5 dic 2009

El 2010 y más allá Por Aldo Ferrer

En la actualidad, los analistas y los operadores económicos coinciden en sus estimaciones del comportamiento de corto plazo de la economía argentina. Todo el arco de visiones, desde la ortodoxa hasta la desarrollista, advierte, en los meses finales de este año y anticipa para el próximo, una recuperación de la demanda agregada liderada por las exportaciones y el consumo. El cambio de expectativas influye en el movimiento de capitales el cual, en el cuarto trimestre del 2009, ha cambiado de signo, registrando un ingreso neto, en contraste con la masiva salida de fondos, que superó los u$s40.000 millones, entre fines del 2007 y mediados del 2009. El consecuente aumento de la liquidez y cambio de expectativas se ha reflejado en el espectacular aumento de las cotizaciones de los papeles de deuda pública en el marco de una recuperación general del mercado de capitales. Entre las variables macro, se destaca un superávit previsto en la cuenta corriente del balance de pagos fundado en el del balance comercial superior a los u$s10.000 millones. Es decir, una situación holgada de pagos internacionales, sobre todo, si los excedentes se retienen en el circuito financiero y productivo interno. Esto se reflejaría en un nuevo significativo aumento de las reservas del Banco Central, el crecimiento de los depósitos en moneda nacional y la liquidez del sistema financiero, con una moderada influencia a la baja en las tasas de interés y, eventualmente, de aumento del crédito.
Respecto de la situación fiscal, predomina la expectativa que se detendrá la reducción del superávit primario consolidado del sector público, para mantenerse en torno del 1% del PBI. De todos modos, en el futuro cercano el Estado no tendría problemas en cumplir con los servicios de la deuda apelando a la variedad de recursos internos a su disposición. La política económica esperada acompañaría estas tendencias de fondo de la economía. El Estado evitaría incurrir en un desequilibrio de las cuentas públicas y la política cambiaria trataría de resistir la entrada de fondos externos manteniendo, al menos, la paridad actual, con un leve ajuste al alza aunque interior al aumento esperado de precios internos.

Desde el lado de la economía real, no son previsibles cuellos de botella en la oferta de insumos esenciales, como la energía e importaciones de bienes de producción. En resumen, el crecimiento de la actividad económica para el 2010 tendría un piso del orden del 3% del PBI con una modesta mejora del empleo. Respecto de los precios, existe también una expectativa generalizada de que será menor que la de este año, pero se mantendría bien por encima del 10%, impulsada, entre otros factores, por aumentos previstos de salarios que, por lo menos, duplican las estimaciones de inflación del INDEC, revelando una de las consecuencias más negativas de la polémica acerca de la confiabilidad de las estadísticas. En resumen, salvo en el tema de los precios, el comportamiento esperado de la economía argentina el año próximo figura entre los mejores de América latina y del resto del mundo, salvo las naciones emergentes de Asia.

El escenario previsible del 2010 coincide con lo que cabe esperar de una política de “segundo mejor”, analizada por Curia en este mismo medio. Las alternativas serían dos: por un lado, el “primer mejor”, que resultaría de reeditar los ejes de política que posibilitaron el fuerte crecimiento del segundo tramo de esta década, es decir, un tipo de cambio de equilibrio desarrollista y fuerte solidez fiscal, sumándole una política de ingresos tendiente a una inflación a la baja. El consecuente impacto positivo en las expectativas estimularía la inversión y permitiría acercar la tasa deseable superior al 25% del PBI, claramente sostenible con una tasa de ahorro interno cercana al 30 por ciento. Por el otro lado, una combinación de déficit fiscal, endeudamiento externo y apreciación del tipo de cambio, que provocaría la depresión de la producción y el empleo y reinstalaría los desequilibrios macroeconómicos del sistema. Ninguna de estas alternativas parece probable.

En resumen, las expectativas predominantes entre los analistas y operadores de la economía convergen en un escenario de “segundo mejor”. El mismo contrasta claramente con los pronósticos apocalípticos que prevalecieron en el pasado reciente, como la inminencia de una crisis energética, la explosión inflacionaria, el derrumbe de la actividad agropecuaria por el conflicto del campo y el nuevo default de la deuda pública. Nada de esto sucedió ni es previsible que suceda porque estamos en presencia de un cambio de época, fundado en dos hechos que he destacado en notas anteriores. Por una parte, que la economía está parada en sus propios recursos. Por la otra, y por eso mismo, que el Estado ha recuperado (al menos que nos propongamos volver al pasado) la gobernabilidad de la macroeconomía.

Los pronósticos apocalípticos no se verificaron, pero continúa el ambiente de crispación en el tratamiento de cuestiones sin duda fundamentales (la seguridad y la pobreza), agregadas a otras de confrontación de intereses (las retenciones o la ley de medios). El consecuente “clima” de conflictividad social debilita el crecimiento por sus efectos negativos sobre la toma de decisiones de inversión y, consecuentemente, de aumento del empleo. Ese “clima” excede ampliamente una conflictividad laboral que, en una nota anterior, citando a Julio Godio, calificamos de relativamente baja. En todo caso, cabe recordar que, también a este respecto, estamos frente a un cambio de época porque las instituciones resisten las tensiones y todos los conflictos deben necesariamente tramitarse en el marco del orden constitucional. Será tal vez por el progresivo convencimiento de la opinión pública en el sentido de que la economía ni la democracia se derrumban, que, a pesar de todo, el pronóstico generalizado, incluso entre los observadores y operadores económicos más disgustados con el Gobierno, es que el 2010 promete ser lo antes descripto.

¿Podemos declararnos satisfechos con tales perspectivas? No, porque la Argentina puede aspirar a mucho más en virtud de su potencial de recursos. La situación es entonces cómo, a partir de la plataforma que hemos alcanzado, en la economía y las instituciones, resolvemos los problemas fundamentales pendientes, que son esencialmente cuatro e interdependientes y de resolución necesariamente simultánea. A saber: 1) poner en marcha de una buena vez, la formación de una economía integrada y abierta; 2) lograr una inserción simétrica no subordinada en la economía mundial global; 3) eliminar la pobreza y promover la equidad; 4) consolidar un Estado eficiente capaz de desplegar las políticas públicas para los objetivos anteriores e impulsar la sinergia entre las esferas pública y privada, para el desarrollo sustentable con equidad.

La Argentina está en condiciones de vivir con lo nuestro, parada en sus propios recursos y abierta al mundo. Si enfrentamos con éxito aquellos cuatro problemas, que son el núcleo de la debilidad de nuestra densidad nacional, más allá del 2010, la economía puede crecer a más del 6% anual sobre la base de una tasa de ahorro interno del orden del 30% del PBI y de inversión superior al 25%, erradicar la indigencia en un bienio y la pobreza en una década, reducir el desempleo a niveles del orden del 3% de la fuerza de trabajo, bajar a expresiones mínimas el trabajo no registrado y provocar una mejora generalizada del nivel de vida y, sobre todo, de su calidad en libertad y democracia.
Aldo Ferrer
Director Editorial de Buenos Aires Económico
http://www.elargentino.com/nota-68147-El-2010-y-mas-alla.html