1 may 2010

Tipo de cambio, estructura productiva y distribución del ingreso Por Aldo Ferrer


Aldo Ferrer
El tipo de cambio ha vuelto a agitar el debate económico y político. Como sucede con el tema de las retenciones, la cuestión cambiaria se trata exclusivamente por su efecto sobre la distribución del ingreso entre los sectores productivos y agentes sociales. En términos coloquiales puede decirse que se debate el reparto de la torta y no su crecimiento, que es esencial para redistribuir la torta con más equidad con la menor puja distributiva posible. La resolución del problema requiere vincular las dos cuestiones, es decir, distribución y crecimiento y el lazo de unión entre una y otra, a saber, la estructura productiva. Repasemos entonces los elementos que intervienen en la cuestión del tipo de cambio.
En los países en desarrollo, la sobrevaluación del tipo de cambio es el peor de los errores posibles de la política económica. El resultado es que las importaciones sustituyen producción nacional, se cierran espacios de rentabilidad y oportunidades de inversión y empleo en sectores distintos de los primarios. Como resultado, se frustra la formación de una estructura económica diversificada, integrada y compleja, que es esencial para generar procesos amplios de acumulación de capital y tecnología y generación de empleo a mayores salarios. Además, genera vulnerabilidad externa porque induce el desequilibrio en los pagos internacionales.

La sobrevalución del tipo de cambio es un problema recurrente en la historia económica argentina. Obedece a razones complejas y a la incapacidad de construir un consenso estable y de largo plazo sobre la estrategia de desarrollo del país. Lamentablemente, el debate se sigue manteniendo en los mismos términos, impidiendo la resolución adecuada de la cuestión.

En los países que disponen de recursos naturales abundantes y éstos son el origen principal de sus exportaciones, prevalece una tendencia a la sobrevaluación de la moneda nacional con el dólar y otras divisas principales. La cotización resultante alcanza para sostener la explotación de aquellos recursos, pero es insuficiente para la rentabilidad del resto de los sectores productores de bienes transables, es decir, sujetos a la competencia internacional. Al promediar el siglo pasado, el problema se planteó en Holanda, país con una economía muy madura, en el cual la aparición repentina de hidrocarburos en el mar del Norte provocó una avalancha de divisas. El fenómeno apreció el tipo de cambio y descolocó al resto de la producción del país. La cuestión se conoce en la literatura económica como la “enfermedad holandesa”.

En Holanda, la enfermedad fue pasajera porque no en vano ese país fue pionero de los desarrollos tempranos del capitalismo y la industrialización y es una de las sociedades más prósperas y equitativas. Sobre esas bases logró integrar la nueva fuente de ingresos en su estructura productiva, difundir sus beneficios en el tejido social y recuperar los equilibrios fundamentales de su desarrollo económico
Pero la “enfermedad holandesa” es un mal crónico, que caracteriza a los países subdesarrollados especializados en la explotación y exportación de sus recursos naturales, particularmente en las épocas de auge de las exportaciones de productos primarios y altos precios. En tales países, el sector exportador opera más como un segmento del mercado mundial que como una actividad integrada en el conjunto de la actividad económica. La estructura resultante es vulnerable a los cambios de la demanda y los precios internacionales de los bienes exportados y tiene una baja capacidad de difundir los beneficios, de los tiempos de auge, en el tejido social y productivo.

Como en esos países predomina el subdesarrollo, la pobreza y la desigualdad en la distribución del ingreso ha surgido la fantasía de que existe una “maldición” de los recursos naturales. Es decir que los países que cuentan con mucho petróleo, minerales y tierras para la producción de alimentos y materias primas diversas están condenados al atraso. El supuesto de la “maldición” se apoya también en el hecho de que, por el contrario, países con relativamente pobre dotación de recursos naturales y alta densidad de población, como por ejemplo Japón, Corea y Taiwán, han logrado, sobre la base de la difusión de la ciencia y la tecnología en sus sistemas económicos y tejidos sociales, altos niveles de desarrollo.

La enfermedad de la apreciación cambiaria es, en efecto, un mal que afecta a los países periféricos especializados en la producción y exportación de bienes fundados en sus recursos naturales. Se trata, por lo tanto, como diría Raúl Prebisch, de una enfermedad periférica.

Otro factor agrava la enfermedad y tiene su origen en el sistema financiero. Cuando se produce la entrada masiva de capitales especulativos y/o inversiones privadas directas, aumenta el ingreso de divisas y el tipo de cambio tiende a apreciarse. El “enfoque monetario del balance de pagos” racionaliza y explica esta situación argumentando que el mercado se equilibra automáticamente por el balance de divisas y su efecto sobre la liquidez y el nivel de actividad económica interna. Así, en una fase de fuerte entrada de divisas a través de la cuenta de capital del balance de pagos, todo estaría bien aun cuando la apreciación cambiaria esté produciendo estragos en la economía real, incluyendo el balance comercial.
Existe, en resumen, una enfermedad periférica real vinculada con el contenido de las exportaciones y otra, financiera, derivada de la entrada masiva de fondos externos. Los remedios para ambos tipos de situaciones son conocidos.

No existe ninguna “maldición” vinculada con la abundancia de los recursos naturales y las exportaciones de ese origen, siempre y cuando la actividad primaria sea una pieza fundamental de la economía nacional y no un simple segmento del mercado mundial. Canadá y Australia, por ejemplo, son países de amplios recursos naturales, como la Argentina, que son, al mismo tiempo, países desarrollados. En ellos su actividad primaria forma parte de economías nacionales industrializadas, integradas y complejas y cuentan con tejidos sociales equitativos, que incorporan a la mayor parte de la sociedad al desarrollo y el bienestar. En tales condiciones, los recursos naturales no son una “maldición”, sino un activo fundamental para la prosperidad de un país.

Respecto del contenido financiero de la enfermedad, la conclusión es también clara. Deben evitarse las burbujas especulativas y las tendencias a la sobrevaluación, consolidando los equilibrios macroeconómicos fundados en la movilización del ahorro interno, la solvencia fiscal, el superávit de los pagos internacionales y una política monetaria consistente con la estabilidad y el de­sarrollo económico.

La política cambiaria que pretenda inmunizar a la economía argentina de la enfermedad periférica y asegurar la competitividad de la producción de transables industriales y primarios debe acomodarse a la asimilación de los shocks externos y de otras variables para introducir criterios de equidad, sobre los cuales fundar la solidaridad y convergencia de los intereses de todo el campo, toda la industria y todas las regiones.
Para tales fines, debe operar con tipos de cambio de equilibrio desarrollistas (TCED). Tal política cambiaria permite: 1) privilegiar el compre nacional en las decisiones de gastos de consumo e inversión de las empresas, las familias y el Gobierno; 2) estimular la diversificación de las exportaciones incorporando bienes y servicios de creciente contenido tecnológico y valor agregado y, por lo tanto, impulsando la gestión del conocimiento y la transformación de la estructura productiva; 3) lograr que el lugar más rentable y seguro para invertir el ahorro interno sea el propio país, y 4) desalentar los movimientos de capitales especulativos creando incertidumbre en los especuladores y previsibilidad en los tomadores de decisión de inversión productiva. El TCED contribuye al crecimiento del comercio exterior y a generar un superávit en la cuenta corriente del balance de pagos, con el consecuente aumento de reservas del Banco Central. Por lo tanto, fortalece la estabilidad macroeconómica y los mecanismos de defensa frente a las turbulencias internacionales.

Éste es uno de los dilemas centrales que tiene que resolver actualmente la política económica. A saber: cómo sostener un TCED en un escenario macroeconómico bajo control que requiere la estabilidad razonable de precios. Con todas las complejidades adicionales que esto implica atendiendo, como señaló Marcelo Diamand, a los desequilibrios de la estructura productiva del país. Esto impone la necesidad de establecer TCED adecuados, diferenciados, para la competitividad y rentabilidad de las diversas actividades económicas sujetas a la competencia internacional. Es en este marco de referencia dentro del cual deben resolverse cuestiones tan polémicas como el tipo de cambio y las retenciones.

* Director editorial de Buenos Aires Económico
http://www.elargentino.com/nota-88702-Tipo-de-cambio-estructura-productiva-y-distribucion-del-ingreso.html