Markopoulo es una pequeña ciudad en ática, al sur de atenas. Un lugar con poco más de 15.000 habitantes, que tuvo su esplendor en 2004, cuando albergó las competencias ecuestres de los Juegos Olímpicos. Pero por estos días todo cambió, y se nota en los rostros de los vecinos. Sin la violencia de las manifestaciones en Atenas, aquí también la crisis griega se hace sentir y cambia nuestras costumbres. No puedo evitar recordar mis primeros días en la Argentina.
Tomar la decisión de mudarme a la Argentina no fue nada fácil. Recién llegada a Grecia desde EE.UU., y muy enamorada de un argentino que había conocido allí, la idea de conocerla parecía tan tentadora como intimidante. Lo único que sabía de ese lejano país tenía que ver con el tango y Maradona. Y mi español era menos que básico, casi inexistente.
En octubre de 2000, a los 22 años y con US$ 500 en el bolsillo, armé mis valijas, dejé mi familia y amigos atrás una vez más y tomé el avión para Buenos Aires. La idea era estar un tiempo corto, aprender el idioma, encontrar un trabajo y estar con el hombre que amaba.
Los primeros meses fueron difíciles. Mi novio era camarero y en marzo de 2001 empecé a trabajar en el jardín de infantes de la Colectividad Helénica. Nuestro pequeño departamento estaba en Almagro y desde los primeros días me habían avisado en qué calles podía caminar tranquila y cuáles debía evitar.
En esos días se hablaba de una posible crisis económica y de políticos corruptos. Trataba de entender lo que pasaba pero mi español todavía no me permitía poder seguir una conversación o entender las noticias de TV.
A fines de 2001 mi novio y yo decidimos casarnos. La fecha de nuestro civil terminó siendo emblemática para todos: 21 de diciembre de 2001. Los hechos de los días previos me habían dejado asombrada, nerviosa, confundida y con una gran incertidumbre. El Registro Civil estaba frente a un supermercado, y durante toda la ceremonia estuvimos nerviosos ya que los saqueos eran moneda corriente por esos días. Muchos de nuestros invitados no pudieron asistir: las rutas estaban cerradas o tenían sólo miedo a salir de sus casas.
No me olvido de la tristeza en las caras por la calle. Todas las conversaciones incluían los problemas económicos de cada uno, el miedo. Se escuchaban cacerolazos. Nosotros también subíamos a la terraza del edificio con cacerolas para expresar nuestra bronca. Fue impresionante escuchar ese sonido en cada terraza, en cada balcón, en las calles de todo el país.
Buenos Aires parecía una ciudad fantasma. Aprendí a agarrar mi cartera de ciertas maneras, a sospechar de la gente que caminada a mi lado, a no dar detalles de dónde vivía o trabajaba. En 2005 me separé de mi marido, pero decidí quedarme. Sentía que mi vida allí no había terminado aún. Después de conocer el país en sus momentos buenos, malos y peores, sentía una enorme conexión y creía que si había logrado sobrevivir durante la crisis económica, podría sobrevivir a todo. Me sentía una argentina más, pero con acento raro.
Tomé la decisión de volver a Grecia en 2009. Sentí que después de 8 años y medio había llegado el momento de regresar y estar con mi familia. Me daba mucho miedo cambiar mi vida una vez más, pero sentía que había ganado mucha experiencia y que había madurado lo suficiente como para dar este paso. Los primeros días de agosto pasado, a los 31, tomé el avión, con boleto sólo de ida, para Atenas. Iba llena de planes, sueños, esperanzas de una vida mejor cerca de los míos. Como decimos los griegos, “cada comienzo es difícil”, pero sinceramente ni me imaginaba lo difícil que iba a ser volver a empezar en Grecia. Desde los primeros días aquí empecé a buscar trabajo, pero no me preocupaba mucho, pensando que iba a aparecer en cualquier momento. Muchos hablaban de que Grecia iba a ser golpeada por una crisis económica, que mucha gente se iba a quedar sin trabajo, que iban a bajar los sueldos. Me parecía imposible, una mentira. No quería admitir lo que todos sabían.
Por suerte, el primero de marzo empecé a trabajar. Y digo por suerte porque ya no importa el sueldo, los horarios, la distancia del trabajo hasta mi casa: sólo importa tener trabajo y un sueldo a fin de mes. Muchos amigos y conocidos míos fueron echados o tienen miedo de que los despidan en cualquier momento.
La gente habla solamente de la crisis, y siente que todo va a empeorar. Los mayores, que vivieron las guerras, comparan aquellos tiempos difíciles con éstos. Los planes de comprar un auto, una casa o ir a vivir solos se posponen hasta nuevo aviso. Salimos a caminar en vez de cenar afuera. Invitamos gente a casa en vez de encontrarnos en algún bar. Volví a vivir con ese miedo diario, mirando las manifestaciones, la furia de la gente a la que le bajaron el sueldo, que está pagando errores de otros.
¿Se puede comparar esta crisis con la del 2001 en la Argentina? No lo sé. Al final nadie es intocable, nada es seguro, pero sigo teniendo las mismas esperanzas con las que viajé a la Argentina hace unos años. Las mismas que me hicieron volver a casa.
http://www.elargentino.com/nota-90444-Testigo-de-dos-crisis.html
