5 ene 2010

Opiniones recientes acerca de la crisis Por Eduardo Luis Curia

EL ROL DEL BANCO CENTRAL Y LA POLÍTICA MONETARIA

Los movimientos del Banco Central de la República Argentina (BCRA) se canalizan a través de una gama “variopinta” que exige, de modo recurrente, un examen detenido. Pasan los días, y esa gama tiende a ampliarse. Por ende, algunas circunstancias y formulaciones recientes reclaman un análisis. Por de pronto, recuérdese sucintamente nuestra posición más general sobre el rol del BCRA a partir de la asunción del actual titular. Aparte de lo explicitado en varios papers, también nos extendimos sobre el particular en esta columna.

A nuestro entender, el BCRA no alcanzó a lo largo del período una postura de convicción profunda acerca del modelo competitivo productivo -el MCP-, asentado en el tipo de cambio bien competitivo. Una variable crucial ésta, que en su faz nominal, incumbe directamente al BCRA. Es verdad que el cambio real no se fija enteramente a nivel de esa entidad -influyen al respecto factores que conciernen al Ministerio de Economía y al de Trabajo-, pero la incidencia que cabe al BCRA no deja de ser relevante. Es paradójico que el BCRA nunca refiriera alguna modalidad de objetivo cambiario real, pese a que éste luce consustancial al MCP. En el caso de que el BCRA hubiera asumido con rigor un objetivo de tal tenor, lo lógico era plantear formalmente ante los otros centros de decisión politicoeconómica la necesidad de coherentizar todas las políticas en consecuencia con ese objetivo clave.
El BCRA se apegó a una postura más híbrida o sincrética. Esgrimió el objetivo de neutralización de una volatilidad excesiva y del acompañamiento de la economía hacia una supuesta “velocidad crucero”, de difícil caracterización.
En toda esta movida, quedó involucrada, además, la cuestión inflacionaria. Desde ya, aspectos como el tipo de cambio real y la inflación se entreveran fuertemente. Las ópticas sobre el tópico discrepan. Probablemente, aquí también el BCRA buscó una posición meliflua.
Nos explicamos. En los corrillos económicos, sobre todo ortodoxos, aun arraigan posturas rancias que atribuyen, por sí, a la creación “laxa” de dinero o a movimientos de depreciación cambiaria la plena responsabilidad inflacionaria (acá también militan huestes heterodoxas). Precisamente, el antecesor de Redrado, Prat-Gay, expuso posturas de ese tenor. Sus recetas, aplicadas a cabalidad, habrían “difunteado” rápidamente al MCP.
En realidad, la conducción actual no se identificó con esas visuales. Por eso, suele ser atacada por los círculos de esa orientación, que le achacan una política monetaria relajada, más el sostén artificial del tipo de cambio, resortes propulsantes, aducen, de la inflación.
No obstante, el BCRA ha pretendido “navegar por el medio”. Así se explica que haya recurrido como supuesto instrumento de control de la inflación a metas de los agregados monetarios (M2) y/o a la progresiva adopción de un ancla cambiaria de inflación, reforzando por tramos el uso del cambio nominal (cuasi) fijo. Naturalmente, según los ortodoxos, el BCRA debió comprar en su momento muchos menos dólares, acotando la expansión monetaria y dejando apreciar el cambio nominal. Esto, hubiera dinamitado el sobrecrecimiento registrado.
No obstante, seamos claros: en defecto de la firme aplicación de un severo set de políticas fiscal, de ingresos y de oferta (políticas que la ortodoxia subestima en su incidencia), debemos aceptar que las metas de generoso crecimiento del M2 como las usadas oportunamente por el BCRA y/o la fijación nominal del tipo de cambio en su caso, resultan “pólvora mojada” (en el control de la inflación) frente a las presiones inflacionarias derivadas de los resortes no monetarios y no cambiarios del alza de precios. Entonces, el corolario del sincretismo es agrio: mientras la inflación efectiva (no la ilusoria) termina siendo excesiva, el tipo de cambio pierde a la par contundencia competitiva, cual anverso y reverso. El enfoque de “navegar por el medio” no cuaja del todo ni con la óptica ortodoxa ni con la neodesarrollista. Probablemente, esto sea la “gran virtud” del planteo al entender del propio BCRA.

ASPECTOS RESCATABLES. Explicado en la sección anterior aquello en lo que el BCRA se “quedó corto” -y, esto, interactuando con las debilidades en otros ámbitos de la política económica, llevó al desdibujamiento del MCP-, no se debe pasar por alto aquellos aspectos rescatables que merecen reconocimiento. Por ejemplo, tanto más hubiera accedido el BCRA a las fórmulas ortodoxas, más frustrado el sobrecrecimiento.
El enfoque de evitar grandes volatilidades, aunque incompleto, tiene plausibilidad. Se trata de que no se desbarate del todo el esquema económico. En esto, de cara a los shocks exógenos, como la última crisis mundial, el BCRA respondió positivamente en general, con alguna “mancha” sobre la que volveremos. El acopio de reservas mostró su utilidad al respecto. Obviamente, mientras ese acopio es para la autoridad monetaria un instrumento de valor por sí, para nosotros es el subproducto del objetivo cambiario competitivo.
Más recientemente, agradecemos al BCRA el que, mínimamente, haya buscado preservar (en lo esencial) el valor nominal de dólar, mientras otras monedas se aprecian ante esa divisa. No porque tomemos muy en serio al tipo de cambio real multilateral que calcula el BCRA (menos aun cuando el deflactor es el índice de precios al consumidor del Indec), sino por cuanto implica un cierto paliativo, aprovechando un tipo de cambio real que repuntó algo.
Por otra parte, cuando se trata de enfocar lo que venimos llamando el “segundo mejor”, el BCRA parece haber alzado los decibeles en cuanto a su reclamo de una mayor coordinación macroeconómica activa de cara a una mejor articulación de la política económica. Resáltese esta condición, porque sin ella, el propio “segundo mejor” corre riesgos.
Vemos, así, aspectos destacables. Pero, lamentablemente, atendiendo a algunas recientes opiniones de la autoridad monetaria -como las vertidas el pasado 16 de diciembre-, da la impresión de que “se vuelve a las andadas”. Analicemos brevemente el tópico: la “mancha” que citamos arriba.

LA VERDADERA COMPRENSIÓN. En las declaraciones aludidas, se dice que “si hubiéramos dado el salto cambiario que reclamaban, hoy no estaríamos saliendo de la crisis”. El enunciado nos causa cierta perplejidad: la depreciación del 26% ocurrida durante el período, ¿es, acaso, “verdurita”?. Desde ya, cabe pensar, si se lo desea, en ajustes mayores: del 40%, del 100% o más. Hubo quienes aludían a un hiperajuste en tanto veían al manejo macroeconómico sumido en el caos general. Luego, el tal ajuste, según esos economistas, remitía al “cambio de equilibrio” afín a la instancia.
De todos modos, volviendo a Redrado, y recordando los primeros discursos a poco de agudizarse la crisis externa, el nada trivial ajuste del 26% puede considerarse como una asunción -en el tiempo- de realismo, urgida por los hechos y las necesidades, que llevaron a rebasar las miras iniciales del BCRA, bastante aferradas a castrar la flexibilidad cambiaria, y que trasuntaban una inconveniente postura procíclica. Finalmente, y no sin remilgos e idas y vueltas molestas, se terminó aceptando una mayor flexibilidad cambiaria. La que, como argüimos, interesó menos por la gravitación de los overshooting de otras monedas, sino atendiendo a corregir el notorio debilitamiento del tipo de cambio real perfilado antes de la crisis. Sin mayores implicancias inflacionarias específicas, como lo anticipamos en su momento, ese mayor realismo, aunque no suficiente, facilitó el “dominio” del impacto de la crisis. Que reconocemos.
Pero, en resumidas cuentas, hay que ser justos en la comprensión de los hechos. El salto cambiario efectivamente acaecido, que estimamos sobrepasó las intenciones oficiales iniciales, tuvo la virtud de mejorar por un rato el posicionamiento cambiario. Si se lo hubiera profundizado un tramo adicional, algo que estaba perfectamente a mano, teníamos la llave para aspirar a un “primero mejor” de la política económica. Por supuesto, dado el giro tomado, ahora debemos conformarnos con la posibilidad de un “segundo mejor”. Precisamente, el que por lo menos podamos pensar en esta opción -lo que no quiere decir que sea segura su efectivización- es un fenómeno que permeabilizó esa respetable depreciación de alrededor del 26% (y que habría que preservar en cuanto a su alcance de paridad real), la que dudosamente estuviera prevista en la visión inicial del BCRA.
http://www.elargentino.com/nota-72335-Opiniones-recientes-acerca-de-la-crisis.html