"La voracidad de las derechas argentinas, así como la manifiesta inconsciencia e irresponsabilidad de sus aliados circunstanciales, deberían servir como único y último alerta para encarar un rumbo de construcción política y social que apenas tiene en lo electoral a uno de sus episodios. Sería la posibilidad del salto: una fuerza orgánicamente frentista, nacional, popular, democrática y latinoamericanista, profundamente enraizada en las mejores tradiciones emancipatorias de estos doscientos años de luchas. Un gigante, pues, pero no con los pies de barro." A la oposición se le ha perdido un voto y dice que el Gran Bonete lo tiene. ¿Otra vez? Sí, otra vez, ¿pero quién es el Gran Bonete? Un misterio que pareciera agigantarse a medida que los opositores se cruzan acusaciones. Pero aquí no hay misterio. Una larga cadena de mezquindades, intereses corporativos, vanidades y, sobre todo, de absoluto desprecio por los más elementales principios democráticos, ha unido a la supuesta mayoría opositora. Sin embargo, esa cadena se ha roto, otra vez, por el eslabón más débil: no hay tal unidad ni tal mayoría, salvo la persistente voluntad común de maniatar a Cristina Fernández de Kirchner y, a la larga o la corta, sepultar su mandato constitucional.
El simulacro de ejecución sumaria perpetrado por los senadores opositores contra Mercedes Marcó del Pont, durante la comparecencia de ésta a la Comisión de Acuerdos, vino a poner de manifiesto que las operaciones destituyentes ya no serían más o menos encubiertas. Decididos a emprender una descarada ofensiva contra el Gobierno nacional y, sobre todo, convencidos de que lo único que los aguardaba en la meta era el más completo derrumbe de la estructura institucional, se lanzaron a un ataque en toda la línea.
Cumplirían, eso sí, con la formalidad de aceptar la autodefensa de la presidenta del Banco Central, pero sólo para envalentonarse por anticipado con el espectáculo que les brindaría el rechazo de los pliegos en la sesión plenaria de la Cámara. Por eso no la interrogaron. Les bastaba y les sobraba con poner cara de verdugos, ese aire de indiferencia y seguridad en sí mismos con el que hacían las veces de escuchar a quien, de antemano, ya habían condenado a la hoguera. Hasta el diputado Pino Solanas ensayó en las vísperas la metáfora de que era inútil la pretensión oficial de reparar un jarrón de porcelana definitivamente roto en mil pedazos. No había arreglo posible porque, inexorablemente, Mercedes Marcó del Pont dejaría de estar a la cabeza del Banco Central conforme el Honorable Senado de la Nación la despachara al ostracismo. Ah, y junto con ella, cualquier vestigio de iniciativa política y manejo institucional que el Gobierno se dispusiera a guardar para sí. Es que el 28 de junio de 2009 había llegado para quedarse y ya era hora de que la Presidenta de la Nación tomase debida cuenta de ello.
Lo curioso de todo esto es que en el febril trasegar de pasillos, despachos y mentideros varios, las diversos líderes (?) opositores no ocultaran que, a pesar de la unidad que declamaban, no todos participaban de idénticas estrategias. Al llamado peronismo disidente –un eufemismo acuñado por la gran prensa destituyente para disfrazar a duhaldistas, menemistas de pura cepa y transgénicos de la última hora– le encantaría que el Gobierno nacional se desplomara antes del 2011: tendrían más chances, no quedarían tan al descubierto.
A los radicales, atenazados por sus dimes y diretes con Cleto, les subyugaría más el tránsito ordenado al bipartidismo: una opción que caería por su peso ante la anhelada, paulatina, sistemática y permanente pérdida de consenso de parte del kirchnerismo. A los lilitos cualquier colectivo les vendría bien, con tal de que su musa inspiradora pudiese seguir anunciando catástrofes y contara siempre con el invalorable crédito de expectantes diplomacias extranjeras y secretos boards empresariales. A los macristas, con el agua al cuello por las inundaciones porteñas y tanto cable suelto de pistola eléctrica, un respiro, cualquiera fuese, nada mal les vendría.
Considerando la multifacética riqueza (?) del “arco opositor” (otro eufemismo para tapar la incapacidad política) se haría muy larga la lista de saldos y retazos de supuestas estrategias propias que, en verdad, no pasan de burocráticos cálculos de poder personal, tribalismos aldeanos y negociación de favores y prebendas con un Estado que, no obstante los cambios ocurridos, conserva intactas las funciones impuestas durante el neoliberalismo. Como dicen los pibes: “Es lo que hay” que, traducido a los fines de esta nota, significa que la famosa crisis de la representación no es moco de pavo.
Sea como fuere, la oferta opositora tiene los pies de barro y, en el momento menos pensado o, peor, cuando más necesitaba ocultar su debilidad estructural, la absoluta carencia de cimientos sólidos hizo que se derrumbara más rápido que un castillo de naipes. Se les cayó Latorre, la senadora santafesina que ya le había dado un disgusto a Reutemann y que, ahora, había decidido no bajar al recinto porque consideraba que Marcó del Pont debía continuar en el Banco Central. Vaya a saber por qué adoptó ese repentino temperamento, aunque de entrada pueda adivinarse que correrán ríos de tinta para explicar, o justificar o criticar el fenómeno.
Pero, más allá de las razones personales de Roxana Latorrre, lo que aquí ha quedado en evidencia es la desembozada sinrazón opositora. Aun cuando la pérdida del quórum propio le haya dado paso a las acusaciones cruzadas y a las sospechas mutuas, nada podrá servirle para disimular el único fin común que persigue y que, eventualmente, la volverá a dibujar como si fuera una oposición masiva y unificada: destituir al gobierno kirchnerista. Quizás aquí, en lo incontrastable de este objetivo, resida la posibilidad de un cambio en la situación.
Néstor Kirchner ya reasumió la conducción del PJ y, en la cancha de Ferro, con otros fieles, volvió a alentar la esperanza de una profundización de los cambios. Pero no sería plausible ni razonable asimilar esa posibilidad a la de un armado electoral solamente. La voracidad de las derechas argentinas, así como la manifiesta inconsciencia e irresponsabilidad de sus aliados circunstanciales, deberían servir como único y último alerta para encarar un rumbo de construcción política y social que apenas tiene en lo electoral a uno de sus episodios. Sería la posibilidad del salto: una fuerza orgánicamente frentista, nacional, popular, democrática y latinoamericanista, profundamente enraizada en las mejores tradiciones emancipatorias de estos doscientos años de luchas. Un gigante, pues, pero no con los pies de barro.
*Sociólogo, Conicet
http://www.elargentino.com/nota-81593-Derrumbe-opositor-otra-vez-se-cayo-Latorre.html
