2 feb 2010

El Banco Central, Redrado y la disputa por el relato Por Ricardo Forster

Ciertos acontecimientos de la escena política nos permiten ahondar en algo más que la coyuntura inmediata y sus exigencias de respuestas rápidas, de esas que parecen agotar, de un plumazo, toda su significación. Las demandas del aquí y ahora funcionan, en la mayoría de las ocasiones, como un límite para ejercer la reflexión crítica. Tratar de sortear ese chantaje de la “realidad” constituye un desafío y una necesidad a la hora de recrear las bases de un pensamiento político autónomo y no complaciente con esas histéricas exigencias de la coyuntura. Eludir la charlatanería insustancial que suele desplegarse alrededor de esas demandas inmediatistas se convierte en un ejercicio sin el cual siguen ganando la batalla comunicacional los retóricos de la palabra efectista y vacía.

El “caso Redrado” es, quizás, un ejemplo elocuente de lo que acabo de señalar. Estalló como la gran novela del verano, promovió, una vez más, duros e irreconciliables enfrentamientos entre el Poder Ejecutivo y gran parte de la oposición. Tirios y troyanos reeditaron una pelea que eludió sistemáticamente, una vez más y en especial de parte de la oposición y de los grandes medios, la puesta en claro de lo que realmente se está jugando alrededor del Banco Central y del Fondo del Bicentenario. Los medios de comunicación corporativos salieron inmediatamente a atacar la decisión presidencial de remover a Redrado de su cargo transformando, al ex golden boy, en una suerte de cruzado a favor de la sacrosanta República, un genuino heredero de Alberdi y de la Constitución del ’53, un heraldo de la calidad institucional y del espíritu de las leyes. Por parte del Gobierno tampoco hubo, en un comienzo, una clara explicación de lo que se estaba dirimiendo; eludió la imperiosa necesidad de comunicar con inteligencia y precisión el sentido de la controversia convirtiendo una decisión imprescindible en una suerte de vodevil de verano, en una especie de riña de gallos incomprensible para el común de los mortales.

Nuevamente faltó, eso es necesario decirlo, lo previo, la argumentación sólida, la puesta en evidencia de lo que se estaba poniendo en juego destacando con claridad (como más adelante lo hizo Cristina Fernández en un par de discursos algo tardíos) el núcleo del conflicto. Ese es un umbral que no se ha sabido o no se ha querido cruzar dejando que el frenesí de los acontecimientos, astutamente narrados por quienes manejan los canales comunicacionales dominantes, se devore la puesta en acto de una explicación articulada con un proyecto de mayor alcance que un decreto de necesidad y urgencia que, como su nombre lo indica, suele caer inesperadamente sobre la escena sin anticipar su importancia y su envergadura. Aquí radica uno de los problemas no resueltos por aquello que se inauguró en mayo de 2003: articular las acciones y las decisiones con un proyecto que se vuelva visible y reconocible para la mayor parte de la población (la derecha restauracionista sabe perfectamente por qué tiene que horadar y debilitar a un gobierno que, con sus dificultades y sus carencias, ha torcido, dando muchas veces muestras de coraje y decisión, el rumbo dominante de la Argentina contemporánea, un rumbo trazado desde marzo del ’76 por Martínez de Hoz y replicado, bajo nuevas circunstancias, por el menemismo en los ’90. El establishment no necesita que le expliquen nada, sabe reconocer inmediatamente a sus contrincantes y actúa en consecuencia.

Desplazar a Redrado era algo necesario, algo que debería haberse hecho con anterioridad, pero una vez que se decidió hacerlo no se tomó en cuenta la cuestión, ya remanida a estas alturas, de lo previo, de volver creíble una acción correcta impidiendo que el relato de la corporación mediática se salga con la suya. Para transformar un país, como lo dicen insistentemente los Kirchner, hace falta no sólo vocación de hacerlo, sino ser capaces de transmitirle a la sociedad la orientación de esos cambios comprometiendo a cada vez más sectores sociales en un proyecto de renovación nacional. Y eso implica abrir el juego, debatir ideas, anticipar el sentido de las medidas a tomar, incorporar y movilizar a quienes deberían inscribirse en un amplio frente democrático y popular. Entusiasmar renovando los lenguajes de la política.

Uno de los problemas con los que se enfrentó el “relato” del Gobierno fue la permanencia, por casi seis años, de un personaje como Redrado al frente del Banco Central junto con la continuidad de un estatuto heredado de la peor matriz neoliberal, estatuto que ni primero Néstor Kirchner ni después Cristina Fernández plantearon discutir y redefinir en el espacio parlamentario cuando lo hubieran podido hacer sin dificultades (quedó, como muestra de esa incoherencia y de esa falta de visión de más largo plazo, el proyecto de reforma elaborado por Mercedes Marcó del Pont, en un momento en el que tal vez el Gobierno no consideró que fuera oportuno ni políticamente necesario). Denunciar las carencias ideológicas de Redrado, señalar su compromiso de fondo con la lógica de la especulación financiera, destacar su pertenencia a la matriz dominante en los ’90, carece de verosimilitud allí donde se lo eligió y se lo mantuvo durante tanto tiempo. En todo caso, aquello que dijo Kirchner en un reportaje, justificando el nombramiento de Redrado en tiempos muy difíciles que exigían no pelearse con los mercados de capital, dejó de ser aceptable cuando se logró superar esa etapa inicial llena de complicaciones. Redrado siguió allí, a veces mostrando su verdadero perfil y otras disimulándolo, hasta que se volvió intolerable su papel de jefe autónomo de la principal estructura monetaria del país, la que tiene la responsabilidad de fijar políticas sin las cuales resulta imposible implantar ningún proyecto económico alejado de las ortodoxias financiero-especulativas. Redrado siguió siendo el representante del neoliberalismo, de su matriz ideológica sobre la que se funda el estatuto de autonomía del Banco Central. Es éste uno de los puntos principales de discusión, en él se puede encontrar la diferencia y lo que está en disputa.

El kirchnerismo, pareciera ser, necesita equivocarse para redescubrir el rumbo; necesita percibir que algo se hizo mal (no el hecho de desprenderse de Redrado sino el modo cómo se lo hizo o cómo se lo conservó durante tanto tiempo) para reencontrarse con su mejor discurso. Hoy eso se traduce en el imprescindible debate alrededor del estatuto del Banco Central, expandiéndolo hacia una discusión más profunda y amplia que incluya también una nueva ley de entidades financieras. El establishment sabe que alrededor de este sainete de verano se juega algo más que trascendental; sabe que décadas de manejo financiero discrecional pueden llegar a su fin rompiendo uno de los ejes principales de la herencia neoliberal en nuestro país. Redrado es apenas una excusa para dirimir estas cuestiones que van más allá de la coyuntura. Todos los actores lo saben y siguen aprestando sus armas para las batallas que se avecinan. Ojalá que el Gobierno recuerde que sin un relato verosímil, sin lo previo y sin entusiasmar al pueblo con un proyecto de transformación, los que seguirán imponiendo su lógica serán los poderosos de siempre. De ahí, entonces, que estemos situados en un más allá de la coyuntura y de sus demandas inmediatas, que lo que hoy hace ruido a través del “caso Redrado” no sea otra cosa que la disputa central alrededor de la cuestión de la igualdad de los incontables, que es lo mismo que decir, con otras palabras, que lo central en la Argentina de 2010 sigue siendo la disputa por la renta y su distribución.
http://www.elargentino.com/nota-75979-El-Banco-Central-Redrado-y-la-disputa-por-el-relato.html