7 ene 2010

Entre dos golpes de Estado 1955-1976 Por Aldo Ferrer

QUINTA NOTA DEL BICENTENARIO

Después del golpe de Estado de 1955, la historia volvió a desplegarse como un contrapunto entre los hechos del sistema mundial y la realidad interna. Entre los primeros, se destaca la revolución cubana. Su triunfo a fines de 1958, tuvo una enorme repercusión en América latina. Abrió, en sectores contestatarios del orden establecido, la expectativa del cambio social por la vía armada. La relación establecida entre La Habana y la entonces Unión Soviética, convirtió a la región en un espacio privilegiado de la guerra fría, la cual no tenía nada que ver con los problemas reales del desarrollo económico y social de nuestros países. El resultado de la amenaza revolucionaria fue el triunfo de la alianza de las sectores conservadores con los establishment militares, fundada en la “doctrina de la seguridad nacional”, respaldada por los Estados Unidos.

Hacia la misma época había concluido la reconstrucción de Europa y Japón y comenzaba un proceso generalizado de liberalización de las relaciones económicas internacionales. Al mismo tiempo, el progreso técnico, con el surgimiento de nuevas actividades basadas en la electrónica, la biotecnología, la energía nuclear y otros conocimientos de frontera, impulsaba la transformación de las estructuras productivas y del comercio internacional. La revolución en las comunicaciones y el procesamiento y circulación de datos en tiempo real contribuían a estrechar las relaciones internacionales y a impulsar el proceso de globalización. En este escenario, Japón registró un extraordinario crecimiento, simultáneamente con un grupo de otros países de Oriente, los futuros “tigres”, Corea, Taiwán, Hong Kong y Singapur.

En resumen, hacia finales de la década de 1950, la Argentina enfrentaba amenazas a su seguridad nacional, una nueva fractura del sistema político con la proscripción del peronismo y la represión violenta de la protesta y, en este escenario, la necesidad de transformar su estructura productiva para acomodarse a las nuevas tendencias del desarrollo y del mercado mundial. La globalización penetraba el espacio argentino por la vía de la expansión y transformación del comercio mundial, la presencia de filiales de empresas extranjeras, las restricciones de acceso al conocimiento por los regímenes de propiedad intelectual y la incipiente presencia de la especulación financiera, la cual, comenzaba, entonces, su despegue. El país corría entonces el riesgo de perder su capacidad de decisión nacional y quedar atrapado en el juego de fuerzas sin control. Y, también, de volver a reinstalar lo que Prebisch llamó el “pensamiento céntrico”, o sea, la teoría dominante de los centros de poder mundial, como fundamento de nuestras propias políticas. Es decir, seguían planteados los desafíos fundamentales que enfrentó el primer peronismo, agravados por la renovada evidencia de la vulnerabilidad de la densidad nacional.

Era preciso, entonces, mantener los equilibrios macroeconómicos, remover la vulnerabilidad externa, incorporar las nuevas actividades portadoras del conocimiento y ampliar el perfil exportador con productos de creciente valor agregado y tecnología. El viejo modelo primario exportador y el relativo aislamiento de la posguerra habían dejado de ser viables como modelos de desarrollo. Ambos llevaban a la vulnerabilidad externa y a la inestabilidad. La cadena agroindustrial debía, por lo tanto, integrarse con un desarrollo industrial de amplia base para diversificar y expandir las exportaciones. Esto era también indispensable, a escala federal, para resolver el problema histórico de la concentración de la población y la producción en el viejo centro hegemónico pampeano y el Puerto de Buenos Aires.

Entre los golpes de Estado de 1955 y 1976, la economía registró un considerable proceso de crecimiento y transformación, en el marco de una volatilidad recurrente. Las disputas por la distribución del ingreso, inherente a las economías de mercado, tuvieron lugar en un escenario de cuestionamiento de los avances de la legislación social del peronismo, cuyos efectos se mantuvieron, en buena medida, a lo largo del tiempo.

El punto más grave de la fractura de la densidad nacional se asocia al plano institucional. La proscripción del peronismo envenenó las relaciones políticas y las mantuvo permanentemente al borde del abismo. Los retornos efímeros a la democracia y los golpes de Estado se sucedieron en 1958, 1962, 1963 y l966. Desde finales de la década de 1960, los alzamientos armados amenazaron la seguridad del Estado y crearon un clima creciente de violencia.

Respecto de los liderazgos, las Fuerzas Armadas mantuvieron su función de arbitraje de las tensiones que el sistema político no pudo resolver y ellas mismas, en diversos períodos, cuando ocuparon el poder, fueron portadoras de los diversos proyectos de país subyacentes en el escenario argentino. A veces, sostuvieron políticas de desarrollo nacional. Jefes, como los generales Savio y Mosconi, son nombres emblemáticos del desarrollo industrial y la soberanía energética. En otros momentos, sostuvieron ideas y políticas de filiación neoliberal. Los liderazgos empresarios oscilaron en posiciones ambiguas, generalmente cercanas a las posturas conservadoras. Entre tanto, la militancia sindical presionaba por los aumentos de salarios y los regímenes de protección al trabajador y, en el plano político, por el retorno de Perón.

El proceso de acumulación volvió a sufrir trastornos graves. Por un lado, la inestabilidad política y de la macroeconomía desalentó la inversión y promovió la fuga de capitales. La capacidad de respuesta frente a los nuevos desafíos y oportunidades de la globalización fue muy débil. Poco a poco, las filiales de empresas extranjeras comenzaron a ganar espacio respecto de las empresas de capital nacional, desalentando la acumulación de poder económico en el empresariado local. Sin embargo, en semejante escenario se registraron algunos avances tecnológicos significativos en áreas, como las biociencias y biotecnologías, en las cuales el país tenía y conserva un respetable acervo. Los sucesivos golpes de Estado fueron la evidencia de la incapacidad del sistema político de acumular tradición y práctica democrática en el marco de las normas constitucionales. Un hecho grave de ruptura de la acumulación fue la intervención de las universidades en 1966. La agresión provocó el desmantelamiento de institutos y equipos de investigación en las ciencias duras y en otras áreas, lo cual provocó un daño gigantesco al acervo científico y tecnológico del país.

La política económica del período incluye la estrategia desarrollista de Frondizi, el buen manejo macroeconómico de Illia y las variadas políticas de los gobiernos de facto. La inestabilidad del escenario político se manifestó en el problema crónico de la inflación y las recurrentes crisis en los pagos internacionales. La inflación pomedio se mantuvo en torno del 20% anual, con algunos años del 50% y 60% y picos, superiores al 100%, en 1959 y 1975.

Teniendo en cuenta las condiciones extremas de conflictualidad social y política y, consecuentemente, de inestabilidad macroeconómica, un hecho notable es que la economía registró un considerable crecimiento en el período. El PBI per cápita aumentó en esas dos décadas al 2% anual, acelerándose en la segundad mitad (1964-74) al 3%, superior al de la larga fase de expansión de la economía primaria exportadora. El largo proceso de industrialización sustitutiva de importaciones, iniciado en la década de 1930 y consolidado durante la guerra mundial y el primer peronismo, comenzó a dar sus frutos. Ciertas condiciones necesarias para el desarrollo industrial se mantuvieron y permitieron que, según lo miden los censos industriales, la industria manufacturera argentina alcanzara un considerable grado de madurez y capacidad competitiva. Al mismo tiempo, había comenzado el repunte de la actividad agropecuaria.

Sin embargo, el regreso de Perón al poder, en 1973, en el marco de la violencia desatada por los terrorismos de izquierda y derecha, impuso nuevos desafíos que el caudillo y sus sucesores no pudieron resolver. Comenzó entonces otra historia. La Argentina que, en ese entonces, contaba con una población cercana a los 30 millones de habitantes y había dado pruebas de un respetable nivel cultural y capacidad de gestionar conocimientos de frontera, inició un período trágico de su existencia política y la peor etapa de su desempeño en todos los planos.
Aldo Ferrer
Director Editorial de Buenos Aires Económico
http://www.elargentino.com/nota-72857-Entre-dos-golpes-de-Estado-1955-1976.html