Ricardo Foster
Algo de esto sabe la actualidad en crisis de un capitalismo neoliberal que se despliega a partir del predominio de los flujos evanescentes de cifras inabarcables, de mercancías que multiplican ofertas inverosímiles proyectando la proliferación equivalente de consumidores bulímicos, de esos que nunca están satisfechos y que siempre quieren más. La información como la mercancía de las mercancías, como la punta de lanza de un sistema acostumbrado a disolver todo aquello que pueda interferir con su proliferación metastásica. Lo que el sistema necesita son consumidores sin memoria, multitudes sin rostro incapaces de interrumpir el flujo de un relato que suele expulsar lo relevante y lo que hace resistencia a sus propias producciones de injusticia.
Las extraordinarias jornadas del Bicentenario tuvieron, entre otras cualidades sorprendentes, la capacidad de romper la monotonía de ese relato dominante, fueron portadoras de “lo olvidado” por la historia oficial al mismo tiempo que abrieron un vínculo inesperado entre la multitud y las narraciones a contrapelo de lo que fuimos y de lo que somos como Nación. En las calles de mayo, entre los rostros incontables y abigarrados de quienes regresaban festivamente a la lengua que nombra lo popular, lo que se expresó fue una alquimia de política, arte, participación, fiesta y recogimiento emocionado ante la sucesión, formidable, de aquellas escenas que nos devolvían el recuerdo de lo hermoso y de lo terrible, de la esperanza y del horror. Nada de experiencia bucólica ni de “gente” que manifestó su rechazo al conflicto en el interior de la sociedad democrática o que se manifestó contra las crispaciones de la política. Nada más falso y expropiador de lo que fueron esos días luminosos que transformarlos en un descomunal gesto antipolítico, que convertirlos en la repetición malsana de un sentido común cualunquista, de ese que pareció dominar el amplio espectro de las clases medias de acuerdo a lo que machaconamente venía ofreciendo como relato de la realidad la corporación mediática.
Durante esos días se interrumpió el flujo de un discurso omnipresente en el interior de nuestra cotidianidad, de un discurso miasmático, patologizante y brutal que sólo atinaba a ofrecernos las imágenes de una sociedad desquiciada, asolada por la violencia, perversa y criminal. Buenos Aires, el pueblo derramado multitudinariamente en sus calles y avenidas, desmintió en acto y con la prepotencia de los acontecimientos inolvidables, la retórica del miedo y de la inseguridad esa que también se asocia con la crítica salvaje hacia cualquier acto del gobierno y que no hace otra cosa que buscar su horadación y su debilitamiento para abrir nuevamente las compuertas de la restauración conservadora. De día y de noche, en las plazas y en las diagonales, en el apiñamiento festivo de la multitud, en la contemplación participativa de desfiles y de imágenes, de músicas y de discursos, lo que fue suspendido y arrojado fuera del centro de la escena fue, precisamente, el relato mentiroso articulado desde las usinas mediáticas de los poderes corporativos. Estalló en mil pedazos un modo de contar la historia y de colonizar el presente y sucedió en el interior de una experiencia que tomó desprevenido y con las defensas bajas al establishment, desde siempre acostumbrado a fijar las coordenadas de lo verdadero y lo falso. Otro modo de decir y de actuar la vida argentina se derramó durante esos días. Sus consecuencias están por verse y por venir, sus enigmas de origen deberán ser abordados desde la interrogación reflexiva y crítica, de esa que es antagónica a lo fugaz y que busca sustraerse al chantaje de la última novedad.
El acontecimiento del Bicentenario ha sido coloreado, en su núcleo central y vital, por la reaparición de la multitud pero no bajo las condiciones de un festejo insustancial o carente de significación. El pueblo que se hizo masivamente presente descolocó lo esperado y lo esperable, gambeteó la lógica del prejuicio que desde hace mucho tiempo se había instalado en el sentido común dominante, ese que había arrojado al tacho de los desperdicios la posibilidad misma de una conjugación de pueblo, cultura, memoria y participación. Para ese sentido común que todavía prolifera entre ciertos periodistas y que sigue haciendo su agosto en lo más rancio de lo que se suele llamar “la gente”, la noción de multitud se vincula con descontrol y violencia, con desmadre y anarquía, de ella sólo es dable esperar una borrachera carnavalesca que es antagónica a la civilidad democrática y republicana. Menuda sorpresa se llevaron cuando ese pueblo invisibilizado no sólo se hizo presente sino que lo hizo combinando fervor y serenidad, festejo y tranquilidad, entusiasmo y reflexión; cuando esas multitudes tan temidas desde el fondo de nuestra historia se entrelazaron con un relato de esa misma historia que lograba interpelarlo como nunca antes se había visto devolviéndole a la propia noción de “patria” un sentido que parecía extraviado entre el escepticismo y la desolación de no poder imaginar otro país que no fuera el de catástrofes siempre anunciadas.
La multitud destrabó lo trabado del pasado y lo hizo porque algo importante viene modificando el presente. No lo hizo desde la nada o como quien todavía cree que a los bebés los trae la cigüeña desde París sin intervención de la carne y de la pasión. Lo acontecido en los días de mayo debe ser leído, también, a la luz de un país que no es el mismo y que ha sido conmovido por aquello que se inauguró un 25 de mayo de 2003 y que se multiplicó en su vocación de cambio en los últimos dos años. Entre la disputa por la renta agraria, la reestatización del sistema jubilatorio, la política extraordinaria de derechos humanos, la recuperación de Aerolíneas Argentinas, el trascendental debate que recorrió el cuerpo social y cultural y que concluyó con la aprobación parlamentaria de la ley de servicios audiovisuales rompiendo la hegemonía de la corporación mediática, la defensa del trabajo, del salario y de la producción local en medio de una crisis colosal de las economías centrales, la decisión presidencial de implementar la asignación universal que atacó el corazón de la pobreza y de la indigencia devolviéndoles a los sectores más vulnerables de la sociedad una visibilidad de la que carecían y un reencuentro con la ciudadanía a través de asociarla a la educación y a la salud, todo eso, más la recuperación política, cultural, económica y simbólica de la relación con América latina, se inscribió profunda y decisivamente en ese “inesperado” derrame de las multitudes que salieron a festejar el Bicentenario de la patria. Lo demás, como siempre, es del orden de lo azaroso, de aquello que se guarda en el secreto de una historia que lejos de estar cerrada y terminada siempre tiene dentro suyo la fuerza de lo sorprendente y la potencia de lo nuevo.
La multitud no sólo desarmó el relato de la derecha sino que, también, puso su cuerpo en movimiento para interpretar de otro modo el pasado produciendo esa alquimia única y sobresaliente que reúne los sueños no realizados de las generaciones de antaño con las demandas no resueltas de los actores de una actualidad inquieta e inquietante. Momento mágico, relámpago que interrumpe la serenidad del día habilitando aquello que sólo puede nacer de las canteras de un pueblo que, en esos días festivos, se encontró con sus fantasmas y con sus esperanzas, que recobró memorias dispersas y que leyó de otro modo la larga travesía de la patria. Tal vez, eso lo dirá el tiempo que se abre, hayamos sido testigos de un clivaje en la marcha lineal de la historia. Y, quizás, recordaremos la fiesta de mayo, esa que con audacia e inteligencia, riesgo y confianza fue propuesta generosamente por el gobierno nacional para que el pueblo la hiciera suya, como una decisiva donación popular a la continua reinvención de la democracia, de la justicia y de la igualdad.