
a fines del 2011 se plasmará un “cambio político” que lucirá propicio para tal tipo de planteos.
Cuando el ERR cobra andadura analítica, en general es acompañado por la consideración de lo que podría ser la compensación, en el mayor grado posible según sea el caso, del montante de recursos fiscales que aporta las retenciones. Alrededor, digamos, de los 8.000/9.000 millones de dólares.
Con relación a esto, se alude a la posibilidad de actualizar seriamente los valores de base contributiva del Impuesto Inmobiliario Rural. También se menciona el multiplicador que disparará el asunto, potenciando, se aduce, la recaudación de determinados tributos. Por el otro lado, también se contempla en ocasiones alguna reducción de impuestos –vgr., el IVA en alimentos– para moderar factibles alzas de precios involucradas en el asunto.
En nuestra opinión, tal cual lo señalamos reiteradamente, incluso desde estas páginas, la cuestión de las retenciones de ninguna manera se agota, como premisa básica, en un mero tópico tributario específico. Naturalmente, de manera extensiva, se puede asimilar las retenciones a un tributo, y hasta nosotros incurrimos en este método en ocasiones. Pero, estrictamente hablando, hay que aplicar las jerarquías del caso; en su defecto, el análisis se desvirtúa. Sin duda, las retenciones allegan recursos no menores al fisco –“recaudan”–, pero esto no da pie a confundir la esencia, limitando el caso a “compulsar unos impuestos específicos con otros”.
Obviamente, estos planteos vinculados con el ERR nacen con particular rigor en segmentos más asimilados al llamado arco opositor. No obstante, el propio oficialismo sostuvo posturas confusas acerca de la cuestión cuando asimiló el principal rol de las retenciones al menester distributivo. Error en el que también incurren no pocos heterodoxos. En realidad, en las retenciones, hay un factor distributivo, pero no es lo primordial.
El tema de la estructura productiva y laboral. En rigor, las retenciones entrañan un mecanismo orientador en términos de asignación productiva dinámica, es decir que son un instrumento estratégico orientador para el diseño de la dinámica productiva del país en el tiempo, que pretende objetivos macroeconómicos estructurales con acento en la configuración de la estructura de producción y los recursos humanos laborales de la nación.
Lo que se coloca sobre el tapete, y como bien lo explicó Aldo Ferrer en más de una oportunidad, es la perspectiva de la estructura productiva del país, sea en lo que atañe a su configuración interna, sea en su modalidad de integración mundial, como en lo relativo a la incorporación productiva de la población, algo, esto último, de gran significación.
Según lo expuesto, bajo una óptica neodesarrollista, cabe encarar un objetivo estructural que aspire a la mayor diversificación-integración productiva doméstica posible, que articule en plenitud los eslabonamientos de sectores y subsectores en lo que haga a la industria, al agro y a los servicios. Es esa misma estructura objetivo la que debe proyectarse sobre los mercados mundiales. Esta visión de diversificación productiva del entronizaje a nivel mundial, funge como el fiel correlato de la diversificación-integración doméstica perseguida. Se trataría del modelo “integrado y abierto” del que suele hablar Ferrer.
Esto descarta tanto la hipótesis de una extraversión absoluta, donde los sectores son pensados primariamente en cuanto a su entronizaje externo subalternizando la integración interna, como la introversión absoluta por la que se subestima la exigencia de la respuesta exportadora. Hay que densificar los eslabonamientos internos en sectores y subsectores, y articular su proyección externa, en lo cual, avanzar en la “reindustrialización”, esbozada con éxito poco tiempo atrás, es capital. Sólo así hay chances serias para el empleo de los recursos laborales en condiciones de más valor agregado y más productividad.
Estructura, tipo de cambio y retenciones. Precisamente, el tipo de cambio real es una variable relevante de cara a la problemática indicada. Su virtualidad estructural es significativa. Piénsese en el tipo de cambio “de equilibrio” ajustado al rango competitivo internacional, estáticamente considerado, del sector agrario, asumido en líneas generales. Un sector caracterizado indudablemente por los recursos naturales feraces del país, donde ahora hay un denso esfuerzo elaborativo y técnicas al día. Ciertamente, el sector lidera ese rango, y, por ende, el tipo de cambio de equilibrio afín tiende a ser bajo. De todas formas, podría cubrir una situación de cuenta corriente externa equilibrada. La gran insuficiencia, en lo que atañe al sector, incluido adyacencias y ramificaciones, es la capacidad de incorporación poblacional en condiciones productivas, en comparación con las exigencias que plantea el país. Por lo tanto, en este último aspecto, un modelo “agroexportador”, aunque moderno, tiende a ser raquítico en el último plano.
De aquí la relevancia de contar con un tipo de cambio real de por sí más elevado, proclive al despliegue del sector manufacturero, el que debe profundizar, a su vez, la adquisición de potencialidad competitiva, como lo vino perfilando en los años recientes. Esta visual dinámica ligada al enfoque de diversificación-integración productiva es la que favorece la extensión del valor agregado nacional y la incorporación productiva de los recursos humanos del país.
Las retenciones, por su lado, operan como una bisagra en este juego de alcance macroeconómico y estructural. Porque tienden a “compensar los tantos” en lo referido a los tipos de cambio de carácter sectorial. En principio, el tipo de cambio más alto afín a la industria, depara una cierta redundancia en lo que atañe al agropecuario, que las retenciones tienden a “absorber”.
Así, las retenciones aportan al fisco, pero, esencialmente no son un impuesto en sentido estricto, cotejable con otros a “igual nivel”, como si una eventual compulsa entre impuestos “a secas” bastara para el análisis. Tampoco son un elemento distributivo en cuanto a su sentido cabal, por más que exista cierto contenido al respecto en tanto las retenciones pueden prevenir, dadas determinadas condiciones, alzas de precios que lastimen las remuneraciones. Menos aun las retenciones son un recurso que, en tanto tal, sirva para cubrir automáticamente un gasto público en ascenso.
La comprensión de las retenciones tiene que ver con la categoría de la llamada enfermedad holandesa. La versión particular de ésta se vincula con determinado desempeño de los valores de los commodities, abarcando aspectos que atañen a la existencia de insumos o factores fijos y ventajas (rentas) estáticas, tendiendo a ser la manufactura el sector perjudicado. Pero una versión más amplia incorpora la enfermedad holandesa que provoca la afluencia generosa de capitales del exterior, capaz de pulverizar al tipo de cambio, de manera que el propio agro también resulta agraviado (los ’90).
Obviamente, en los últimos años, al no mantenerse esencialmente el nivel de dólar real, lo que significa como reverso costos sectoriales relativamente rebasados –incluidos particularmente algunos más específicos (vgr., agroquímicos) que merecían algún tratamiento ad hoc de descarga tributaria– y aplicándose mecanismos en las cadenas de valor que pudieron discriminar contra el sector, el agro tiene ciertas razones fundadas de queja. No obstante, sigue en pie la necesidad de que se reflexione hondamente sobre la modalidad estratégica básica de inserción sectorial en la economía nacional, con su implicancia cambiaria, lo cual da el marco principal para el examen estricto de la cuestión de las retenciones. Ante lo cual, reducir esta cuestión a un tópico de mero cambio de impuestos entraña una inaceptable banalización.
http://www.elargentino.com/nota-73306-Sobre-el-tema-de-las-retenciones-y-su-banalizacion.html