El sábado 20, un tsunami de mensajes de texto recorrió las líneas de los teléfonos celulares. El aviso se repetía una y otra vez. Alguien lo recibía, lo copiaba y lo volvía a despachar a sus contactos, dándose el caso de que un mismo receptor leía idéntico mensaje en varias oportunidades pero proveniente de fuentes diversas. “Más de 3.000 personas reunidas por el facebook 678 de Córdoba para saludar a Cristina”, decía el mensajito. Así había ocurrido el viernes 12, cuando más de 10.000 personas se dieron cita frente a la Pirámide de Mayo y ovacionaron a Milagro Sala que, dicho sea de paso, llegó al lugar como una más. Otro tanto ocurrió con la convocatoria para Plaza de Mayo ayer. ¿Habrán tomado nota de esto los parlamentarios nacionales? ¿Se darán cuenta de lo que esto significa o ni ahí?
A punto de cumplirse 34 años de la implantación del terrorismo de Estado, si no fuera por estos extraños actos convocados de un día para el otro, la lucha democrática pareciera quedar encerrada en los pasillos del Congreso y limitada a esta necia batalla campal de chicanas, presentaciones judiciales, autovictimizaciones, acusaciones cruzadas y todo ese derroche de artilugios que compone la actual escenografía parlamentaria. Desde luego: menos mal que se discute desde las bancas y no frente a las puertas de los cuarteles, pero este consuelo ya no alcanza. Aun desde la mejor de las leches resulta difícil tolerar esa burda escenificación de la política. Es verdad que, en el fondo, las controversias actuales sobre el uso de las reservas, el papel del Banco Central, la apelación a los DNU y la Ley del Cheque remiten, como mínimo, a dos planteos antagónicos sobre cómo ubicarse ante los cambios globales. Pero esto queda muy lejos de la cotidianeidad de millones y millones de personas. Tan lejos queda que, de pronto, esas autoconvocatorias telefónicas y por correo electrónico dan la impresión de surgir de un país distinto.
Es como si no ocurrieran en la Argentina porque el país, sometido al bombardeo mediático, supuestamente no admitiría otra visión de la disputa democrática que no fuera aquella que va desde el Congreso hasta los tribunales en un eterno ida y vuelta. Con todo, hay algo que, luego de más de tres décadas, todavía hace que este país no sucumba a los dictados de la profesionalización de la política. La movilización, la marcha, ¡ahora las mateadas en los espacios públicos!, hablan de una realidad que no es ni puede ser aprehensible por un sistema de representación política que hace rato entró en crisis. Se trata de esa realidad que viene clamando por otros símbolos que la expliquen y, no obstante, choca una y otra vez con su propia inorganicidad y con la inveterada ausencia de respuesta de parte de los partidos tradicionales.
No habría que caer en la sobreestimación de estos nuevos fenómenos, pero tampoco ignorarlos como si se tratara de una moda pasajera. De hecho, la aparición de estas formas de la comunicación popular tiene una marca de origen: son propias de una situación cuya característica más distintiva es la anomalía que representa. Hay algo de endeblez y de fragilidad en ellas que, por otra parte, no son ajenas al período histórico en el que surgen. Hace poco, en una asamblea de Carta Abierta, Ricardo Forster llamó la atención sobre estos fenómenos y habló acerca de la necesidad de hacer “un elogio de la fragilidad” porque, al tiempo que estas formas organizativas requieren de un tratamiento cuidadoso en cuanto a sus perspectivas de futuro, también alientan la posibilidad de un cambio sustancial en los modos de la representación y, sobre todo, del protagonismo político de los ciudadanos.
Casi en las vísperas de la celebración del Bicentenario, la cuestión de cómo construir una representación simbólica de los cambios que han venido operándose desde 2003 a la fecha se proyecta, ahora, como un problema de perentoria solución: cómo se construye mayoría en la sociedad cuando se está en minoría en las Cámaras y se dispone de tan poco tiempo. Es evidente que si la noción de la política permaneciera limitada por las paredes legislativas, esto es, si la tarea de profundizar los cambios pasara a depender únicamente de los votos parlamentarios, la posibilidad de democratizar la democracia se reduciría a su mínima expresión.
O lo que es más grave: las derechas, hasta aquí atormentadas por su ineptitud y sus contradicciones internas, obtendrían la ventaja impensada de avanzar ante la injustificable decisión de las fuerzas populares y del Gobierno de no movilizar el protagonismo activo y directo de millares de mujeres y hombres del pueblo deseosos de hacerlo. De hecho, las autoconvocatorias vía internet y mensajes de texto revelan que, al menos en un sector de la sociedad, ese deseo existe y se materializa espontánea e inorgánicamente. Pero no es el único sector: hay otro que, sumido en las sombras desde tiempos inmemoriales, se dispone a hacerse dueño del espacio público cuando las formas más conservadoras de la política menos reparan en él.
En efecto, fue teniendo como marco a esa insólita Plaza de Mayo, colmada por una multitud congregada por internet, que Milagro Sala anunció la Marcha de los Pueblos Originarios para el Bicentenario. Con fecha de partida el 10 de mayo y de arribo el 19 del mismo mes al Congreso, columnas provenientes de la Puna, el Litoral, Cuyo y la Patagonia –compuestas por las diferentes etnias indígenas que habitan esas regiones– habrán de protagonizar un hecho político sin precedentes inmediatos en la historia de la lucha democrática.
Vale decir, en la confluencia del Bicentenario con la conmemoración del 24 de marzo de 1976, las iniciativas movilizadoras no sólo no provienen de las estructuras partidarias tradicionales sino que ponen de manifiesto que éstas carecen por completo de los reflejos necesarios para canalizar la participación y el protagonismo ciudadano. Se dirá que conforme se aproxime el calendario electoral todo entrará en cauces normales. Puede ser, pero nada indica que esa evidencia depare un cambio sustancial ni que ello modifique de raíz lo que hace rato está planteado como desafío: para avanzar es preciso un pueblo movilizado.
Sociólogo. Conicet