web publican un documento de presentación donde informan que el volumen de transacciones con “derivados” sumó 693 billones de dólares, a junio de 2013. De ese total, los “swaps de tasa de interés” anotaron 577 billones. El Bank for Internacional Settlements (BIS, la entidad que reúne a las bancas centrales de los países) eleva el monto global a 710 billones de dólares a fines del año pasado. Los “derivados” son instrumentos financieros que cotizan en relación a un activo subyacente. Es decir, el negocio “deriva” del valor de otro activo. El inversor no compra acciones, bonos o materias primas (petróleo o granos), sino que participa de un contrato privado especulando sobre la variación de precios que puede haber en esos activos. Son operaciones virtuales. Es el estadio superior de las finanzas globales. El éxtasis de la especulación. El presidente del ISDA es Stephen O’Connor y en el directorio participan representantes del JP Morgan Chase, Citigroup, HSBC, el fondo Pimco, ABN Amro. También está registrado en esa institución Elliott Management Corporation, compañía de Paul Singer, el financistas que con su fondo buitre NML Capital obtuvo un fallo favorable en tribunales de Nueva York contra Argentina.

El PBI mundial sumó 72,7 billones de dólares a fines de 2012, según el Banco Mundial. El negocio de derivados financieros equivale a cerca de diez veces la riqueza generada en bienes y servicios del mundo en ese año. Además de los swaps de tasas de interés, el mercado de derivados opera con materias primas, moneda extranjera, acciones, opciones y los Credit Default Swaps (CDS). Estos últimos suman 25 billones de dólares según el ISDA o 21 billones de acuerdo a la contabilidad del BIS. Una u otra cifra es un monto impresionante.
Cuando se produjo el desastre del buque Exxon Valdez, en marzo de 1989, con el derrame de petróleo sobre 2000 kilómetros de costa en Alaska, el sistema financiero diseñó los CDS para las grandes petroleras. Durante la década del noventa tuvo un volumen escaso de 200 mil millones de dólares anuales, trepando a 500 mil millones a fines de esos años, según un informe publicado en The New York Times (“In the shadow of an unregulated market”). Desde entonces, y en especial desde un par de años previos al estallido de la crisis internacional (2007), comenzó el frenesí de los CDS. El comprador y el vendedor de estos derivados pueden ocupar ambos roles. Un banco que vende ese derivado puede a la vez hacer una cobertura de esa operación con otra entidad financiera. De ese modo se van encadenando o “derivando” operaciones a partir de un activo inicial (el título de deuda) sin algo tangible, sólo papeles (en realidad, registraciones contables). La reproducción de esas transacciones no tiene límites y por esa razón el monto global de derivados multiplica por diez el PBI mundial.
¿Qué son esos “derivados” vinculados a la cesación de pagos de bonos de empresas o de deuda soberana?
El CDS es similar a un contrato de un seguro: el comprador paga una prima y a cambio recibe una suma de dinero si se concreta el default. Es la compra de protección pagando una comisión periódica (el plazo va de meses a diez años) a otra parte (el vendedor de la protección) a cambio de una indemnización por el incumplimiento en el pago de la empresa o el país. Son contratos entre privados (over the counter), no cotizan en Bolsa y son utilizados por empresas “para gestionar los diferentes riesgos que se plantean en sus negocios”, explica en una guía el ISDA. En ese tipo de transacciones no hay ninguna forma de regulación y el vendedor no debe mantener una reserva para pagar el eventual siniestro (default). En un contrato de seguro existe un bien tangible asegurado (una propiedad o una persona, en un seguro de vida o de accidente), en cambio en el CDS no hay nada. Otra diferencia relevante respecto de la actividad aseguradora es que mientras el contrato de un seguro ofrece una indemnización por las pérdidas efectivamente contabilizadas por el titular de la póliza (incendio, robo, accidente de tránsito), los CDS gatillan el pago sin ninguna pérdida real contabilizada por quien lo suscribió. Es una apuesta. El monto mínimo de cada operación es de 10 millones de dólares.
Quien compra CDS puede especular además con la cotización del bono de deuda al tiempo que apuesta a la eventualidad del default. Así fue como se movieron algunos financistas con las hipotecas subprime (las emitidas por los gigantes en créditos hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac, entidades que quebraron y fueron nacionalizadas en Estados Unidos). Grandes bancos y fondos de inversión compraron paquetes de activos de préstamos hipotecarios (Mortgage Backed Security) y también CDS ante la posibilidad de incumpliendo de esos créditos. De ese modo cobraban los intereses de los préstamos mientras la situación estaba normal, y también cobraron cuando estalló la crisis y se produjo un encadenamiento de incumplimiento. Estos derivados de default de deuda se habilitan para cobrar si el emisor del bono no paga en la fecha de vencimiento el cupón de intereses o capital, cambia las condiciones de emisión o el lugar de pago establecido, realiza una reestructuración de la deuda con reducción de la tasa de interés o extensión del plazo de pago, declara una moratoria o repudia la deuda. Las calificadores de riesgo (Standard & Poor’s, Fitch y Moody’s) definen un ranking desde la máxima solvencia (AAA) hasta el default (D). A partir de las notas de esas agencias, la International Swaps and Derivaties Association tiene un comité que decide si un país incurrió en default.
El BIS estimó que a mediados de 2011 el 3 por ciento del total de CDS (630 mil millones de dólares) tenían como protagonistas a los denominados hedge funds (fondos de cobertura, siendo los más especulativos los denominados buitres). Desde 2007 se han reportado 90 casos de incumplimientos que activaron la indemnización de CDS.
Ahora el mercado financiero global, con Singer en primera fila, está esperando el caso 91: la declaración del default de Argentina si no puede abonar los intereses de bonos con legislación Nueva York, que lo determinarían las calificadoras de riesgo el 30 de julio (treinta días después del vencimiento), que posteriormente sería ratificado por el comité del ISDA. Como explicó Cristian Carrillo el jueves pasado en este diario, así se cierra “el círculo especulativo” de la deuda argentina.
Ese círculo tiene como protagonista a fondos de inversión del grupo Elliott del financista Paul Singer, que tendrían en su cartera de inversión CDS de deuda argentina. El recorrido de este negocio con la presa argentina en las garras, avalado por tribunales de Nueva York, es el siguiente:
- El fondo buitre NML de Singer compró bonos argentinos en default.
- Inició un juicio para cobrar el ciento por ciento del capital más los intereses, rechazando la opción del canje de deuda.
- Habría comprando además CDS de bonos emitidos por ese canje.
Con el fallo a favor y si cobra la sentencia, Singer ganaría 1600 por ciento por la compra de bonos en default por 48,7 millones de dólares que tribunales de Nueva York reconoce a un valor de 832 millones de dólares. Pero ése no sería el único rédito: ha apostado en el paño del casino financiero global con ficha de Credit Default Swaps de la deuda argentina del canje. O sea, Singer tiene un doble objetivo financiero con la deuda argentina. Por un lado el fallo del juez Thomas Griesa para cobrar los bonos en default 2001, y por otro conseguir un nuevo default. Para esto último tiene de aliado a Griesa. Argentina no declara el default; lo provoca el juez con el fallo a favor de los buitres, el embargo de los pagos al resto de los acreedores y dictando ayer una orden judicial para impedir el canje de cambio de jurisdicción de los bonos de Nueva York por el de Buenos Aires. Como se mencionó, ISDA tiene a Elliott como uno de sus miembros y define cuándo una empresa o país incumple los pagos y gatilla el pago de CDS.
¿La comunidad Singer & Griesa quieren negociar o primero quieren el default argentino, para después de contabilizar las ganancias por los CDS, abrir el juego a un plan de pagos de la sentencia?
azaiat@pagina12.com.ar