9 ene 2010

La Argentina optimista - Una radiografía de la sociedad del Centenario


Pese a las convulsiones políticas y a los conflictos sociales que asomaban, cien años atrás los argentinos no dudaban de que el futuro les sonreía. En su libro El Centenario, la Argentina en su hora más gloriosa (Editorial Planeta), el ensayista e historiador Horacio Salas traza una pintura del país de 1910.
El sofocante primero de enero de 1910 el cielo de Buenos Aires amaneció sin una nube. Los lectores que aún con el sopor provocado por los excesos de la víspera recibieron La Prensa, por entonces el diario de mayor circulación de lengua castellana, se encontraron con un grueso ejemplar adecuado al año celebratorio que comenzaba.

En tapa, junto con los avisos clasificados donde se pedían y ofrecían servicio doméstico y amas de cría, se anunciaba una veintena de espectáculos teatrales (había más de sesenta salas en la Capital), diez novedades cinematográficas y varias salas de entretenimientos que ofrecían forzudos, malabaristas, lanzadores de cuchillos y virtuosos del tiro al blanco.

En el Teatro Argentino, la compañía de Florencio Parravicini representaba tres piezas a las dos y media de la tarde y otras tres –diferentes– a las ocho de la noche. Aquellos que para celebrar el nuevo año programaban llevar a sus vástagos al circo tenían una nutrida oferta. Para los cultores de novedades patrióticas, preanuncio de las muchas que vendrían más adelante, esa tarde se presentaría en el Pabellón de las Rosas un espectáculo en el que “niñas y jóvenes distinguidos, de la mejor sociedad” actuarían una reproducción de los sucesos de 1810 en cuadros vivos. Es de suponer que buena parte de los lectores de La Prensa se habrán sumergido en la nota editorial sobre los peligros que entrañaba el acercamiento a la Tierra del cometa Halley, encuentro que iba a producirse justamente en los días previos al Centenario.

Orgullosos del progreso del país, los lectores pudieron enterarse de que en el año finalizado la noche anterior, los ferrocarriles (en manos de capitales británicos) habían transportado 46.025.000 pasajeros y más de 29 millones de toneladas de carga. Y hablando de cifras, Clemente Onelli, director del Zoológico porteño, no disimulaba su satisfacción al declarar que por el establecimiento, considerado a la altura del modélico Zoo de Berlín, habían desfilado 1.276.005 visitantes en 1909.

Los rematadores Bravo-Barros ofrecían casas y terrenos en los sitios tradicionales y también en nuevos barrios de la capital, como Caballito y Villa Urquiza, que comenzaban a poblarse lentamente. RCA Víctor acababa de poner a la venta nuevos discos de Titta Ruffo, quien pronto volvería a presentarse en Buenos Aires (donde ya había cosechado verdaderos fanáticos de su canto). Para damas hacendosas, la firma New Borne brindaba sus tradicionales máquinas de coser y dada la inminencia de las vacaciones, se multiplicaban los avisos de casas en venta y alquiler “en la distinguida playa de Mar del Plata”. Una manera relativamente novedosa (el auge no contaba más de un lustro) de soportar los rigores veraniegos.

Sin embargo, al comenzar 1910 la situación no era tan plácida como aparentaba la lectura del diario. El sistema político establecido hacia el ochenta con el ascenso al poder del general Julio A. Roca (después de su exitosa Campaña del Desierto) comenzaba a dar signos de agotamiento. El presidente José Figueroa Alcorta, que a la muerte de Manuel Quintana en 1906 había asumido el Poder Ejecutivo para completar el período hasta octubre del diez, no había sostenido una gestión calma y ya había debido recurrir al cierre del Congreso para poder gobernar sin la sistemática oposición del roquismo en el Parlamento y enviado interventores federales a las provincias de San Juan, San Luis, Corrientes y Córdoba; las continuas huelgas y protestas obreras habían conducido a una severa represión que deterioró la imagen del presidente entre los sectores populares. El reiterado fraude electoral se hacía insostenible hasta para los mismos defensores del régimen, y entre los más lúcidos dirigentes conservadores se hablaba de la necesidad de una reforma que al menos brindara tibios tintes democráticos a futuros comicios. El radicalismo conducido por Hipólito Yrigoyen se mantenía en la abstención después de un frustrado levantamiento cívico-militar en febrero de 1905, y tanto el Partido Socialista (también en la abstención en respuesta al estado de sitio) como las organizaciones obreras y los grupos anarquistas reclamaban –con diferentes grados de virulencia– la necesidad de una transformación que tuviese en cuenta la cuestión social y el mejoramiento de los niveles de vida proletarios en creciente deterioro.
Sólo la prensa obrerista hacía referencia a aquellas cuestiones que eran eludidas y censuradas, o por lo menos muy apaciguadas en el resto del periodismo, amparado en el principio de que lo que no se menciona no existe. Por ello, como en general el público ignoraba la magnitud de la represión del primero de mayo de 1909, la sociedad argentina habría de conmoverse hasta las raíces al enterarse del atentado anarquista que meses después acabaría con la vida del Jefe de Policía, coronel Ramón Falcón, y la de su secretario Santiago Lartigau, el 14 de noviembre de ese mismo año. El primer día de enero de 1910, el estallido de la bomba homicida todavía resonaba en los oídos porteños. Y muchos comenzaban a plantear la conveniencia de crear controles al ingreso de inmigrantes de manera indiscriminada.
A un ritmo tan lento que hacía temer que las reformas no llegasen a tiempo, la Municipalidad de Buenos Aires y la Comisión del Centenario preparaban los festejos de mayo.
Fecha en la que los argentinos de todos los estratos sociales alentaban la ilusión de mostrar orgullosos un país pujante, moderno y progresista. Pero a menos de cinco meses de las fiestas, las manzanas de la proyectada plaza del Congreso aún ostentaban sus antiguas construcciones: algún galpón, un viejo aserradero y casas desocupadas aparecían por esos días en fotos periodísticas para señalar el atraso de lo que –en teoría– debería inaugurarse el 25 de mayo. Había dado comienzo el año y todavía no se había diseñado un programa oficial de festejos y los países invitados no habían designado aún a sus representantes.

Varias huelgas (sólo el año anterior se habían producido ciento cuarenta, una de las cuales había mantenido a casi cinco mil trabajadores en conflicto) sumadas a las marchas y contramarchas oficiales sobre el plan de celebraciones, atrasaban el inicio de las obras, y ese retraso –para la mayoría de la gente– implicaba improvisación y hacía temer que peligrase el brillo del mismo Centenario. Por ello, el editorialista de La Prensa alertaba: “Invitar a todos los países del mundo para obligarlos a exponer en palacios de madera y papel, y aún sin terminar, no es muy serio que digamos”, decía. Pero más allá de la preocupación de los diarios, los argentinos se aprestaban a festejar los cien años de la Revolución de Mayo con la pompa y el fervor dignos de un país que –según aseguraban los visitantes extranjeros– en pocas décadas podría estar entre los más poderosos del mundo.
Un agresivo fervor patriótico, mezcla de orgullo y complejo de inferioridad, dejaba al descubierto antiguas inseguridades argentinas que se traducían en un deseo enfermizo de conocer la opinión que los extranjeros tenían sobre el país, tendencia que con los años tomaría carácter de hábito nacional.
El año de festejos traería aparejada una suerte de memoria y balance de lo realizado, que al mismo tiempo implicaba la confirmación de las tesis planteadas en el proyecto del ochenta: un país agrícola-ganadero, económicamente dependiente del Imperio Británico, y que la realidad había hecho además culturalmente afrancesado, admirador de la ópera italiana, de la tecnología alemana y de la puntualidad de los ferrocarriles ingleses, despreciativo de la grosería norteamericana y por lo tanto desinteresado de sus logros. Una república regida por la constitución democrática y federal sancionada en 1853, que sin embargo era gobernada por una oligarquía que aceptaba cada vez menos las voces discordantes. Pero en los primeros días de 1910, todos los argentinos coincidían en algo: estaban orgullosos de serlo. Y mientras la mayoría se refugiaba en la pura retórica patriótica, otros trataban de encontrar las motivaciones auténticas de las esperanzas puestas en el futuro del país.
http://www.elargentino.com/nota-71935-medios-120-La-Argentina-optimista.html