El reconocido economista destaca que los gobiernos ortodoxos dejaron una enorme agenda que los actuales mandatarios deben atender, y llama a reforzar la inversión en materia de educación para achicar la brecha entre países pobres y desarrollados.
Hace exactamente dos semanas la Legislatura porteña, a través del voto unánime de sus integrantes, decidió distinguir a Bernardo Kliksberg con el título de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.
Y es que este eminente economista argentino de origen humilde se ha convertido en una eminencia, al punto de ser considerado en la actualidad como uno de los principales expertos a nivel mundial en materia de lucha contra la pobreza. Autor de más de cuarenta libros, entre los que se destaca Primero la gente, en coautoría con el Premio Nobel Amartya Sen, en su afán de encontrar soluciones a los temas de pobreza que asolan al planeta, Kliksberg se ha dedicado a asesorar a más de una treintena de gobiernos de todo el mundo. Actualmente se desempeña como el principal asesor del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) de América Latina y el Caribe.
ENTREVISTA REALIZADA Por Horacio Aranda Gamboa
–Usted permanentemente hace alusión a la pérdida de la ética en la economía. ¿A qué se refiere con esto y en qué momento y por qué se produjo esa pérdida?
–La economía debe funcionar muy bien, con toda eficiencia, pero ¿cómo se mide si lo está haciendo adecuadamente? Funciona realmente bien cuando logra altos niveles de realización de valores éticos básicos. Cuando lleva a que los niños puedan terminar por lo menos la secundaria, la familia pueda desarrollarse, las mujeres no sean discriminadas, los jóvenes tengan trabajo, los ancianos estén protegidos. La ética es la meta con la que debe confrontarse. Ello exige que los actores económicos se planteen y asuman responsabilidades éticas. Que las políticas públicas sean éticamente consistentes, que las empresas privadas sean socialmente responsables, que la sociedad civil se movilice por la ética. La ortodoxia económica que predominó en las últimas décadas, suprimió toda discusión sobre los valores y las consistencias éticas. Escindió ética y economía. La ética no debía interferir en decisiones que debían ser meramente tecnocráticas. Así fueron los resultados en América latina, donde hay grandes “escándalos éticos” como la paradoja que produciendo alimentos para tres veces su población, el 16% de los niños estén desnutridos. Hay que volver a articular ética y economía.
Imagino que la pobreza estructural en los países de América latina en alguna parte debe estar relacionada con la corrupción en diferentes estamentos. La corrupción en un continente con 190 millones de pobres es una infamia. Tiene costos directos, por la sustracción de recursos escasos, pero además muchos indirectos, como sus efectos corrosivos sobre la moral social. La idea de que la economía y la ética son dos mundos separados, la facilita, todo vale en una economía puramente tecnocrática. Debe ser atacada con leyes, controles, impidiendo la impunidad, pero además en la educación y la cultura. En los ’90 algunos sectores llegaron casi a legitimarla en el país, si era hecha cubriendo las apariencias. Una investigación de Harvard en numerosos países muestra que hay alta correlación entre grados de corrupción y niveles de desigualdad. Si hay mucha iniquidad, un grupo pequeño tiene el poder, y la mayoría carece de educación, información y voz para controlarlo. Eso genera “incentivos” hacia la corrupción por las posibilidades de impunidad. Mejorar la equidad, como por ejemplo con grandes inversiones en educación, salud, trabajo joven, empodera a la población, aumenta el control social y reduce la corrupción.
–¿Cuál sería la agenda ética de América latina?
–Es un continente con una dotación de recursos naturales excepcional desde materias primas estratégicas, capacidades agropecuarias inéditas, un tercio de las aguas limpias del planeta, hasta fuentes de energía baratas, pero sin embargo, con más de un tercio de la población en pobreza. Entre los temas de la agenda ética están los 30 niños de cada mil que mueren antes de cumplir 5 años (frente a 3 en Suecia) por razones ligadas a la pobreza, las 90 madres cada 100.000 partos que fallecen (frente a 6 en el Canadá) por lo mismo, el 20% de jóvenes que están fuera del sistema educativo y del mercado de trabajo, las numerosas familias que se desarticulan bajo el embate de la pobreza, las 50 millones de personas sin agua potable, y las 120 millones sin un baño, con graves riesgos de salud, las discriminaciones subsistentes hacia las mujeres, los altísimos niveles de pobreza de los indígenas y las población afroamericana. Detrás de por qué un continente tan rico potencialmente tiene tanta pobreza y exclusión se halla el hecho de que es el más desigual de todos. La ciudadanía está dando un claro mandato en diversos países a los nuevos gobiernos que quiere que temas como éstos sean prioritarios, que aspira a una economía con rostro humano donde entren todos, y ellos han puesto en marcha numerosas políticas renovadoras. Hay avances alentadores.
–¿América latina puede salir o al menos comenzar a ver un panorama menos crítico en relación con la pobreza en el corto o mediano plazo?
–Según el latinobarómetro, la gente está pidiendo un Estado más activo, al mismo tiempo de una calidad superior, bien gerenciado, con cero corrupción, profesionalizado. Esta demanda ha servido de apoyo a una nueva ola de políticas económicas y sociales, dirigidas a proteger y estimular el aparato productivo nacional, y atender seriamente algunas de las mayores urgencias sociales con enfoques avanzados. Entre muchos otros ejemplos son llamativos los éxitos de programas como Bolsa Familia en Brasil, que llega a los 45 millones más pobres; Ceibal en Uruguay, que dotó de computadoras a los 350.000 niños de la escuela primaria y dio Wi-Fi a sus escuelas; los grandes programas de protección social a los ancianos y guarderías para las mujeres que trabajan generados por Bachelet en Chile, y antes los programas proequidad de Lagos; los programas de economía inclusiva de población pobre en el Ecuador; el programa de subsidio universal a los hijos de trabajadores informales en la Argentina, que llega a más de 3 millones de los niños más pobres. Muestran todos que se puede enfrentar la pobreza en la región, pero la agenda que dejaron los modelos ortodoxos es muy exigente y vasta, y las desigualdades muy profundas, así que hay mucho por hacer.
–Tanto en la Argentina como en el resto del continente se han ido creando bolsones marginales, gente que directamente se cayó del sistema productivo. ¿Cómo se recupera a estas personas a la vida productiva de un país, si es que esto es posible?
–Efectivamente, las altas desigualdades generan las “trampas de pobreza”. Un niño que nace en un villa miseria, una Favela, o un tugurio, es más vulnerable en salud, puede ser explotado en el trabajo infantil, sus padres tienen escasa educación, y relaciones; la familia presionada por la pobreza puede desarticularse, difícilmente termine el secundario. Con todas estas limitaciones y sin secundaria no podrá conseguir trabajo en la economía formal. Quedará en la informalidad, sin protección de salud ni previsional. Las políticas públicas pueden y deben romper estas trampas, con programas específicos para estos jóvenes de completamiento de estudios, capacitación en oficios, conexión con el mercado de trabajo, y otros. Las experiencias demuestran que son absolutamente rescatables. Empresas privadas socialmente responsables y la sociedad civil pueden ayudar mucho en estos programas. Hay que crear puentes con ellos. En la Argentina son muy positivos los resultados de los programas que se están impulsando desde el Ministerio de Educación para apoyar a que aprueben materias pendientes; los múltiples programas de inclusión impulsados por Cáritas, o las Bolsas de trabajo modelo establecida por la AMIA.
Un tema que especialmente habría que tener en cuenta, con frecuencia marginado, es lo que sienten los pobres. Cuando en una amplia encuesta mundial en 60 países, incluida la Argentina, se les preguntó qué les dolía más de la pobreza, explicaron que les afectaban las privaciones de todo orden: agua, salud, educación, pero lo que más los hería era la “mirada de desprecio”, el que los vieran como subpersonas de una categoría inferior. Lo primero de todo es romper con eso, valorarlos, promover su autoestima, darles plenas oportunidades de participar en el diseño y la implementación de los programas dirigidos hacia ellos. Ya el texto bíblico exige el máximo respeto por la dignidad del pobre.
–¿Qué rol juega la educación de los pueblos en las economías del siglo XXI? ¿Qué medidas recomendaría aplicar en esta materia?
El siglo XXI será conocimiento intensivo. La educación hace la gran diferencia a nivel de las personas, las familias, y los países. Por otra parte, están verificadas cuestiones muy importantes para América latina. A más educación menor embarazo adolescente, y menor mortalidad infantil; a más educación, menor delincuencia juvenil. A pesar de los progresos en la región, 6 millones de jóvenes no terminaron la primaria, sólo el 43% de los niños termina la primaria en la edad y números de años previstos; en muchos países, más del 50% no finaliza la secundaria, la dotación de las escuelas públicas es precaria, la profesión de maestro está desjerarquizada. La desigualdad funciona muy fuerte en educación, las deserciones y la calidad recibida son muy distintas según el estrato social. Es necesario reforzar la inversión, es el 4,1% del Producto Bruto, a distancia de los países en desarrollo (4,5%), y los desarrollados (5,3%), dignificar al maestro que es la clave, mejorar calidad, también enseñar valores.
http://www.elargentino.com/nota-90201-Hay-que-volver-a-articular-etica-y-economia.html
