Era el 6 de diciembre de 1983 y este redactor, presto a dejar atrás el exilio, había quedado en tomar un café con Lula para despedirse. Pasó por la Fundación Wilson Pinheiro, sede petista del hormiguero intelectual que febrilmente trabajaba junto al pernambucano, y encontró a éste en medio de una apasionada discusión con varios colaboradores acerca del papel de los trabajadores brasileños. Fue en esas circunstancias que el hoy columnista le jugó una apuesta: Lula sería el primer presidente obrero del continente. En 2002, cuando ya finalizaba el segundo congreso del PT en Ouro Preto y el triunfo electoral estaba a la vista, Lula pagó la apuesta: una botella del mejor aguardiente de Minas Gerais. Quien esto escribe siempre se enorgulleció de haber tenido, en 1983, ese sueño loco, pero lo que jamás imaginó es que, un buen día, Lula sería argentino.
La noticia de que el presidente brasileño, en un alegato tan firme como sorprendente, había reclamado para América latina y el Caribe la defensa incondicional de los derechos argentinos sobre las islas Malvinas, saturó todos los cables provenientes del encuentro de Playa del Carmen. Pero no sólo la defensa de la soberanía argentina en Malvinas sorprendió: también su planteo de la necesidad de reformar el papel de las Naciones Unidas y un muy duro cuestionamiento a los integrantes de su Comité de Seguridad, porque le exigen a los demás Estados miembros una disciplina y una moral que ellos jamás cumplen. La intervención de Lula arrasó las resistencias formales opuestas por los países caribeños de la Commonwealth y neutralizó la burda provocación de Álvaro Uribe quien, a sabiendas de que allí se sentarían las bases para el nuevo organismo -que ya no contará con la presencia de los Estados Unidos y Canadá- buscó alterar la ineluctable marcha hacia el consenso regional. De yapa, una fija que nadie osaría desmentir: Lula será el primer secretario general de dicho organismo, justo para cuando deje de ser el presidente de Brasil.
Correrá mucha tinta después del encuentro de los presidentes en México y no vale la pena malgastar este espacio con glosas y alabanzas. Pero hay una cuestión que es insoslayable: si un poco, no mucho a decir verdad, un poquito de la política doméstica superara sus estrechos límites canibalescos; si esta visión de cabotaje que predomina en lo que se entiende por acción política se preparara para vuelos más largos y ambiciosos; si, en suma y para no agobiar, existiese una mínima predisposición para sacar conclusiones más allá de las que sugieren los cables informativos desde México, entonces otro gallo cantaría.
El papel sobresaliente de Lula (que no pocos medios pretendieron como un demérito para la Presidenta argentina) se basa en una convicción de la diplomacia brasileña: por más grande, importante y poderoso que pueda ser su país en el contexto regional, solo y sin sus vecinos nada podrá a escala planetaria. Hace tiempo ya que el PT eclipsó algunas de sus coloridas vetas constitutivas que abrevaban en el ideario gramsciano, pero ello no le ha impedido asumir que la disputa por la hegemonía –tanto dentro como fuera de Brasil– supone un tránsito permanente entre el conflicto y el consenso. Al contrario, la búsqueda permanente de aliados y una consideración siempre especial para quienes ya lo son, caracteriza a la política que comanda el ex tornero mecánico. ¿Demasiado pragmatismo? Quién podría responder, pero lo cierto es que la enorme popularidad de Lula está enraizada en que ha sabido –siempre, eh, no desde ayer– lograr que hasta sus más ínfimos objetivos políticos fueran traducidos, por la enorme diversidad de sus aliados, como si fueran propiedad de cada de uno de ellos.
Vale preguntarse, entonces, qué diablos pasa por la cabeza de aquellos que, este columnista incluido, saben que a la izquierda del kirchnerismo no hay nada y, no obstante, persisten en una actitud casi suicida de no juntarse, arrimar posiciones, deponer mezquindades. La pregunta no es ociosa. Ahí está el fogonero Mariano Grondona, dele y dele echar paladas de combustible para que la raquítica locomotora del pacto entre Rodolfo Terragno y Eduardo Duhalde arrastre al destartalado convoy de las derechas argentinas. Podrá tener éxito ese pacto, o no, pero en cualquier caso pone en evidencia que, del otro lado, hay mucho por hacer. O más grave, lo que hay es un discurso político que, a estar por las escasas adhesiones que concita entre las mayorías populares, dista mucho de poder unir las acciones, medidas reparatorias y aun las políticas de fondo que viene encarando el Gobierno, con la complacencia manifiesta de los beneficiarios. Esta brecha no se zanja con voluntarismo militante, pero tampoco con el anacronismo político de suponer que la primera persona del plural únicamente designa al Gobierno. Y que conste: esto le cabe tanto al Gobierno como a quienes lo apoyan con más o menos distancia de sus actos.
Es preciso poner en discusión qué significa, en términos de discurso, acción y batalla cultural, la noción y la identidad de “nosotros”. El pronombre personal no es un auto de fe, puede y debe ser una construcción colectiva en la que cada quien sepa que, por fuera de ella, están los otros, los que no pertenecen a esa identidad. Esto implica que el sentido de pertenencia, antes que de una concesión graciosa que los demás harían, deviene de una acción en la que el protagonista siente que tiene arte y parte en el asunto, que no es preciso superar ninguna prueba de saliva porque, precisamente, su protagonismo es constitutivo de esa identidad plural.
Como en aquella película de Juan José Campanella, en la que la porfía de un tipo por impedir el fin del club del barrio se convierte en el santo y seña de casi todos los vecinos, así también habría que entender la dimensión de lo que está en juego en este país. O como en México, donde la firme determinación de instalar el tema Malvinas, por parte de Cristina Fernández, posibilitó que el presidente brasileño unificara todas las voluntades, aun las de los más remisos. A los ojos del mundo resultó que Lula, nacido en Garanhuns, estado de Pernambuco, bien podía ser de Avellaneda.
*Sociólogo, Conicet.
http://www.elargentino.com/nota-79956-Lula-de-Avellaneda.html
