En las sociedades preindustriales, es decir esclavitud y feudalismo, el poder se ejercía de modo directo y brutal; excepto la Iglesia, las instituciones no existían o eran muy elementales, las personas carecían de derechos y de capacidad para confrontar a sus explotadores; cosa que explica que, exceptuando Haití nunca hubiera una revolución de esclavos y que en 2000 años ninguna rebelión de siervos hiciera peligrar el feudalismo europeo. Hasta el debut de la burguesía apenas existía la noción de vanguardias políticas.
El progreso civilizatorio, acompañado del crecimiento de la población y la profundización de la ilustración de las élites, la formación de las nacionalidades y concomitantemente de la conciencia y la psicología social, el desarrollo de las monarquías absolutas y la aparición de los estados nacionales, entre otros procesos, incluyendo la diferenciación clasista, requirió de nuevas ideas y estructuras políticas que culminaron con el transito hacía la formación social bautizada por Carlos Marx como capitalismo y que dieron vida a las principales categorías políticas de la modernidad: revolución, liberalismo, democracia, capitalismo y socialismo.
Entonces como ahora, las ideas que son frutos de la cultura, de la observación de la realidad, de la meditación y de la capacidad de los talentos excepcionales para producir conocimientos, arribar a generalizaciones, develar la esencia de los procesos sociales, políticos y culturales, descubrir leyes y regularidades, determinar tendencias y convertir concepto y categorías en herramientas para la acción social, desempeñaron el papel más relevante.
Desde la más remota antigüedad, los pensadores comprendieron que mientras no se difundieran y se convirtieran en patrimonio de círculos cada vez mayores, el efecto de las ideas era mínimo y a veces nulo; ese hecho explica por qué los grandes ideólogos, comenzando por Jesucristo, fueron también grandes propagandistas que enseñaron a la humanidad a pensar y mediante una metódica labor, crearon las bases de la cultura política y de la participación, sin las cuales nunca hubieran existido la democracia ni el socialismo.
De todos los elementos que forman las sociedades modernas, incluidos los sistemas políticos, ninguno es más importante que la ideas que, convertidas en patrimonio de las mayorías para bien, incluso excepcionalmente también para mal, forman una sustancia aglutinadora que cohesiona las estructuras sociales, permiten la existencia de metas compartidas, legitima los programas y los liderazgos, propiciando un desarrollo histórico que con marchas y contramarchas, como en zigzag , asume una tendencia inequívocamente progresiva.
La aparición de los sistemas políticos avanzados como la democracia liberal y el socialismo, fueron hechos por el desarrollo humano, por el progreso cultural y por seculares luchas populares, primero intuitivas y luego cada vez más conscientes que, en conjunto con el desarrollo económico, social, cultural y tecnológico, dieron lugar al advenimiento de un estado de cosas en el cual el poder político, para desplegarse y funcionar, necesitó de instituciones colegiadas y de la participación de los ciudadanos.
La creación de sistemas políticos con bases y proyecciones diferentes, aunque basados en las elecciones, en el sufragio directo y en la universalidad que implica el principio de: una persona un voto, desplazó el centro del protagonismo de las élites adineradas y cultas hacía el pueblo y las masas. Al limitar el poder personal de los monarcas y caudillos, la democracia basada en la participación popular se apoyó en el funcionamiento de instituciones colegiadas y con poderes limitados.
La implantación de semejante status, por el cual se lucha desde hace casi trescientos años y cuya implantación ha sido resultado de difíciles, intensa y con frecuencia cruentas luchas, grandes revoluciones sociales, colosales batallas de clases, aunque es aun parcial e incompleto, hubiera sido impensable sin la participación de los pueblos.
Al suprimir la exclusión, incorporar a la política activa a las grandes masas formadas por los pueblos originarios, los pobres, las clases populares, principalmente los obreros y los campesinos, así como las capas medias de la intelectualidad, las corrientes socialistas que se abren paso en América, sin importar los niveles de radicalismo a que diferentes coyunturas las conducen ni los matices políticos con que las tiñen sus liderazgos respectivos, hacen la más grande contribución que se haya hecho nunca al proceso político latinoamericano.
Ese proceso, iniciado cincuenta años atrás con el triunfo de la Revolución Cubana y que con el espíritu unitario, plural y tolerante que caracteriza al pensamiento avanzado, pone su vista en el futuro, se aparta de metas preconcebidas y avanza de trecho en trecho, disfrutando de los éxitos y encajando los reveces sin mezquinos enfoques sectarios.
Distanciado de doctrinas, de dogmas y de estructuras políticas que pueden actuar como camisas de fuerza, el socialismo en América Latina exhibe sus mejores ángulos al reconciliarse con la democracia y con lo mejor de los enfoques liberales, que asumen al pueblo como el soberano y al individuo como una magnifica creación del proceso civilizatorio.
La masa a la que hoy se alude y cuya participación decisoria es vital para el progreso histórico no puede ser más un ente fabricado a capricho por élites discriminadoras o vanguardias que convirtieron el enfoque clasista en una variante del elitismo, tampoco de estados que se atribuyen una hegemonía esencialmente ilegitima, sino una suma de individuos libérrimos que han conquistado sus derechos, participan conscientemente en la edificación de su destino y “son más plenos porque son más libres y más libres porque son más plenos”.
El socialismo del siglo XXI no es una nueva doctrina, sino un dato de la realidad.
http://www.argenpress.info/2009/12/el-socialismo-con-democracia-y.html