1 jun 2010

El Plan Estratégico Alimentario Por Eduardo Luis Curia

Días atrás el Gobierno presentó el llamado Plan Estratégico Alimentario y Agroindustrial 2010-2016. La circunstancia es propicia para formular algunas reflexiones.
El plan comienza por establecer una metodología de trabajo muy amplia, disponiendo la participación de universidades, gobiernos provinciales y cámaras empresariales. Naturalmente, será relevante el conocimiento del contenido que vaya registrando progresivamente el trabajo aludido. De todos modos, el marco mismo del asunto y ciertas definiciones que lo acompañan, ofrecen una primera referencia.
Adviértase que se intenta establecer un criterio de planificación respecto de una cadena de valor de especial significación en el país, como lo es la agroindustrial, que proyecta una gran incidencia en el plano del comercio exterior, lo que está suponiendo, como concepto, un esquema integrativo de las distintas fases o dimensiones de valor de la cadena en cuestión.

La propia Presidenta señalaba que se apunta a “repotenciar el rol de la Argentina en el mundo como gran productor de alimentos, con mucho valor agregado de origen”. Una definición de este carácter, combinada con el enfoque de planificación a nivel de la cadena de valor, se compadece con una noción esencial que desarrollamos en más de una ocasión en estas páginas: la necesidad de definir progresivamente un perfil productivo-exportador que se integre al mundo con la mayor cantidad de valor agregado que sea posible, lo cual, a la par, se vincula con el criterio de que las exportaciones involucradas operen más bien como una proyección del mercado interno más que como un factor de relegamiento de él.

Los aspectos recién mencionados empalman perfectamente con el planteo estratégico. La economía nacional debe entenderse como una estructura integrada de valor, que avance desde sus bases hasta las formulaciones más densas de valor agregado. La producción agropecuaria arranca en la base de valor, detentado desde la óptica de la “competitividad estática”, como es sabido, una formidable ventaja internacional.

Una discusión relevante en nuestra historia en términos de opciones estratégicas, es la relativa al modo de inserción de la nación en el mundo. Frente a la hipótesis más tradicional que enfatiza la presencia en el mundo que traduzca directamente un entramado de densidad interna de valor acotado, la visión pro desarrollo reclama un esquema de complementación y de integración de valor nacional, que, a su vez, halle proyección en los terceros mercados.

En síntesis: se trata en este último enfoque de, siguiendo una terminología aplicada por Aldo Ferrer, aspirar a un modelo económico “integrado y abierto”. En un modelo de este tenor, existe menos una especialización por grandes sectores o ramas de producción –en tanto se aborda a la mayor cantidad posible de estas esferas– que una especialización dinámica por rubros, subrubros o productos, intentando siempre, en la resultante general, arrimar valor agregado creciente. Por ende, las exportaciones agropecuarias, y las de índole más general, deben insertarse en un tal contexto.
Desarrollo y exportaciones. Justamente, lo que también se señaló al presentar la iniciativa, es la voluntad de propender a una ampliación de la frontera productiva de manera tal de armonizar más adecuadamente los requerimientos del mercado interno con la necesidad de una fuerte proyección exportadora.

En este punto, recuérdese lo que expresábamos en nuestra nota “Las exportaciones en el desarrollo” (El Argentino, 29/3/2010), acerca del alcance estratégico de las exportaciones. Decíamos allí que correspondía superar los falsos dilemas como el que plantea una tensión irredimible entre el abastecimiento del mercado interno y la extensión hacia los terceros mercados. Propugnábamos la “superación envolvente” del asunto, que pasa por apuntar a una escala de producción más poderosa, capaz entonces de responder bien a los distintos frentes en forma simultánea.

A la postre, la “galvanización del desarrollo” supone jugar idóneamente en “ambas ligas” –adentro y afuera–, en función del mayor valor agregado posible. Acoplar la atención del mercado interno con el esfuerzo exportador propicia ventajas a escala y en términos de las llamadas “economías externas o colectivas”, resortes que permiten calzar en un círculo virtuoso de despliegue económico sostenido. Los casos de Japón, décadas atrás, y de China, más recientemente, abonan esta visual.

El quid es integrar de manera abarcativa y superadora las dos facetas “encontradas” o sometidas a tirantez que han tendido a signar molestamente nuestra historia económica. Se trata, en consecuencia, de la complementación de perspectivas que marcaba Marcelo Diamand a través de su recordada obra. Por un lado, el sector rural, más apto y experimentado originariamente en la dinámica exportadora, debía tender a reforzar sus eslabonamientos económicos internos; por el otro lado, un sector como el manufacturero, más ligado desde el vamos a los nexos económicos domésticos, debía potenciar su capacidad exportadora. Éste es el “mensaje” que nos disparaba Diamand, y que se halla más vigente que nunca como núcleo estelar del desarrollo.

La búsqueda de una sinergia. Obviamente, lo que venimos delineando, apelando a una impronta superadora, trasunta la posibilidad de una “sinergia”. La esperanza es que el citado Plan Estratégico Alimentario y Agroindustrial contribuya a efectivizar la tal sinergia. Su contenido será clave al respecto. A la vez, corresponde ser lo suficientemente realista como para precisar que el intento debe “compulsar” con toda una serie de peculiaridades que marcan, en lo perentorio, la presencia de estrecheces con las que hay que lidiar ineludiblemente. El acierto definitivo del planteo, en consecuencia, residirá en su capacidad para concretar el “empalme superador”.

Sin duda, hubiera sido preferible el haber contado con un plan de este tipo años atrás, cuando se desenvolvía en su máximo esplendor el modelo competitivo productivo. Cabe decir que uno de los frentes en el que fallamos ha sido el de la “administración inmediata” de las tensiones operantes, cual punto de partida, en materia de abastecimiento interno-externo en determinados ámbitos. Un ejemplo visible al respecto, aunque no único, es el relativo al mercado vacuno. Recientes vicisitudes en éste reconocen en dicho fenómeno a una de sus causales.

Por otra parte, como afirma la sabiduría china, “la larga marcha comienza con el primer paso”. En este plano se inscribe la cuestión tan primaria como inexcusable de las rentabilidades sectoriales de base, espectro en el que influye notablemente el tipo de cambio real, y, en dimensiones específicas, las denominadas retenciones, rematando entonces en los llamados “cambios efectivos”.

Lamentablemente, el nivel cambiario real presente, en su acepción seria, es nítidamente más débil del operante durante los años destacados de aquel modelo. Precisamente, la presidenta Kirchner se refirió al tipo de cambio competitivo del 2003. Y, en paralelo, los precios internacionales de los commodities han mejorado, pero no son “precios pico”. Luego, sectores del ruralismo calibran estos factores y, como resultante, promueven imponer la disminución de alícuotas de retenciones en varios rubros.

En verdad, a nivel de principio, no es aquélla la estrategia preferible. Pero tampoco corresponde desconocer el peso de los datos mencionados en el párrafo precedente. Como derivación de todo esto, parece ahora que “nos duelen” dos cosas: a) el que no hayamos sabido (los distintos sectores) consensuar, en ocasión de la discusión de la resolución 125, una “pendiente de la curva” en danza (curva de retenciones móviles) que permitiera, en perspectiva, un mejor posicionamiento ante la dinámica de cambio de los precios mundiales, y, b) el que el actual nivel del tipo de cambio real, en una estimación no eufemística, se haya distanciado del rigor competitivo de la fase modélica señalada (algo que, probablemente, subyace a las posibles medidas “oficiosas” de contención de importaciones, que no dejarían de suscitar ciertos bemoles).

En fin: el plan estratégico anunciado responde a una óptica general valorable, y puede significar una gran oportunidad. Importa como dato crucial, desde ya, su avance efectivo. Y también su habilidad para empalmar, con vigor superador, con diversas limitantes inmediatas que no son desdeñables en su incidencia.
http://www.elargentino.com/nota-92888-El-Plan-Estrategico-Alimentario.html