11 feb 2010

Perón: táctica, estrategia y doctrina Por Alejandro Horowicz

Un contrapunto entre Gonzalo Cárdenas y Antonio Cafiero sobre la ideología peronista
Tres banderas
Cuando una colectividad política, no importa de que país, está convencida de su impacto electoral, que la compacta mayoría sigue sus banderas o al menos su boleta en el cuarto oscuro, suele volverse arrogante. En la Argentina, el peronismo –en vida de su jefe histórico– estaba profundamente compenetrado con su rol de fuerza mayoritaria, al tiempo que no desconocía sus dificultades para hacer valer ese número en un lugar que no fueran los padrones.
A fines de la década del 60 Gonzalo Cárdenas –un sociólogo vinculado a la Iglesia Católica, y por esa vía a las fuerzas renovadoras liberadas por el Concilio Vaticano II–, en el libro El Peronismo (1973) descubre las potencialidades revolucionarias del nacionalismo popular, y emocionado hasta los tuétanos de poder criticar las distintas variantes del marxismo local, queda embobado ante las posibilidades teóricas del peronismo.
Para este democratacristiano que integró las cátedras nacionales de la Facultad de Filosofía y Letras –cátedras organizadas bajo la dictadura del general Onganía, con el objeto de combatir el marxismo– la teoría de la revolución estaba por escribirse, y sería la sociología latinoamericana tercerista la encargada de hacerlo. No resultó exactamente así, nadie desconoce el tamaño de esa derrota histórica, que entre otras cosas también fue derrota teórica.
Pero como el peronismo no perdió pregnancia electoral, ese punto de vista atravesó el tiempo, y Antonio Cafiero escribe ahora sin ponerse colorado: “Ninguno de los grandes líderes políticos del siglo pasado mantiene actualmente una vigencia siquiera comparable a la de Juan Perón. Churchill, Roosevelt, Stalin, Mao, Nehru, Franco, Adenauer, De Gasperi, De Gaulle y hasta Getulio Vargas permanecieron en el poder más años que el propio Perón, e impulsaron transformaciones comparables a las del justicialismo. Sin embargo, hoy sus ideas están tan lejos de ser rectoras de movimientos políticos relevantes”.
El aserto, publicado en el número 48 de la revista Movimiento, dirigido hacia el interior de su propia corriente política, difícilmente se hubiera publicado en la prensa comercial. Entre otras cosas, porque nadie ignora que las tres banderas históricas de Perón (independencia económica, soberanía política y Justicia Social) fueron definitivamente arriadas por Isabel Martínez de Perón y arrastradas por el piso por Carlos Saúl Menem. A tal punto que habría que rastrear con lupa un presidente que haya citado las tres banderas en los últimos 25 años.

Por Gonzalo Cárdenas
“El peronismo y la cuña neoimperial”
Las ciencias sociales, a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, se justifican si parten del reconocimiento de la existencia de la nación moderna, cuya dinámica socioeconómica y político-militar es función de una estructura recién abierta, y en cuyos horizontes los grupos políticos más altamente organizados proyectan sus problemáticas, esencialmente históricas. Pero la proyección de esa problemática, de ningún modo es, o significa, la anticipación de ninguna “verdad-valor”, sino que las crea al sugerir y transitar los caminos que conducen a esas verdades y a esos valores.
Se enlazan así ambas problemáticas, la de la teoría de la revolución y la teoría de la organización revolucionaria, en la actual fase histórica que abre la Segunda Guerra Mundial.
La fuente viva de la revolución actual es el nacionalismo antiimperialista y también, por lo tanto, la fuente viva de toda ciencia social. De esta forma, las ciencias sociales fundamentan teóricamente el nacionalismo congelado y congelante de los Estados Unidos y de la Unión Soviética, y el nacionalismo liberador del Tercer Mundo. Es por lo mismo que podemos decir que el peronismo, expresión primordial y local de ese mundo, contiene en potencia un mayor nivel teórico en ciencias sociales que el marxismo, aunque carezca por el momento de una profusa bibliografía relativa a este problema, y del elevado grado de sistematización y universalidad que le dieron al marxismo sus clásicos, y siglo y medio de existencia.
La emergencia del peronismo en el horizonte revolucionario mundial, y junto con la problemática revolucionaria del Tercer Mundo, lleva a un necesario planteo de la evaluación de las herramientas conceptuales con las que los “marxistas”, “socialcristianos” y “liberales” intentan transformar la realidad. Estas herramientas no comprenden al peronismo, porque éste, en tanto fenómeno histórico-social, escapa realmente a su comprensión, englobando a todas esas concepciones, de hecho, como teorías particulares.
El “marxismo”, en tanto teoría de la revolución, fue procesado en y para un determinado espacio-tiempo: la Europa del siglo XIX. Por esa razón la izquierda local en sus elementos más honestos no percibe la caducidad y la falta de actualización de las herramientas conceptuales en el análisis de nuestra realidad, especialmente no ve al peronismo como nuevo campo epistemológico y primera manifestación de una nueva estructura con su correspondiente problemática.
De esa forma se explicarían los intentos de comprensión del fenómeno peronista desde el marxismo vigente –entendido como lo que hacen los marxistas en Argentina–: fascismo, capitalismo de estado nacional burgués, con un estado de carácter bonapartista, etcétera. Todos estos intentos atestiguan de por sí, con bastante claridad, la profunda falla teórico-conceptual que los fundamenta, y de su incorrecta práctica política, su consecuencia inmediata y directa.
Los datos manejados por las distintas variantes del nacionalismo pre-peronista, como por la “izquierda sin conciencia nacional” y por la “izquierda nacional”, ya vienen elaborados según las concepciones del espacio-tiempo pre-peronista, sin tomar en cuenta desde una nueva perspectiva al movimiento nacional de masas.
Perón ha dicho que el concepto del Tercer Mundo lo tenía ya claro durante la Segunda Guerra Mundial (1939-45); y que la ideología de la revolución fue hecho en el Consejo Nacional de Posguerra, y la define como: “...las grandes líneas ideológicas que debían corresponder a una comunidad organizada engranada en la evolución que se estaba produciendo en el mundo”. Luego define la doctrina como: “las formas de ejecución de esa ideología”.
Para Perón la ideología juega un papel estratégico y la doctrina es táctica, e implica la conducta política más general de la organización política del peronismo. Quince años más tarde Jean-Paul Sartre descubrirá que existe algo que se llama la “contraideología”, o “ideología por contragolpe”, lo que es lo mismo, decimos nosotros, que los elementos doctrinarios que enarbola un movimiento nacional-antiimperialista en cada momento dado que ese proceso revolucionario es ¡táctico! Pero Perón sigue siendo para los admiradores de Sartre un oportunista. Y es notable como persiste todavía la deformación cultural incrementada ahora por la intelligentzia coexistente.

Por Antonio Cafiero
Vigencia de las ideas de Juan Perón
Ninguno de los grandes líderes políticos del siglo pasado mantiene actualmente una vigencia siquiera comparable a la de Juan Perón. Churchill, Roosevelt, Stalin, Mao, Nehru, Franco, Adenauer, De Gasperi, De Gaulle y hasta Getulio Vargas permanecieron en el poder más años que el propio Perón, e impulsaron transformaciones comparables a las del justicialismo. Sin embargo, hoy sus ideas están lejos de ser rectoras de movimientos políticos relevantes.
Podrá parecer extraña esta afirmación, vistas las discrepancias entre los distintos sectores que hoy aspiran a representar al peronismo. Pero me animo a demostrar que –más allá de las disputas por el liderazgo– son más las ideas que nos unen que las que nos separan. Por supuesto, los politólogos que quieren defenestrar a nuestro movimiento tienden a ver en sus diferencias internas una brecha ideológica insalvable que sólo en el pasado habría podido ser zanjada por el supuesto oportunismo de nuestro fundador. Sin embargo, el peronismo históricamente ha dado una importancia peculiar a la elaboración y a la difusión de ideas. Lo que no tiene es una ideología cerrada, y eso quizá confunde a los académicos. Pero tal como demostraré en estas líneas, los valores que hoy comparten la mayoría de los peronistas no nacen de una conveniencia coyuntural, sino de un conjunto de ideas que supo sintetizar Juan Perón en su doctrina, y de ahí su vigencia aun pasados 35 años desde su fallecimiento.
En primer lugar, los justicialistas siempre creímos en la Nación como categoría histórica. Es a partir de nuestra identidad desde donde pensamos y obramos. Ella nos ha permitido impulsar la integración regional como una manera de fortalecer la soberanía política.
Además, el peronismo siempre se ha asentado sobre un humanismo que afirma la dignidad de la persona y su destino trascendente. Para el peronismo, el ser humano no es sólo un ciudadano, es una complejidad multifacética que trasciende el mundo en que vive. Esto habla de la existencia de derechos que hay que reconsiderar incesantemente para que la vida merezca ser vivida.
Para el justicialismo, los derechos humanos no se detienen en lo jurídico-institucional, pues también hay derechos sociales, económicos, culturales y hasta espirituales que los constituyen, porque el ser humano es sujeto de necesidades complejas. Esto supone afirmar que la libertad está ligada a la responsabilidad social y a la solidaridad como exigencias de la vida en sociedad.
Por la misma razón, para el peronismo la democracia no es sólo pluralismo político, sino que además incluye otros fenómenos –distintos a la política– que hacen a la justicia y la dignidad humana. Una democracia sólo es tal cuando construye una sociedad donde cada persona se siente sujeto en el quehacer de la comunidad que integra, cuando permite la consolidación de fuerzas transformadoras que animen la conciencia y generen la capacidad para doblegar el estancamiento y la injusticia, y cuando inspira a distintos sectores políticos y sociales a profundizar la participación popular como instrumento para modificar las relaciones de poder.
El pueblo es el sujeto capaz de transformar la historia y constituirse en su gran protagonista. Esta visión de la democracia no incita a la generalización del conflicto social, pero para el peronismo la lucha es parte inescindible de la democracia con justicia social. No nos concebimos como un dique de contención de los conflictos, sino como un canal profundo y generoso que ha nacido para irrigar a toda la estructura social con la energía de las demandas postergadas.
Para el peronismo la democracia se consolida cuando se desarrolla la capacidad de resolver los problemas, no cuando nos acostumbramos a convivir a pesar de ellos. La “calidad institucional” de una democracia no puede significar otra cosa que la capacidad de las instituciones para conducir a la sociedad hacia objetivos fijados democráticamente.
Por último, la política supone una acción colectiva, plural y consciente de transformación de la realidad. Es la capacidad de instaurar una realidad fundada en valores de la comunidad. La política no es tan solo el “arte de los posible”, sino el arte de hacer posible lo necesario. Esa fue la mayor enseñanza que Perón nos ha dejado, y que aún hoy sigue vigente.
http://www.elargentino.com/nota-76276-medios-142-Peron-tactica-estrategia-y-doctrina.html