Si hay un hecho que algunos consideran parecido a la actual crisis internacional es la crisis japonesa durante la década de 1990. Ben Bernanke, que iba a suceder a Greenspan a la cabeza de la Fed, ya señala la gravedad de la situación denunciando la extrema mediocridad de la gestión monetaria japonesa de los años ’80, en un artículo escrito en septiembre del 2000. Las similitudes existen. En los dos casos la crisis es producida por el estallido de una doble burbuja especulativa bursátil e inmobiliaria, y en los dos casos esas burbujas se alimentan de una política monetaria expansiva.
Pero vayamos hacia atrás para explicar primero el llamado “milagro japonés” de posguerra. Entrando en la década del ’60 la expansión económica de Japón comenzó a acelerarse. Las actividades de investigación y desarrollo, la importación de tecnología de punta junto a la adquisición del know how se incrementaron fuertemente. Este proceso requirió inversiones importantes, pero a diferencia de otros países Japón las orientó desde el gobierno facilitando créditos y evitando la formación de enclaves extranjeros. La elevada tasa de ahorro doméstico (40% del Producto Bruto Nacional, contra un 20% del PBN promedio de la mayoría de los países) aportó la inyección de capitales para financiar el crecimiento. La viabilidad y competitividad de las firmas japonesas no sólo radicaba en su propia organización interna, sino en la conexión con proveedores, bancos, subcontratistas y distribuidores. Por un lado, participaron los grandes conglomerados de la industria pesada con importantes inversiones en alta tecnología y, por el otro, una vasta red de pequeñas empresas familiares con métodos de producción más tradicionales pero eficientes y en general proveedoras de las primeras. Se desarrolló el concepto de producción toyotista basado en un método de control de la producción con los conceptos just in time (JIT).
Cierto es que Japón también recibió un fuerte apoyo de los Estados Unidos como principal comprador de los productos nipones, y se transformó en la nación-égida contra el comunismo en la región asiática. En 1960 el PBI japonés era de u$s44.000 millones (8,7% del PBI de los Estados Unidos), pero para 1981 ya representaba el 39% del PBI norteamericano, y el 60% en 1991. Esto se debió a una altísima tasa de crecimiento del 10,4% anual en los decenios del ’60 y ’70, y una menor, de 4,2% en la década del ’80. Allí se detiene el milagro japonés. El espectacular crecimiento de Japón estuvo sustentado en un círculo virtuoso: la relación productividad-consumo derivaba en una alta tasa de ahorro que iba a parar al sistema bancario. El auge crediticio, posibilitado por este circuito, la desregulación financiera y una baja tasa de interés, generaron las burbujas en los mercados inmobiliario y bursátil. Para tener una real dimensión de la burbuja inmobiliaria se pueden hacer las siguientes comparaciones: el precio de la superficie del Palacio Imperial equivalía al valor de todo el estado de California (Estados Unidos); la cotización de los campos de golf de Japón en 1990 duplicaba el valor de capitalización de la Bolsa australiana
El puntapié inicial de la crisis comenzó cuando, por presiones inflacionarias, se subió el tipo de interés desde mediados de 1989. Este hecho encareció el pago de las cuantiosas sumas prestadas para la inversión inmobiliaria y la especulación financiera precipitando el derrumbe de los precios de los inmuebles y la caída en un 50%, en nueve meses, del índice Nikkei de 1990. En 1991 los precios del suelo comenzaron a caer, reduciéndose a la mitad luego de nueve años y descendiendo en el 2003 a los niveles de 1980. Dado que el sistema bancario tenía gran parte de su capital en acciones y bienes inmuebles, juntamente con créditos garantizados con esos activos, los bancos redujeron de manera drástica los préstamos. Buscaban mantener el coeficiente de capital para afrontar mejor la morosidad de sus clientes y las carteras incobrables, debido a la gran depreciación de los activos que habían tomado como garantía. Pero como los propios bancos habían sido partícipes necesarios de esa doble burbuja, fueron también golpeados de manera directa, quebrando varios de ellos y transformándose el círculo virtuoso en uno vicioso. A pesar de las medidas expansivas para estimular el consumo interno, Japón entró en lo que Keynes llamó trampa de liquidez, es decir que los actores económicos prefieren la tenencia de recursos líquidos a prestarlos o invertirlos. En este período, la moneda japonesa tuvo una fuerte apreciación respecto del dólar, lo cual encareció sus exportaciones, motor fundamental de su economía exportadora. En 1985 el yen se revaluó frente a las principales monedas del mundo. El promedio era de ¥238 por dólar mientras que en 1988 –en las puertas del inicio de la crisis– llegó a ¥128 por dólar.
Como en la crisis del 2007-2009, el hundimiento de la Bolsa japonesa –cuyos valores se habían triplicado entre 1985 y 1989– fue espectacular; cayó un 60% en dos años. Al mismo tiempo, se produjo la caída de los precios de los inmuebles y de los terrenos. Esto llevó a los bancos, castigados doblemente por la pérdida de valor bursátil y por los créditos dudosos acumulados por familias y empresas, a reequilibrar sus balances. La forma de hacerlo fue vender a pérdida una parte de sus activos, lo que deprimió aún más los mercados y redujo drásticamente los créditos aumentando las dificultades de las empresas. En siete años, desde 1992, se dieron a conocer nueve planes de estímulo fiscal, llegando a representar el 25% del PBI. El gasto fiscal pasó del 2,9% del PBI en 1990 al 6,8% en el 2000. Durante el período 1992 a 1995 el crecimiento del PBI acumulado de Japón fue sólo del 1,25 por ciento. En 1994, siete organismos de créditos inmobiliarios Jusen quebraron amenazando con dejar en iguales condiciones a sus casas matrices, que no eran otras que los principales bancos del país. En 1997, se declararon en bancarrota tres bancos de inversiones importantes, lo que llevó a una crisis bancaria profunda. El mercado interbancario se paralizó y, un año más tarde, en 1998, el gobierno nacionalizó los bancos de inversión en quiebra, entre ellos el Long Term Credit Bank, uno de los establecimientos financieros más importantes del mundo. Sin desearlo, el gobierno decidió inyectar capitales públicos en el sector bancario por cerca de u$s500.000 millones, o sea, el 12% del Producto Interior Bruto.
Al mismo tiempo, la deflación se instaló en la economía, lo que dejó a la política monetaria impotente: las tasas de interés disminuyeron al 0,5% en 1995 y llegaron al 0% en 1999. En abril del 2003, el Nikkei tocó su punto más bajo, 7.830 puntos, lejano de los 39.000 puntos de diciembre de 1989. Para hacer frente a esta situación el Banco de Japón había decidido ya en el 2001 inundar el mercado financiero de títulos en dólares y, más tarde, el gobierno compró en masa el conjunto de créditos dudosos de los bancos. La recuperación se inició recién en el 2004 cuando la economía logró salir de la deflación. Sin embargo, todavía en el 2007, el crecimiento seguía siendo lento, 2,3%, para caer en una nueva recesión en el 2008 con -0,7% y las estimaciones del FMI predicen una caída mucho mayor en el 2009. Todo un espejo a nivel de país de la crisis mundial actual.
Mario Rapoport
Economista e historiador. Investigador superior del Conicet
http://www.elargentino.com/nota-65440-La-crisis-actual-y-su-espejo-el-caso-de-Japon.html