A mediados de la década del ’70, convergieron acontecimientos, en el mundo y en el país, que provocaron un deterioro gigantesco y el derrumbe de la densidad nacional. En el orden mundial, la especulación financiera se convirtió en el eje dominante de la globalización. La liquidez internacional aumentó vertiginosamente, mucho más que la requerida por la economía real del comercio, la producción y las inversiones productivas.
El hecho obedeció al déficit de los pagos internacionales de los Estados Unidos y a otros factores, como?la acumulación de petrodólares en los miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Sobre estas bases, el sistema financiero de las mayores economías, montó un gigantesco casino para especular con las variaciones en las paridades, las cotizaciones en los mercados de valores,?las tasas de interés y multiplicar el crédito sobre la base de activos de alto riesgo.?El 95% de las transacciones en los mercados de cambios, actualmente superiores a u$s2 billones diarios, consiste precisamente en movimientos especulativos de capitales.
El proceso fue facilitado por la revolución informática y, especialmente, por la desregulación de las transacciones propiciada por los gobiernos de las mayores economías, bajo el liderazgo de los Estados?Unidos, cuya moneda, es la referencia de 2/3 del comercio internacional y otro tanto de las reservas internacionales de los bancos centrales del resto del mundo.
El mundo del dinero se convirtió en el principal protagonista de la globalización e impuso su ideología al conjunto del sistema. El credo neoliberal, plasmado en América latina en el Consenso de Washington, propició la desregulación y apertura indiscriminada de los mercados, las privatizaciones, el retiro del Estado y los tipos de cambios sobrevaluados, a través de los cuales, el déficit de países en desarrollo aumentó la demanda de crédito internacional.
Mientras tanto, en la Argentina, se desplegaba el alzamiento?de organizaciones armadas que amenazaban la seguridad del Estado y del asesinato por razones políticas, cometido desde uno y otro extremo ideológico de la violencia. En un escenario de desorden económico y caos político, se produjo el último golpe de Estado, a principios de 1976. El 2 de abril de ese año, el ministro de Economía del llamado “proceso de reorganización nacional”, anunció los objetivos y el programa económico del gobierno de facto.?
Los conductores de las fuerzas armadas de la época asumieron?la responsabilidad de restablecer la seguridad pública, pero su respuesta demolió la densidad nacional. En tres planos. Uno, la imposición del?terrorismo de Estado y la represión al margen de las leyes y de las normas de convivencia de una sociedad civilizada. Dos, la guerra de Malvinas para recuperar por la fuerza,?los derechos soberanos argentinos en el archipiélago, enfrentado a la potencia ocupante aliada con la mayor coalición militar de la historia. Tres, adhesión al credo neoliberal que convirtió a la economía argentina en una sucursal del casino especulativo internacional, iniciando un proceso incontenible de endeudamiento, desindustrialización, pobreza y paralización económica.
En el plano social, aumentó la pobreza, el desempleo y la desigualdad en la distribución del ingreso, profundizando las fracturas de la sociedad argentina. Los liderazgos pasaron a manos de jefes militares e intereses privados, cuyas decisiones desmantelaron el poder económico de la nación. En el plano institucional y político, se destruyeron las instituciones republicanas y los mecanismos de control de una sociedad organizada, provocando una agresión masiva contra los derechos humanos. En el campo de las ideas, se entronizó el paradigma neoliberal, subordinando a la política económica a la versión más retrógada y destructiva del “pensamiento céntrico”.
Sobre la base de la demolición de los elementos constitutivos de la densidad nacional, la política económica privilegió la especulación financiera, denominada en los informes del Banco Central del período, la “industria financiera”. En el período 1975/1983, mientras que el PBI per cápita cayó el 5% y los salarios industriales reales el 20%, la deuda externa más que se triplicó para representar más de cuatro?veces el valor de las exportaciones. La evolución del tipo de cambio, vía el régimen de la “tablita”, provocó una apreciación extraordinaria del peso, la cual, arrasó con?la competitividad de gran parte de la industria argentina, incluyendo empresas eficientes que operaban en la frontera del conocimiento, como las firmas electrónicas.?En aquel entonces, esa industria estaba, en la Argentina, tanto o más avanzada que en países como Corea y Taiwán, que construirían su potencial industrial y tecnológico?sobre ésas y otras manufacturas de frontera.
El campo, con un endeudamiento?creciente, apenas sobrevivió debido a la excepcional productividad basada en la dotación de recursos naturales. El objetivo de volver a un país pastoril, preindustrial, sin industrias, trabajadores ni sindicatos, concluyó con una economía postrada, insolvente y con un deterioro gigantesco de las condiciones sociales. Salvo en las privatizaciones de empresas públicas, el “pensamiento céntrico” fue aplicado hasta sus últimas consecuencias. El resultado fue el creciente déficit?del comercio internacional, la cuenta corriente del balance de pagos y las finanzas públicas. Los préstamos y la deuda y, de eso se trataba, se multiplicaron, hasta que los desequilibrios del sistema fueron evidentes, se interrumpió el acceso al crédito internacional y el sistema se desplomó.
La estructura productiva registró las consecuencias de la política económica. En un sendero de contracción, desequilibrios macroeconómicos y fuga de capitales, la industria perdió peso relativo en el PBI y el agro mantuvo el suyo, mientras los servicios aumentaron favorecidos por la mejora de sus precios relativos en contra de la de los bienes transables, sujetos a la competencia internacional. La actividad financiera hizo su América, mientras algunos, recién venidos e intrusos al núcleo dominante del sistema, fueron destruidos por las normativas del Banco Central. El aumento del desempleo deprimió los salarios reales y se agravaron la pobreza, la indigencia y la desigualdad en la distribución del ingreso.
El proceso de acumulación sufrió nuevas interrupciones. En el plano institucional y político, se agravaron los problemas inaugurados con el golpe de Estado de1930. En la economía, se fracturaron cadenas de valor, sobre todo, en las actividades complejas y paralizaron los desarrollos que habían sido revelados por los censos industriales de 1964 y 1974. El sistema nacional de ciencia y tecnología fue agraviado con la persecución de científicos e investigadores sospechados.
Cabe observar que en Brasil, en la misma época y también con un régimen autoritario, los científicos y tecnólogos, pensaran lo que pensaran, siguieron trabajando en el desarrollo del país.?La acumulación en la sinergia entre lo público y lo privado, fue liquidada por el comportamiento de un Estado que destruyó núcleos dinámicos de la actividad privada. A su vez, la acumulación de soberanía, de capacidad autónoma de decisión, que surge de los equilibrios macroeconómicos y la movilización de los recursos propios, fue sustituida por el sometimiento de un país endeudado a los dictados de sus acreedores y al pensamiento alienado.
El deterioro del posicionamiento internacional fue gigantesco. La Argentina ganó credenciales como un país bárbaro, cuyo Estado era capaz de violar los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Soportó las consecuencias de la derrota?militar por la aventura de Malvinas. Finalmente, en el abismo de la deuda y del desorden económico, el país pasó a ser un suplicante de la ayuda internacional, lo cual multiplicó su descrédito. Como cabía esperar, la demolición de la densidad nacional culminó con un descalabro, en todos los planos, desde el institucional al económico. En 1975, en vísperas del golpe de Estado, el costo de vida había aumentado casi el 200 por ciento. El programa económico del 2 de abril de 1976, seis años después, dejó una inflación del 350%; una fuga masiva de capitales; un déficit fiscal de más del 10% del PBI; otro semejante de la cuenta corriente del balance de pagos, y una deuda externa seis veces mayor, cuyos intereses devengados representaban el 60% del valor de las exportaciones.
* Director Editorial de Buenos Aires Económico
http://www.elargentino.com/nota-74676-La-demolicion-de-la-densidad-nacional.html